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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

12. Nuestro segundo dia en El Caribe
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2 El traslado a El Macao
3. Demasiado Gente para una Yola
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8. El tortuoso camino a Punta Cana
9: Las primeras horas de terror
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11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
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     Al amanecer, después de más de veinticinco horas de navegación, la gente lucía molida. Casi nadie hablaba. Algunos echados al piso parecían muertos. Las olas aunque menos agresivas y altas que las del día anterior, continuaban constituyendo gran peligro. Dado que muchos de los objetos con que sacábamos agua se habían perdido, la situación seguía siendo muy delicada. Con la luz del naciente día, frente a nosotros, divisábamos  un punto distante e insignificante que emergía del mar.

 

      --¡Es Desecheo! --dijo Pedro y confirmaron Leo y Frank.

 

     Desecheo es un islote de 1.2 kilómetros cuadrados, ubicado a poco más de 20 kilómetros al oeste de Puerto Rico y cuya mayor altura alcanza los setecientos pies sobre el nivel del mar. Pero debíamos tener a la isla Mona al frente y no a Desecheo. Ello indicaba que, tal como sospechó Papín, en nuestro trayecto nos habíamos inclinado mucho hacia el norte con relación a Cabo Rojo, punto de destino de nuestra frágil nave. Frank dijo:

 

     --Papín, tú tenías razón. Íbamos muy a la izquierda; por poco nos perdemos. Estamos frente a Desecheo y no frente a la Isla Mona. Esa quedó atrás, a nuestra derecha. De todas formas ahora estamos bien ubicados, aunque el viaje se nos ha hecho más lejos de la cuenta.

 

     Frank estaba en lo correcto. Todavía teníamos que navegar gran distancia hasta Desecheo y debíamos andar más para arribar a Puerto Rico.  Pero después de tantas horas sin ver tierra, divisar esa islita traían alivio y calma. Sin embargo, el alivio y la calma se tornaron en pánico cuando una de las mujeres, histérica, comenzó a dar gritos agudos y chirriantes que causaron el desmayo de otras y la alarma de todos.

 

     --¡Tiburones, tiburones!

 

     La mujer temblaba mientras señalaba unos animales gigantescos que, dando saltos sobre las olas, nadaban detrás de nosotros.  Hubo unos segundos de revuelo en la yola. Yo me escalofrié al ver los animales y a causa de los gritos de las mujeres.  Pronto Frank intervino y dijo:

 

     --¡Calma, calma! ¡No son tiburones, son delfines! Y debemos estar contentos, porque cuando los delfines andan cerca, no hay tiburones en el área.

 

     Después de las palabras de Frank, todo el mundo comenzó a calmarse. Algunas mujeres aún sollozaban; parecían niñas a quienes les devuelven sus juguetes después de hacerlas sufrir. Entonces me fijé mejor en los animales.  Eran seis, tenían un color negruzco y una actitud que, vista sin alarma, era inofensiva. Ellos parecían tan sólo divertirse mientras brincoteaban entre las olas siguiendo el ruido del motorcito. Después de algunos minutos, nos tranquilizamos totalmente. Más tarde, los delfines dejaron de seguirnos y por buen rato la gente guardó silencio.

 

     --¡Tengo hambre! --dijo alguien y la misma frase pasó a boca de otros viajantes.

 

     Yo me sentía débil. No había probado ni siquiera una migaja de alimento desde que nos metimos en el mar.  Pero no sentía gran hambre. La gente rebuscaba entre sus cosas. Un joven aún tenía tres latitas de leche evaporada; otros encontraron cinco latitas de sardinas. El joven que tenía la leche puso a disposición de todos las latitas de doce onzas cada una.  Pasaron las latitas de mano en mano. Una lata llegó a mí y quien me la dio recordó:

 

     --¡Un solo trago, okey!

 

     Puse la latita en mis resecos y cuarteados labios; tomé un buen sorbo. Me dolió la garganta al tragar y sentí que mis tripas se disputaban el trago de leche. Destaparon también las sardinas pero había tantas manos pedilonas que sólo el olor llegó a mí.

 

     Desecheo seguía ante nosotros como rehuyente promesa. Pero confortaba tener tierra a la vista. Sabíamos que Puerto Rico estaba cerca porque la noche anterior habíamos percibido sus luces. Por eso había más cooperación para sacar el agua. Aunque nos movíamos con gran lentitud, ya veíamos algo más que la elevada cima de Desecheo,  pues hasta se distinguía algo de verdor en lo que, sin duda, era una isla rocosa. A las ocho de la mañana, estábamos a cinco kilómetros del islote. Entonces entramos a un pedazo de mar muy inquieto donde las olas producían un espectáculo singular: venían desde el Norte y desde el Este, desde el Sur y el Oeste. De esa suerte, formaban remolinos que hamaqueaban violentamente la embarcación.  La ilusión de llegar a tierra estuvo viva hasta que una de las olas laterales cayo medio a medio del griterío de los viajantes que fueron arropados junto al motor que de inmediato se apagó. A pesar de los gritos y de la desesperación, casi todo el mundo cooperó para sacar el agua que llenaba media yola. No había vasijas suficientes y la mayoría usaba las manos para extraer parte del líquido. Otras olas, menos importantes, seguían atacando; sin motor en marchas, la yola se tornó más vulnerable a las embestidas del mar.

