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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

4. El Retorno Derrotado
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     Cuando la orilla se veía cercana, unos asieron sus ropas mojadas, otros socorrieron a las más necesitadas y casi todos, desesperados, se apresuraron a lanzarse de la yola. Tocaban fondo al caer. Pero a causa del constante oleaje y del movimiento desordenado con que se desmontaron, la embarcación se viró de costado. Sin embargo, empezaron a salir playa afuera mientras el agua chorreaba por sus cuerpos.  Los que llegamos prendidos a la yola también empezamos a aflorar del agua.  Nos convertimos, junto a los demás, en un hormiguero alborotado. Persistieron algunos gritos y lamentos.

 

      En minutos mis sueños se desvanecían.   Los demás debían de sentir el mismo sabor a hiel que experimentaba yo al ver alejarse a Puerto Rico más y más y al imaginarme volviendo a casa fracasado.  Las olas seguían bramando y el viento aún rugía en las pencas de los cocoteros.  Ya no brillaban la luna ni las estrellas; la claridad total era un hecho. Y, entre toda esa gente mojada, aterida de frío, confusa y aún atemorizada, yo intentaba encontrar a Juan:

 

     --¡Juan! --grité  y grite, al salir del agua.

 

     --¡Raui! --a  cuarenta metros playa afuera, por fin, le oí responder.

 

     ¡Andeidiablo ! comentó mientras nos encontrábamos.

 

     --¿Y mi funda? --interrumpí sin demoras.

 

     Pocas veces había oído a Juan tartamudear,  pero al responderme trabajosamente dijo:

 

     --Yo yo yo yo no no no no no sé de dededededede fufufufufufunda.

 

     Los temblores de su cuerpo mojado que aún chorreaba agua se hacían más notables cuando le reclamaba porqué había salvado tan sólo sus pertenencias y había descuidado las que le entregué antes de lanzarme al agua.

 

     Sólo unos instantes habían transcurrido desde que la yola se aproximó a la orilla. Nadie se había alejado del lugar. La yola, ladeada, quedó a unos cincuenta metros playa adentro. Regresé y me uní a otros que buscaban sus cosas.  Muchas vestimentas flotaban entre las olas. No reconocí las mías, no las hallé cerca de la yola, ni en la orilla, tampoco en la arena donde vi  rapas abandonadas. En vano fue mi empeño por encontrar mis pertenencias. También inútilmente Leo y Pedro intentaron rescatar la yola para reiniciar el viaje, en el forcejeo por enderezarla y ponerla a flote, la embarcación se abrió en dos pedazos.  Debieron conformarse con salvar, aunque totalmente mojado, el motor de fuera de borda.

 

     Bajo los cocoteros y cerca del último portal de alambre que, al llegar a la playa, habíamos cruzado, había una casa de madera pobrísima hacia donde la gente poco a poco  comenzó a encaminarse en busca de calor y refugio. Era la única vivienda en  los alrededores. La brisa aumentaba el frío. Y, aún sin encontrar la bolsa con mi cartera, mi dinero, mi radio... me dirigí con Juan hacia la casucha. Entre quienes se trasladaban a la casa, resaltaba la voz de una  joven que, entre lloriqueo, clamaba:

 

    --¡Alguien me la robó en la confusión ! ¡Una cámara tan cara! ¡Un regalo de Nueva York! ¿Tú sabes lo que es eso..?

 

     La casa estaba habitada por un hombre de unos cincuenta años y por una mujer de igual edad que se habían percatado del desastre. Hicieron una hoguera. Y  Sobre las tres piedras de un fogón, en una cántara muy tiznada, prepararon café. Lo repartieron entre los  que quisieron. La mayoría de la gente permaneció fuera de la estrecha casucha. Yo, que había entrado, salí cuando el hombre sacó un montón de ropa y la donó a quienes tenían más frío. Aunque, más que nada, eran trapos, venían bien, pues estaban secos y calientes. Uno de  los compañeros le agradeció diciéndole que toda la ropa que hallara en la playa era suya y que con ella sería compensado por sus favores. Pero el hombre no hizo comentario sobre el cobro de su generosidad; no obstante, abrió la boca y algo nervioso advirtió:

 

     --Deben salir de este lugar lo antes posible. No  muy lejos, hay un cuartel de la guardia costera. Los guardias vienen varias veces al día por aquí persiguiendo a la gente que anda en lo que andan ustedes.

