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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

5. Sin trabajo sin dinero y acosado
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      Al Llegar a casa,  no conté lo acontecido a mi madre ni a mis hermanos. Mi madre era una mujer de casi sesenta años, cuyo timbre de voz y mirada penetrante infundían respeto. Los duros años de pobreza y el hecho de criar sola a sus seis hijos habían consolidado en ella una actitud agria que a menudo la hacía incomprensible. No convivía con mi padre desde antes de yo cumplir tres años.   Achacaba los  tantos males que afectan a los pobres, y a nosotros en particular, a los políticos, "esos  ladrones públicos que nunca han pensado en resolver ningún problema, sino en engrosar sus bolsillos, porque en un paisito como este, dime tú, si quisieran y no se robaran los cuartos qué  problema no se solucionaría."  Otras veces sostenía, mi madre, que sus calamidades se debían a sus propios hijos, "que para lo único que nacieron fue para hacerme la vida más difícil, para que yo me tenga que pasar la existencia trabajando como una burra para mantenerlos."  Yo siempre evitaba polemizar con ella. Me limité a decirle que el viaje no pudo realizarse, que lo habían pospuesto.   Si le contaba lo sucedido en la playa, ella a pesar de su pretendida fortaleza, si notaba que yo continuaba en mi empeño de marcharme, se angustiaría en gran medida.  Insistió en averiguar más sobre el asunto, pero yo le dije poco. Ello la indujo a creer que yo había sido timado: que me habían robado el dinero.

 

     Esa misma tarde comenzaron los reproches. Con voz tumultuosa, mi madre inició:

 

     --Yo te advertí que no te metieras en eso, que te iban a engañar. Tú no tenías necesidad de esas cosas. Y ahora, sin trabajo, vienes a echárteme arriba otra vez...  ustedes no hacen caso ¡maldita sea!, a lo que les digo y después, como quiera, soy yo quien paga las consecuencias

 

     --¡Por favor mamá, ya no comience usted!  Ese viaje sólo ha sido retrasado. Y si no se hace, yo haré cualquier cosa para molestarla lo menos posible --dije, pero en verdad era poco lo que podía hacer. Tenía ante mí un panorama desalentador, una situación tan difícil que impregnaba la desesperanza hasta los huesos.

 

     La situación del país continuaba siendo un  gran desastre en todos los renglones mientras los medios de comunicación tenían a la gente enajenada con las propagandas de quienes aspiraban a ganar las elecciones generales del mayo próximo; al mismo tiempo, algunos paraban una mesa en la esquina de una calle y se ponían a vender frutas, ropa o cualquier chuchería, pues el desempleo oficialmente alcanzaba el 27.5%, mientras que el subempleo llegaba al 15%, entretanto, la malnutrición diezmaba la población infantil y la inflación oficial alcanzaba el 90% mientras los salarios estaban estancados y, para los pobres, resultaba difícil hasta poder comer una vez al día; y más difícil aún mantenerse saludables con medicinas carísimas y hospitales destartalados y desprovistos de cosas tan elementales como yodo, jeringuillas, guantes a veces  hasta  resultaba poco significativo que el servicio de luz eléctrica fuera tan precario que muchos barrios sólo lo recibieran por unas escasas horas al día.  Sin embargo, como cada cuatro años, los políticos aspirantes a ganar las elecciones perpetuaban las mismas promesas de que iban a acabar con todos los males. Que frenarían la corrupción administrativa, que abastecerían de agua potable a los barrios, que organizarían el caótico sistema de transporte público, que terminarían con la deforestación de los bosques, que combatirían el analfabetismo, que resolverían los grandes problemas del campo para que los campesinos no tuvieran que continuar emigrando a la ciudad, que harían de la República Dominicana, un país próspero y rico para que ningún ciudadano tuviera que irse en yola al extranjero.