 

    Con el paso del tiempo, el sol comenzó a picar y los hombres proferían maldiciones y lamentos. Los más creyentes clamaban a Dios y a los santos. Quienes aún tenían ánimo y ganas de gritar no desaprovecharon la oportunidad para hacerlo. En tanto, Papín y Pedro comenzaron a bregar con el motor, pero éste no respondía a los intentos desaforados de los mecánicos.  Al cabo de dos horas, el cielo vertía su fuego sobre nosotros.  Yo, con adoloridos ojos, miraba a la islita como un hambriento que mira un manjar a través de un cristal.  Dejé escapar un pensamiento en voz alta, casi llorando dije:

 

     "Si al menos pudiéramos llegar a esa islita. Descansaríamos y quizás hasta podríamos hallar algo de comer. Yo comería cualquier cosa, cualquier cosa."

 

     El tiempo continuó pasando y, poco a poco, las olas y el viento nos arrastraban más y más hacia el noroeste.

 

     --¿Qué hora es? --preguntó un viajante, denotando en sus palabras algo más que hastío.

 

     --Ya son las once --respondió otro al mirar su reloj.

 

     Del cielo, despejado y azul, se adueñaba un candente sol que nos ardía la piel y nos clavaba sus rayos como punzantes agujas. Pero el mar continuaba aquietándose. El agua entraba sólo por el fondo y por los costados. Seguíamos lidiando con ella y con los motores.  El hambre, la sed, el cansancio y la inseguridad me agobiaban. Para entonces, cuando yo miraba hacia Desecheo o en cualquier otra dirección, percibía que el espacio ante mis ojos se poblaba de luces movedizas. Veía puntos, estrellas y estelas luminosas tan reales como mi miserable presencia en ese lugar.

 

     --Estamos jodidos. Esta yola va a ir a parar a casa del carajo --lamentó un hombre. Otro en cambio dijo:

 

     --Dios es grande. Si no nos hemos fuñido todavía...

 

     "Podríamos seguir a la deriva, pensé, a merced del viento y de las olas por varios días hasta que nos muramos de hambre, de sed..."

 

     Seguí pensando muchas cosas nefastas y ninguna alentadora. Veía los rostros tristes y demacrados de las mujeres y de los demás hombres. En ellos leía cuan incierto era nuestro futuro. Al pálido capitán no se le oía la voz.  José a mi lado no paraba de rezar.  Pedía a Dios, a la Virgen y a los santos que lo salvaran  por amor a sus dos hijos a los cuales, en pleno rezo, insistía que nunca había descuidado. Oír a José aceleraba mis angustias y, sin siquiera pensarlo, me hallé llorando con abundantes lágrimas mientras se activaron mis recuerdos, y cualquier pensamiento era un incentivo para seguir mi incontrolable llanto. Pensé en mi madre; recordé a la que había sido mi novia y sólo encontré más angustia. Pero más que nada, al escuchar a José, mis recuerdos volaron a la Romana, a su casa; volví a  ver a sus dos hijos que parecían dos tortolitas.  La hembra tendría unos cuatro años, el varón casi tres. Cuando José dejó su casa, la noche de la partida, yo estaba con él; que abrazó a sus hijos con fuerza una y otra vez, como si se tratara del último adiós. Ellos, sin saber lo que su padre intentaría, parecían presentirlo. Se quedaron llorando cuando José dio la espalda mientras atajaba con sus dedos las lágrimas que le salían precipitadas.

 

     La primera vez que vi a José fue en la casa de Germán. No pensé que él también haría el viaje, pues, por la forma en que vestía imaginé que había llegado de los Estados Unidos. Luego de sus labios supe que una tía le había traído desde Nueva York la notoria y gruesa cadena de oro y también la elegante ropa que le daba el aspecto de "domínicanyork", de esos que se complacen en exhibir lujos. Pero el muchacho nunca había salido del país. José era graduado en contabilidad, trabajaba para el Central Romana, pero lo poco que ganaba no le alcanzaba para cubrir las necesidades básicas de su hogar. Si su esposa hubiera sabido lo que él planeaba, se hubiera opuesto resueltamente. Ella hubiera recurrido a la madre de José, y ésta sí hubiera convencido a su hijo de que no se fuera. Porque él no se hubiese ido con la oposición de su madre que estaba vieja y muy enferma. Varias veces había dicho:

 

     "Mi madre se acabaría de morir si se entera que planeo irme en yola. Cuando me echen de menos yo estaré en Puerto Rico, el peligro habrá pasado y le habré evitado las angustias a mi madre."

