Llegué a la agencia a la
una de la tarde. Con los pesos que tenía, compré cincuenta dólares, la cantidad exacta a pagar por el transporte desde la
playa puertorriqueña a que arribáramos hasta San Juan. A las cuatro de la tarde, una hora después de lo prometido,
Leo llegó con otros seis pasajeros. Manejaba un carro marca Charman de
color azul que cambió por un Nissan Sunny gris de cuatro puertas. Al cambiar
de vehículo, como era costumbre, intentaba despistar a cualquier autoridad de
tránsito, porque cada vez que lo reconocían, lo detenían y entonces él tenía que darles unos cuantos pesos.
Llegamos a La Romana poco después de la cinco de la tarde y en uno de los barrios de
la parte sur del pueblo, nos detuvimos frente a dos casas donde, bajo un cobertizo de cemento y en la verde grama del patio
común a dos viviendas, un gran número de gente hablaba con gran animación. Algunos viajantes resultaron desconocidos para mí; otros habían participado
la vez anterior. Entre los rostros que reconocí, hallé el de Ana, la joven que había perdido su cámara en El Macao, me le
acerqué sonriendo y para alabar su osadía, le dije:
---¡Caramba muchacha, tú sigues en ésto! ¡En verdad eres una mujer de guerra!
Ella riendo comentó:
--Ya que uno decidió meterse en este lío, hay que llegar hasta el final pues como quiera
nos está llevando el diablo --casi enseguida agregó:
--Yo vivo aquí con mi mamá --y señalaba una de las dos casas frente a las que estábamos;
y apuntando a la otra añadió:
--Ahí vive aquél --su índice, entonces, señaló a Pedro que, en esos momentos consultaba
un asunto con el capitán recién llegado.
--Regálame un poco de agua, por favor, tengo sed.
Ana caminó hasta su casa, yo la esperé en el umbral. Cuando me hube tomado el agua le
pregunté:
--¿Y tu madre, también se va?
--¿Mamá? No. ¡Ni loca! Aquella es mi madre, la famosa doña María
--apuntaba una mujer de unos
cincuenta años, alta, con facciones de española, que lucia notablemente contenta con la presencia de tanta gente y alegremente
hablaba con algunos de los presentes--. Nosotros somos viejos amigos del capitán y de
Pedro --agregó Ana. Yo pregunté:
--¿Y tu amiga?, la muchacha que te acompañaba la otra vez.
--¿Carmen? Ella cogió miedo. Dice que por nada se vuelve a montar en una yola. ¿Y el
cibaeñito que andaba contigo, vino también?
--No vino. Creo que le pasó lo mismo que a tu amiga.
Después, me integré a uno de los grupos que dialogaban y Ana, por su parte, se unió a
otro.
La de María y la de Pedro eran las últimas casas de esa calle de pocas viviendas. Al otro lado de la vía, había una cancha de baloncesto abandonada a medio construir
e invadida por la hierba. Luego el terreno se extendía a este y sur sin vivienda alguna. La maleza que cubría aquellos solares
evidenciaba que una incipiente construcción de casas y calles se había paralizada
hacía buen tiempo.
Media hora después de haber llegado, Leo nos
dijo:
--Saldré por un rato a hacer algunos contactos y averiguaciones para tener todo listo
y partir antes de media noche.
Entonces se marchó, lo acompañaron Frank y José.
Pedro, en cambio, permaneció en el lugar, y a su alrededor se posicionaba la mayor parte de los viajantes. Yo me interesé
en las cosas que decían. Hacía menos de dos meses que Pedro se había integrado
al grupo de Leo. Pero por la conversación que sostenía con los viajeros, supe que en vez de ser ayudante, Pedro solía organizar
viajes a Puerto Rico por su cuenta.
--¡Cuando las cosas van a pasar, pasan! --Justificaba Pedro, al contestar las preguntas
de algunos viajantes acerca del último viaje que él organizó y que resultó un fracaso espantoso en que murieron casi 40 personas.
Su narración del naufragio no parecía desalentar a nadie de viajar. Ya habían transcurrido cuatro meses de la tragedia en
que, debido al fuerte oleaje y a una trifulca a bordo, la embarcación que guiaba zozobró cuando intentaba atravesar el Canal
de la Mona. De los cincuenta náufragos, sólo doce sobrevivieron a la mañana del día siguiente en que los guardacostas puertorriqueños
los rescataron al hallarlos en una área dispersa, algunos prendidos a tablas de la destruida yola y a otros flotando agarrados
de los tanques de combustible, o de potes plásticos en los que habían cargado agua potable.