 

     Y allí estábamos, sin transporte y sin dinero, provenientes de lugares tan lejanos como el Cibao y la Capital. Pero me ayudaron a aliviar mis necesidades: alguien me regaló un par de chancletas para que no me fuera descalzo y mi compañero Juan se ofreció a pagarme el pasaje hasta Santo Domingo. " Esto, pensé, es lo menos que Juan puede hacer por mí, después de que dejó perder mi dinero y mis otras cosas."

 

     Algunos  ya habían comenzado a exigir la devolución de su dinero.  Pero Leo y Pedro repetían lo mismo:

 

     --No traemos dinero con nosotros. Habrá otro viaje. Vuelvan a sus casas hasta nuevo aviso. A nadie se va a engañar.

 

     Quedaron unos pocos viajeros reclamándole a los organizadores y los demás, en grupos pequeños, comenzamos a caminar los cuatro kilómetros que nos separaban de la carretera. Yo partí junto a Juan y a otros dos muchachos y, con muchas dificultades de transporte, entramos a la Capital a las once de la mañana.

 

     Cuando llegué a mi barrio, Las Cañitas, me dirigí primero a la casa de Luis, un amigo muy cercano que, por falta de dinero, no pudo participar en el viaje. Hacía cuatro años que, Carlos, otro amigo no menos especial, había viajado legalmente y residía en Chicago, ciudad ubicada en el centro de los Estados Unidos, la tercera de importancia de esa nación, superada sólo por Nueva York y Los Ángeles.  Mi meta era llegar a esa urbe norteamericana.

 

     Luis y yo habíamos cursado juntos los estudios secundarios e iniciamos al mismo tiempo la universidad y de haber tenido dinero suficiente habría pagado por su transporte. A la casa de mi amigo, al igual que a la mía, se llegaba después de atravesar un laberinto bullicioso de callejones estrechos bordeados de casuchas destartaladas. Hallé a Luis frente a su vivienda.  Absorto, con un jarro y un paño en la mano, lavaba su motocicleta. Tornó a mirarme cuando me acerqué. Debió imaginar lo sucedido y el estruendo de su risa me sonó como plato que se rasga contra la pared.

 

     --¿Raúl, pero que pasó? --preguntó. Y ahogándose en risas comentó:

 

     --Si doña Blanca te ve llegar así le da un ataque al corazón. Pero dime, ¿qué diablos pasó?

 

     Yo sabía que la risa y el buen humor eran patrimonios de Luis, en las buenas y en las malas; pero yo no  estaba en condiciones para chistes. Con rostro severo y agrio tono le respondí:

 

     --¡No vine a verte tu cara de payaso! ¿Por qué crees que estoy aquí?

 

     Intentó, entonces, cambiar  la expresión bromista de su semblante.  Me dijo, en tono serio:

 

     --En la letrina hay otra lata con agua. Toma este jarro, quítate toda esa sal y arena... te buscaré con que te peines y alguna ropa mía que te pongas.

 

    Trata de conseguirme de comer. ¡Tengo un hambre del carajo! dije, después de que en pocas palabras, le conté lo acontecido en la playa.

 

     Me bañé y me acondicioné un poco con lo que mi amigo me proveyó.  Él  regresó del colmado con pan de agua y sardinas enlatadas. Sacié el hambre que desde hacía rato me aquejaba. Y, sintiéndome menos desgraciado, le dije:

 

   ---¿Qué te pasa?  Te noto tan serio.  ¿Acaso te ofendiste porque te hablé con rudeza?

 

     Desarropó los dientes y sonriendo dijo:

 

     --¡No es eso!  Es que yo tenía la esperanza de que cuando llegaras a los Estados Unidos me enviarías el dinero para que yo pagara el pasaje de irme en yola; pero por lo que veo, se nos ha trancado el juego. ¿Y tú qué dices de eso?

 

     Le respondí con una sonrisa que resultó desabrida a causa de mi mohína desazón. Entonces, sin temor a escandalizar a mi madre, pues ya no lucía tan desaliñado, me puse en camino a casa.