 

     Pero las angustias las estaba viviendo él. Y en aquellos momentos, la meta fundamental no era ya llegar a Puerto Rico, sino seguir con vida. Yo continué llorando. Volví a pensar en mi madre y en mi tío. Resignado a morirme, entre sollozos, hablé a José, le interrumpí sus rezos.

 

     --Sólo me duele una cosa --dije. El no dijo palabra pero me miró con atención y esperó intrigado. Yo añadí:

 

     Lamento que mi tío se pueda sentir culpable de mi muerte. Sé que se atormentará creyendo que debió oponerse con más fuerza a mi decisión de venirme en yola para Puerto Rico.

 

     Entonces José me echó un brazo al hombro y llorando me dijo:

 

     --Ten fe.  Nosotros nos vamos a salvar.  Tiene que ocurrir un milagro. Somos gente buena y humilde y Dios no puede permitir que perezcamos en este horrible mar.

 

     Entonces, José hizo mención de lo bueno que él había sido con sus hijos, su mujer y su madre.  Sentí algo de calma por la atención que me prestó, pero no por sus ingenuas palabras. No quise contradecirle; no quise decirle que yo creía la realidad desnuda: "Es gente buena, pobre y humilde la que, a menudo en estos viajes,  dejan sus vidas en este horroroso mar; en estas circunstancias no hay garantía para nadie."

 

     Poco antes de las doce, la esperanza de que el motor encendiera se interrumpió por algo muy novedoso: un gran barco emergió del horizonte.  Se veía muy distante a nuestra izquierda y uno de los compañeros se levantó y revoloteó su camisa haciendo señales de auxilio. La reacción de Leo no se hizo esperar. A modo de reproche dijo al hombre:

 

     --¡Señor, siéntese! ¿Cuál es su problema? ¿Usted quiere que nos apresen?

 

     El hecho pronto sumergió al grupo en la cavilación de si era buena o mala la idea de pedir socorro. Leo tenía, como todos allí, los ojos profundos.  Cuando intentó ponerse de pie, sus rodillas vacilaron en soportar el peso de su cuerpo huesudo. Débil y demacrado, el hombre no cedía.  Nos dijo:

 

     --Ya hemos pasado lo más difícil y el mar está calmándose. Lleguemos hasta el final.  Puerto Rico está muy cerca.  Si alguien nos rescata,  nos entregará a las autoridades; todo nuestro esfuerzo habrá sido en vano.

 

     Algunos continuaron protestando. Uno de los hombres que decía que era abogado, expresó, con aire de discurso:

 

     ---¡Es una insensatez esperar la muerte aquí! Ninguno de esos dos motores va a prender. Hace casi cuatro largas horas que estamos afanándonos con ellos y no enciende ni el uno ni el otro.

 

     Pedro y Frank guardaron silencio, Leo, en cambio, siguió hablando. Apenas lo escuchábamos.  Su voz salía ronca y muy baja, maltratada por el clima y por lo mucho que había hablado durante todo el trayecto, insistiendo en que la gente mantuviera el orden, en que sacara agua... Carente de la seguridad con que siempre había alentado a los viajeros, en tono débil expresó:

 

     --Si no logramos encender ningún motor y vemos que es imposible, desde aquí será fácil pedir auxilio.  Es temprano y éste es un punto muy transitado por barcos y por botes de pescadores. Yo tengo muchos amigos que suelen venir a pescar por esta área, quien sabe aparezca uno y nos socorra.

 

     Las opiniones estaban divididas,  pero el capitán  halló apoyo suficiente a lo que proponía. Todos deseábamos ser rescatados pero la mayoría creyó que valía la pena seguir perseverando.  Frank, Pedro y Papín, en silencio continuaban bregando con los motores. Yo consideraba que cualquier cosa sería una salida. No me agradaba la idea de caer preso y ser devuelto a Santo Domingo; pero mi mente me traicionaba, pues sentía más hambre que mi estómago. En una  ilusión casi real, imaginaba la comida que nos darían en cualquier barco que nos rescatara. Veía claramente ante mí: un gran plato de arroz blanco, frijoles guisados, carne de pollo frita, unos tostones de plátanos verdes y un gran vaso de leche. Pero volvía de mis quimeras y tan sólo me hallaba sacando agua.