 

     Al segundo día de haber regresado de la playa, no había indicios de que siquiera se fuera a preparar el almuerzo, única comida que se hacía en casa. Yo tenía hambre y para no fastidiar a mamá y no darle motivo a que iniciara otros reproches, vendí  por quince pesos mi plancha eléctrica que usaba para desarrugar la ropa de ir al trabajo. Comencé a administrar esos pesitos austeramente, comiendo lo imprescindible mientras los días pasaban triste y lentamente. El lustre que yo había obtenido durante año y medio de trabajo lo perdía aceleradamente.

 

     "¿Qué voy a hacer ahora?, --me dije--,  estoy bien fastidiado y todo me molesta. Que una gente de un  barrio como este logre un trabajo decente es cosa difícil.  Hoy me parece más calurosa la tarde y con tantos radios prendidos al mismo tiempo no puedo ni pensar bien, esos bulliciosos radios de los vecinos.  ¡Qué calor hace!  Tal vez llueva pronto y el agua arrastre toda la basura de la cañada, toda la agua negra estancada y tal vez haya entonces menos mosquitos, menos moscas.  Pero adónde hallar otro trabajo. Está ocupada ya la plaza que abandoné en la rentcar.  Además me advirtieron que no dejara el puesto.  Podría, como en los años de desempleo, volver a recorrer todos los hoteles, todas las rentcars para que me digan llene esta solicitud y después,  usted está bien preparado, lo llamaremos cuando aparezca una oportunidad.  Pero nunca nadie llamará, el trabajo lo obtendrá un amigo del gerente, su cuñado tal vez, o un conocido de otro empleado de  confianza.  Habrá alguna oportunidad, tal vez en Puerto Plata o Punta Cana.  Quizá yo deba darme otra oportunidad (¡Qué calor! ¡Cuántos mosquitos!  ¡Qué hambre!) para escapar de este país de puertas cerradas, de hacer tanto esfuerzo para lograr tan poco (ahora debo gastar en un recorte de pelo y en comprar navaja de afeitar) con el esfuerzo que hago aquí para sobrevivir en otro lugar quien sabe salga de la pobreza.  Me daré esa oportunidad aunque fallezca en el intento (morir harto de agua y no de hambre ni de estos dolores en el estomago donde el jugo gástrico hace estragos)  Subió de precio el pan, escasea el gas propano para la estufa, ¡qué tiempo este! El azúcar no aparece en un país productor de azúcar.  Debo irme, si es que no me engañan con mi dinero.  Sobrecargaron la embarcación, eso fue.  Con menos gente o con una embarcación más grande la historia de ese viaje hubiera sido otra ¡Ya voy, mamá!"

 

     Telefoneaba con frecuencia al único lugar donde podría tener noticia de Leo, la agencia donde había trabajado puesto que allí él tendría que regresar a renovar los contratos de alquiler y  a chequear o a cambiar autos. Con autos diferentes,  despistaba a los policías de transito y a cualquiera que estuviera tras de él.

 

     Seis días después del fracaso en la playa, Leo fue a la agencia.  Advertido de que probablemente iría ese día, acudí a aguardar por él. Juan también se presentó. Vimos a Leo entrar a la oficina acompañado de José y de Frank.

 

     --¡Caramba, me estaban esperando! --dijo Leo tan pronto entró.

 

     --¡Sí señoi! --contestó el cibaeño--. Yo quiero mi cuaito ahora mimo.

 

     --No seas cobarde --protestó Leo--. Ya casi vamos a salir nuevamente y ahora no va a pasar lo del otro día.

 

     --¡No me impoita! --insistió Juan--. Yo quiero mi cuaito y punto. Que se vayan lo que se quieran ajogai y tú confóimate con que me hicite peidei mi trabajo.

 

     Leo me miró como angustiado. Esperé a que hablara.

 

     --¿Y tú? --finalmente dijo--. Sé que no tienes miedo. Te vi saltar al mar en momentos de aprietos. Eres callado pero tienes cojones... ¿Dime, seguirás o no en el viaje?