Cuando lo trajeron a Santo Domingo, a pesar de algunas acusaciones, Pedro negó insistentemente haber organizado
el viaje.
--Me torturaron; pero algunos amigos me ayudaron a reunir un dinero para arreglármelas
y salir de la cárcel. Ahora --continuó explicando Pedro--, tengo más deudas y líos que el diablo y no puedo ni hacer dinero
porque muchos azarosos me han estado haciendo mala propaganda porque se me ahogó
esa gente. El colmo es, señores, que los hermanos de dos de los que murieron
trataron de matarme el otro día. Querían
vengarse conmigo, como si yo tuviera la culpa de que sus hermanos se jodieran...
Y refiriendo sus problemas y contando sobre viajes, Pedro nos entretuvo por varias horas,
hasta que Leo y los otros dos organizadores regresaron de hacer sus contactos y averiguaciones. Los contactos se
referían principalmente a lo que notaba cualquiera que intentaba hacer uno de esos viajes ilegales a Puerto Rico: para mejor
resultado, debía contarse con algunos miembros de las autoridades costeras que,
después de recibir una fuerte suma de dinero del organizador de algún viaje, convenían
con él el tiempo y la playa de partida. De violar el tiempo o el lugar
convenido, el organizador estaba sujeto a ser apresado junto a su grupo hasta por los mismos guardacostas que le otorgaban
el franqueo. Por otra parte, la más importante de las averiguaciones fue saber algo que perjudicaría todo los planes:
de acuerdo a los últimos reportes meteorológicos, las condiciones atmosféricas para los próximos días se tornarían muy desfavorables
para viajar. A petición de algunos María sacó su televisor al ancho patio. Todos estuvimos atentos a las noticias de las diez.
Lo último fue el informe del tiempo:
"Habrá fuertes aguaceros, los vientos soplarán de este a oeste a más de cien kilómetros
por hora en la costa Norte y Este, habrá marejadas con olas que alcanzarán hasta los doce pies de altura, Meteorología recomienda
a las pequeñas embarcaciones turísticas y pesqueras no hacerse a la mar."
--¡Coño, y ahora! ¿Qué vamos a hacer? --se lamentó un compañero. Y con esa pregunta se
dio inicio a una desordenada discusión. Por buen rato se estuvo deliberando. Muchos expresaban lamentos y acusaban a los organizadores
de improvisadores por darse cuenta de esta noticia a último momento; pero otros proponían soluciones. Cuando se hubo analizado
el problema, Leo dio el veredicto final:
--Es imposible que salgamos con estos reportes de mal tiempo; tan pronto cambien partiremos.
Los que vienen de lejos deben permanecer en La Romana hasta el momento de partida quien se vaya corre el riesgo de quedarse.
Nos llevaremos sólo a quienes estén presentes. No buscaremos a nadie y quien
quiera información que la consiga aquí.
Esa noche, los que no éramos de La Romana
dormimos distribuidos en las dos casas: las mujeres en la casa de doña María y los hombres en la de Pedro. Un piso de cemento duro y frío, amortiguado por alguna ropa que le tendimos, fue nuestra amplia cama.
Al día siguiente, desperté entre trapos revueltos con dolor en todos los huesos y aún
con sueño; además, agotado porque en los últimos días me había desvelado por la tanta tensión de esperar el viaje. Me quedé
tendido en el piso hasta las diez de la mañana. Entonces me levanté y recogí
mi mochila que había usado como almohada y entré al baño a asearme. Pero no había agua: al abrir la llave del lavabo no conseguí
ni una sola gota del preciado líquido. Que calamidad, pensé, aquí es igual que en mi barrio, aunque hay llaves, no hay agua.
En mi barrio la cargábamos de alguna llave pública cercana pero aquí no sabía donde conseguirla. Me dirigí entonces a la sala, donde escuché gente que murmuraba y reía. Hallé a Pedro sentado a la mesa
con tres jóvenes más y con doña María, la madre de Ana. Todos me miraron y enseguida un joven sonriendo me dijo:
--¡Loco, venga pa' que se dé un pase!