 

     De haberme hecho la pregunta el día que regresamos de la playa, habría actuado de la misma manera que Juan. Pero los días de espera en que reflexionaba me llevaron a despreciarme a mí mismo y a mi entorno. Hallaba más fácil enfrentarme al mar que a la desgracia de empezar de nuevo. No vislumbraba la posibilidad de conseguir un empleo en un tiempo prudente. Las calles estaban llenas de médicos, ingenieros y técnicos de las más variadas ramas que deambulan por ellas en busca de trabajo; muchos hubieran querido tener el puesto que yo dejé.  Por eso preferí seguir en la ruta que tal vez podría cambiarme el panorama lúgubre de mi país por algo mejor.

 

     --Leo le --respondí--, sólo quiero que bajo ninguna circunstancia te olvides de mí cuando partas.

 

     El hombre sonrió satisfecho y animado proclamó:

 

     --¡Así se habla, coño!  Confía en que por ninguna razón te dejaré.

 

     Yo le creí. Puse un pedazo de papel en su mano:

 

     --Es el número de teléfono de una hermana mía, se llama Idalia, no lo pierdas e infórmame ahí de cualquier novedad.

 

     Juan se disponía a reclamar su dinero otra vez. Pero Leo sin esperar mucha insistencia dijo:

 

     --Frank, dale el dinero a este cibaeño para yo no tener que seguirlo oyendo.

 

     Durante los próximos días, en espera de noticia de Leo,  yo iba a cada rato adonde mi hermana, que vivía en un barrio cercano. Uno de esos días, mi madre volvió a decirme:

 

     --¿Y qué del viaje? ¿Todavía no te has convencido de que todo fue un engaño?

 

     --No ha sido ningún engaño, mamá --respondí sumisamente. Y ella imponente insistió:

 

     --¿Pero acaso no diste tu dinero, y ahora no tienes ni dinero ni viaje?

 

     --¿Y qué quiere usted que yo haga, si ellos cambiaron la fecha del viaje?     

 --vociferé alarmado y harto de oírla.

 

     Pareció considerarme, porque, calmadamente y con voz comprensiva, comenzó a decir:

 

     --Ven busca un dinerito para que cocines algo.  Tienes cara de estar pasando mucha hambre.

 

     Entonces la seguí al cuarto de la fritura. Sin callar un momento, con triste y lenta voz, continuó su sermón:

 

     --Ustedes dicen que yo peleo y que jodo mucho, pero no entienden que lo que quiero es lo mejor para ustedes y para  eso hay que trabajar fuerte

--suspiró profundamente, entonces prosiguió--. Contraria a la del rico, la vida para el pobre no es fácil en ningún lugar. Mientras aquí no tenemos agua ni para lavar los trapos, en las casas de los ricos les cambian el agua a sus piscinas cada vez que les da la gana.  Pero en fin, tú has querido hacer tu vida a tu manera, y ojalá que se dé el viaje ese y que te vaya bien, porque has sido un buen hijo que no te has buscado problemas en las calles. Además, nunca me haces coger el pique que paso con esos otros desgraciados que me tienen de relajo y al coger el monte. Lo peor es que cuando les corrijo algo, se me paran a discutir como gallo dispuesto a dar pelea.

 

     Por fin, el día veintiuno de enero, once días después del fallido intento de viaje, recibí el mensaje de que al día siguiente Leo pasaría a buscarme a la agencia. Debía alistarme, lo que consistía en hacer un equipaje sumamente liviano, con lo indispensable; también debía disponer de dinero en dólares, pues al llegar a Puerto Rico, me tocaría pagar por mi transporte desde el lugar donde la yola atracara hasta mi punto de destino en aquella isla. Leo había insistido:  Yo iré en este viaje, pero, a quienes nos vayan a recoger a la playa, hay que pagarles. Cada cual deberá pagar por su pasaje; si no, se verá en gran problema.