Supe que era cocaína, la sustancia que tenían esparcida sobre la mesa. Habían estado
insistiendo en que María la probara. Yo estaba pasmado. Tan sólo había visto la droga en revistas, películas y libros. Traté
inútilmente de ocultar mi asombro. Contesté con rapidez y naturalidad y, pretendiendo no lucir tonto, hablé en el mismo estilo
que el joven me habló, estilo en boga entonces entre muchos de los jóvenes de los barrios:
--¡No, mi loco! Yo no uso esa vaina. Lo que quiero es agua pa' bañarme o pa' lavarme
la cara.
María, que
lucía algo ruborizada, dijo con ronca voz:
--A este barrio el agua sólo llega en las madrugadas. Pero ve a mi casa; allá hay dos
tanques llenos. Este hombre no tiene nada de nada aquí.
Me disponía a salir después de escucharla; pero otros de los jóvenes me habló con voz
estentórea. Yo estaba más cerca de ellos que de la puerta y torné a mirar a quien me hablaba que a la vez me miraba con una
sonrisa perversa. Era negro, de unos veinticinco años de edad; vestía un suéter blanco de cuyas mangas, mal recortadas muy
cerca de los hombros, descendían los musculosos brazos. Tenía un cigarrillo sostenido en el pabellón de una oreja, y lucía
más fuerte que Pedro, aunque era bajo de estatura también. Se puso de pie para hablarme, me dijo con mucho orgullo:
--¡Loco, yo soy "La Fiera"! --me extendió la mano, en señal de saludo. Yo correspondí.
Y cuando él tuvo mi mano se prendió a ella con tal fortaleza que me hacía daño.
--¡Tú eres de la Capital! ¿Verdad? inquirió.
--Sí. De Las Cañitas --respondí tímidamente. Y él, aún esbozando una sonrisa depravada
y tirando fuertemente de mi mano, agregó:
--¡Pues ven date un pase! O no me digas que eres de la Capital y menos que eres de Las
Cañitas.
Le pedí que me liberara la mano, pero no me hizo caso. Después de unos instantes, Pedro,
en su usual tono brusco, le gritó:
--¡Fiera!, ¿qué te pasa? ¡Deja a ese muchacho tranquilo!
Me sentí aliviado, pues sólo entonces me soltó la mano, adolorida y enrojecida. De inmediato
salí. En el patio, un grupo de viajantes dialogaba bajo el cobertizo. Me integré
a ellos, después de asearme.
A la una de la tarde, Leo llegó al lugar con provisiones con las que doña María preparó comida para la gente. Luego Leo advirtió
que, en adelante mientras estuviéramos en ese lugar, debíamos cooperar con dinero para comprar los alimentos con los que se
haría la comida.
Después de almorzar, la mayoría se conglomeró al frente de las dos casas donde, al calor
de algunas botellas de ron, continuaban jugando barajas, haciendo cuentos, chistes, planes y chismoseando. Como eran tiempos
electorales, por supuesto, discutían sobre los candidatos y los partidos que terciarían en las elecciones. En cambio, otros
viajantes veían televisión en la casa de doña María. No podían hacerlo en la de Pedro, allí sólo había una cama y un juego
de comedor. Los otros muebles se los había llevado su mujer cuando se marchó
dejándolo después de que él cayó preso. Pedro también estaba en el patio sentado
en uno de los bancos y era el que hablaba más.
--¡Puerto Rico es lo mejor! --decía animado por los tragos--. Allá tengo una mujer; ¡pero
eso si es una mujer linda! Es una estrella esa portarra. Se ha querido casar
conmigo y varias veces me ha pedido que me quede allá, pero como yo estaba emperrado
con la que tenia aquí, nunca pasamos a cosas mayores... está rechula, esa mujer
tiene un cuerpo que hay que verla... Ustedes van a ver cuando lleguemos que en Puerto Rico, la ropa es casi regalada y que
con doscientos dólares uno se compra un carro, además allá se vende los mismos rones que aquí y en cuestión de música, como
aquí, se oye mucho merengue y mucha salsa.
Muy emocionado, Pedro agregó:
--¡Por mi madre que cuando lleguemos de este viaje, me voy a quedar! No volveré a joder
más en este país. Aquí lo único que pasa siempre es que todo se jode más y más.
Sus historias de algún modo debieron alimentar mis ansias de llegar a Puerto Rico. Yo
no tenía razón para no creerle.