 

     No tenía dinero y contaba con pocas posibilidades de conseguirlo. Días antes del fracasado viaje, había vendido lo de más valor que había tenido en mi vida: una vieja y pequeña motocicleta Honda70. Si perdía mi trabajo, habría tenido la opción de incursionar en el moto concho: oficio, en que el  motorista transporta consigo a una o dos personas a quienes, como pasajeros, traslada de un barrio a otro o a otra parte del mismo barrio, pues los carros del transporte público sólo transitan por las calles principales adonde los interesados deben ir a tomarlos. No contaba ya con la motocicleta para obtener dinero, pero todavía tenía mi reloj.  Aunque se había mojado en el mar, estaba en buenas condiciones.  Por último, podía disponer de mi abanico.  Mis libros, por estar muy viejos, no interesarían a nadie. Y las otras cosas de valor de la casa no eran pertenencias mías: una nevera muy vieja que se caía a pedazos y un, no menos destartalado, televisor en blanco y negro en qué mi madre, cada noche, después de su larga faena, veía las telenovelas.

 

     Al día siguiente, recibí setenta pesos por el reloj y el abanico al dejarlos en la casa de empeño más cercana. Le llevé los recibos a mi mamá y le dije:

 

     --Saque estos artículos cuando pueda. Pero sepa usted que necesito más dinero ya que hoy mismo nos iremos.

 

     Mi madre aprovechó la ocasión para recordarme que no le estaba yendo bien en la fritura. Este negocio de vender carnes y plátanos fritos había sido, por diez años, la única vía estable de ingresos a la familia y en esos días no había otra, porque ni yo ni ninguno de los otros tres hermanos que aún vivíamos en casa estábamos trabajando.

 

     --Consígame lo que pueda --insistí.  Ella en cambio continuo diciendo:

 

     --Este negocito no está dejando ni para comer. Ustedes no saben como suben día a día los precios de  los alimentos. Yo nunca pensé que las cosas se iban a ver tan malas en este país. Pronto tendremos que comernos los unos  a los otros.

 

     Después de enumerar con sus palabras y con ojos tristes algunas de las tantas dificultades que le afligían, por fin,  dijo:

 

     --Lo único que tengo es el dinero que debo a César, el carnicero. Te lo daré y le pagaré luego a  él.

 

     Dejó  entonces a un lado la carne que preparaba para la venta de la noche, se levantó de la curtida silla y tomó el dinero que estaba debajo de un paño que cubría la  cima de la nevera.  Recibí los cien pesos que me donó y pensé: tal vez  esta sea la última vez que te moleste, mamá, quien sabe me ahogue, quien sabe llegue.

 

     Entre las diligencias realizadas y las palabras de mamá, ya el medio día había llegado. Quería estar temprano en la agencia donde habría de encontrarme con Leo. Dejé a mi madre todavía deseosa de hablar de más miserias. Me dirigí a mi cuarto. Hacía poco que no lo compartía con nadie más pues cuando, Enércida, la segunda de mis tres hermanas, se casó, yo ocupé un cuarto para mí solamente, mientras que mis hermanos y mi madre acordaron compartir los dos restantes. Entré a mi  habitación y eché la ropa indispensable en una pequeña mochila y, antes de salir, detuve la mirada sobre una pequeña mesa de madera donde descansaba un grupo de libros viejos y desgastados por las tantas veces que se mojaron cuando no estuve en casa para defenderlos de las goteras.

 

     "Tengo que irme --me dije--, quizá nunca más volveré a ver estos libros, este cuartucho, ni a mi madre, que apenas sospecha cuan peligrosa puede ser la aventura a la que me lanzo.  Está visto que en estos viajes la muerte, más que posible, es probable.  ¿Pero qué puedo hacer quedándome aquí? Vale poco la vida cuando hasta conseguir qué comer se torna difícil. Es mejor que me vaya. Me iré. Si salgo bien, bien y si fracaso, fracaso."

 

     Después de estos pensamientos, escribí esta nota dirigida a mi madre y a mis hermanos:

 

    "Si llega a pasarme algo malo, que  nadie se sienta mal. Yo mismo lo he decidido así."

 

     Dejé sobre los libros mi mensaje. Cerré el candado y me puse en camino. Dejaba tras de mí, mi casa y todas aquellas casuchas de hojalatas, bloques y cartón que, en abundancia, ocupadas por gente miserable y  por niños desnutridos y parasitados, están sembradas a ambos lados de una gran cañada por donde, al llover, circulan las aguas negras y la basura a  lo largo de su trayecto hasta el río.