Antes de entrar la noche, hablé con Leo y le expliqué:
--Estoy muy incómodo aquí. ¡Y quién sabe
hasta cuando tendremos que esperar! Me iré a casa y cuando vayamos a salir hazme
saber por teléfono y regresaré enseguida.
--No te desesperes --me dijo llevándome una mano al hombro--; vamos a partir en cualquier
momento. No te arriesgues a quedarte; tú has abandonado muchas cosas para meterte en esto.
No insistí más en regresar a casa. Además de las razones que Leo me dio, me fastidiaría
tener que volver a dar explicaciones a mi madre. Por otra parte, no quería incurrir en gastos de transporte. Al entrar la
noche no había todavía ninguna información sobre cuando partiríamos. Leo aprovechó entonces para recomendarme a Germán Méndez,
un hombre algo rechoncho, de unos cincuenta años, que andaba siempre bien vestido y a quien todo el mundo llamaba por el sobrenombre
de: "El Síndico". Mientras Leo le explicaba mi situación, El Síndico me examinaba de arriba abajo con sus grandes ojos escudriñadores.
--No hay problema --dijo El Síndico después de unos instantes--. Él puede dormir en mi
casa hasta que el viaje salga.
Desde esa misma noche comencé a dormir donde Germán que compartía su casa con un hermano
menor apodado "El Chino Méndez". Germán me dejó dormir en un sofá grande que había en la sala, un mueble viejo, pero bastante
cómodo. Mi anfitrión era conversador y muy afable. Desde el principio quise saber
porqué la gente le decía: Síndico. Pronto los lugareños, y más tarde él mismo me explicaron que era debido a que realmente
había sido síndico del municipio de Guaymate, provincia La Romana, en el período 1978-1982.
Después de ocupar la sindicatura por cuatro años, Germán Méndez abandonó el quehacer político a causa de pugnas internas
que afectaban a su partido, el Revolucionario Dominicano, que a él le causaron problemas personales. Un día que dialogábamos
placidamente, algo intrigado, le dije:
--¿Por qué usted no trata de conseguir una visa para los Estados Unidos? Usted es un político y ha ocupado posiciones importantes en este país; dudo que le nieguen una visa.
Me miró calmadamente y dijo con orgullo:
---Yo tuve visas múltiples.
No dudé de sus palabras, sin embargo, él entró a su dormitorio y retornó al minuto
con un pasaporte. Era un pasaporte rojo, como el que yo había enviado a Puerto Rico junto a mi ropa.
--Es mi pasaporte --dijo. Lo ojeó ante mis ojos y me mostró
que, además de las vencidas visas, en el documento aparecían los sellos correspondientes a varias veces que había visitado
los Estados Unidos.
--He insistido en que me renueven la visa, pero no lo he logrado; ya no soy sindico y obtener visa se pone cada día
más difícil; por eso he decidido irme con esta gente a Puerto Rico. Allá tengo buenos amigos que me ayudarán a seguir adelante. Hay otros compañeros de mi partido que se han ido, mucho han llegado pero bastantes
jóvenes valiosos han perdido sus vidas en ese terrible mar. Esperemos que nosotros
lo logremos. Yo creo que Augusto es un muchacho serio y que pone mucho empeño en que las cosas le salgan bien.
Para concluir Germán me pidió:
--No comentes con nadie el hecho de que
voy a hacer este viaje. Al que te pregunte dile que tú desconoces ese asunto. Tu
sabes como es la gente, comienza a preguntar y a hacer chismes.
Me sorprendió que, a esas alturas, Germán me pidiera tal cosa, pues entre los viajantes
no era una novedad saber que él haría el viaje. Ese tema, en cambio, era una de las pocas cosas interesantes de qué hablar
para matar las largas horas de espera. Aunque a otros le pareciera absurda la
decisión del exsíndico, a mi no me parecía ilógica en absoluto. Yo dormía y comía en su casa, y por lo tanto, sabía que cada
rincón de la vivienda denotaba miseria, que las paredes pedían pintura, que había muy pocos muebles, que éstos habían visto
mejores tiempos, que el agua, como a las otras casas vecinas, no llegaba, que además, debía cocinarse a carbón porque no había
gas para la estufa. Para hacer el almuerzo, yo cooperaba con algunas monedas, y Germán se iba en una motocicleta prestada
a completar el dinero con que comprar las provisiones para hacer una comida barata, compuesta de: arroz con huevos, o arroz
con sardinas.