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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

11: Nuestra larga noche en El Caribe
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SOBRE OBRA Y AUTOR
En Honor y Dedicación
1: Al encuentro de otros Viajantes
2 El traslado a El Macao
3. Demasiado Gente para una Yola
4. El Retorno Derrotado
5. Sin trabajo sin dinero y acosado
6. Mis conpañeros para la adversidad
7. Papín: "la desgracia de irse en yola"
8. El tortuoso camino a Punta Cana
9: Las primeras horas de terror
10: Agotamiento e inseguridad
11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
18. Prefería la muerte a ser deportado
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     La noche iba pronto a teñir de negro el paisaje mojado, pues hasta donde la vista alcanzaba, la claridad del sol se perdía entre el agua y las nubes.  Aunque las olas no daban tregua, amainaban y se hacían cada vez menos altas. La escasez de potes plásticos para sacar agua obligó a que usáramos las vasijas de comida y las gorras metálicas de algunos. Sin embargo, cada vez quedaban menos envases con que extraer agua y menos gente dispuesta a extraerla. Muchos se negaban a reemplazar a los que hacían esta tarea. Los más cooperadores, quejándose del agotamiento y de que otros no ayudaban, se desentendían y se entregaban a la inercia y por nada querían extraer más agua. Desaguar la yola significaba seguir a flote, continuar con vida. La tarde avanzaba y otros tres y yo continuábamos desaguando la yola e insistiendo en que más gente cooperara; pero no hacían caso. Me resultaba incomprensible que prefirieran morir a sacar agua; lo consideré increíble hasta que yo mismo fui uno de ellos. Pensé que era ilógico tomar tal actitud, pero la tomé: me decidí a morir. Hasta entonces me había sentido orgulloso de ser el que más agua extraía. Leo y algunos de los hombres y de las mujeres me habían reconocido este mérito. Pero decidí no sacar más agua. Con tal decisión, sentí que me vengaba de quienes no ayudaban.

 

     "No vale la pena, me dije, seguir luchando. Es probable que como quiera sucumbamos. Que uno se muera no debe ser tan malo; tal vez, es un alivio.  Si, eso es: un alivio. Algunos minutos de agonía, pero después..."

 

     Sólo tres continuaron extrayendo agua. Yo me eché debajo de algunos bancos, entre los pies de quienes estaban sentados. Me tendí a descansar sin temor a morirme.  Al cabo de un cuarto de hora de estar allí tirado reposando boca arriba, sentí que algo más tibio que el agua del mar bañaba mi cara. Abrí los ojos sospechando lo que ocurría: una mujer de unos cincuenta años, sin duda la más vieja de los tripulantes, dejó caer sus cálidos orines precisamente en mi cara. Muy enojado paré la cabeza decidido a insultarla.  Pero la mujer me miró con rostro dolido y ojos lagrimosos. No dijo palabra. Yo le tuve pena y no dije nada. Quise echarme nuevamente, pero el agua continuaba subiendo. Quienes la sacaban rogaban por ayuda y perturbaban la tranquilidad que yo quería obtener.  Leo era el que más insistía en que extrajeran agua.  Hasta él mismo reemplazó a uno de los compañeros y  se integró a sacar agua. Yo, en cambio, me quedé inmóvil y pensativo. Sentía más debilidad que hambre, estaba exhausto, apaleado; me dolían las punzadas en el pie y mi estómago enfermo me mordía.  Sentía gran rabia y pocos deseos de vivir.  Pero, después de un rato, pensé en la vida fuera del mar.  Razoné sobre lo joven que aún estaba y volví a sentir miedo a la muerte.  Me incliné a creer que no sentir miedo era realmente ser cobarde, pues era la salida más fácil. Por eso, con amarga pero cabal resignación, y aún enfadado con quienes se aferraban a la actitud que había compartido por un rato, me dije:

 

     "Haré lo que pueda, mientras pueda. Si voy a morir pronto no importará nada, pero si me salvo, tendré una vida entera para vivirla.  Y cuando todo haya pasado, no me veré en otra situación igual con ninguno de estos desgraciados. La mayoría  son unos estúpidos, no les importan sus vidas y tampoco las ajenas. Nunca debí meterme en este viaje. No debí creer que iba a ser diferente al anterior. Debí hacer lo mismo que Juan; él fue verdaderamente inteligente. Pero ya estoy aquí.  ¿Por qué no luchar hasta lo último?"

 

     Después, la oscuridad terminó de pintar todo de un solo color. A las ocho, llevábamos diecisiete horas en el mar, pero no se había visto ni siquiera algún islote donde se pudiera arrimar la deteriorada embarcación. Volvió a salir a flote la idea de que no fuéramos en la dirección apropiada. Yo pensé: "Sin brújula, habiéndose apagado este motor varias veces, un cielo nublado no puede ser guía para conducirse en un mar embravecido."  Pero, ante las quejas de algunos, los organizadores insistieron:

 

     --Vamos bien.  Nosotros conocemos el trayecto como las palmas de nuestras manos.  Si Dios sigue con nosotros, en cualquier momento llegaremos a la Isla Mona. En ella descansaremos y después continuaremos el viaje.

 

     La noche avanzaba haciéndose cada vez más oscura. Era una noche sin luna, sin una estrella en el cielo, llena de nubes negras.  Resultaba imposible vernos unos a otros. A los lados daba la impresión de que nos rodeaba un bosque inmenso. Las olas roncaban acá y allá. Bajo nosotros y a nuestros lados, el agua continuaba filtrándose. Debíamos seguir en un esfuerzo impostergable por mantenernos vivos. Leo, como desde el principio, seguía dando aliento a los más desesperados. A las nueve volvió a llover durante una hora. La brisa nocturna mortificaba aun más nuestros agotados cuerpos. La ropa, que nunca llegó a estar seca, picaba en la piel. Cuando cesó la lluvia, una de las mujeres dijo, con débil y lloriqueante voz:

 

     --¡Tengo mucha hambre! ¿Puede alguien darme algo de comer?

 

     La mayoría de los alimentos que los viajantes habían traído habían sido los más baratos y más fáciles de obtener: bolsas de pan, conconetes, masitas, galletas, salami y queso. Pero antes del medio día ya habíamos notado que ninguna bolsa plástica se salvó de que el agua la penetrara.  El pan, las galletas, los pedazos de queso y de salami, todo había sido destruido por las saladas aguas. Los habíamos sacado junto a las heces, los vómitos y junto a algunas propiedades que los viajantes arrojaron al mar. De todas formas, escuchamos que un compañero dijo a la mujer:

 

     --Doña, tenga esta lata de sardinas.  A mí ni siquiera hambre me ha dado todavía.

 

     A media noche, comenzó a verse una leve señal de claridad al noreste. Casi al mismo tiempo apreciamos un haz de luz que frecuentemente circulaba en el horizonte.

 

     --Debemos estar llegando; son las luces de barcos guardacostas --se oyó decir a uno de los organizadores.

 

     --¡Ay, gran poder de Dios, ayúdanos!  ¡Que no nos agarren! --rezaba José, el contador, distrayéndose de sacar agua.

 

     Los haces de luces rotatorias se hacían más intensos. Más adelante, las luces delataban la presencia de tres barcos en total.  Estaban a gran distancia uno de otro,  pero con sus luces que brillaban sobre la inquieta superficie, parecían cubrir toda el área que veíamos frente a nosotros. Poco a poco, nos hallamos dentro del radio de alumbramiento del barco más cercano.

 

     --Es muy difícil que nos vean dijo Leo--, esta embarcación es muy bajita. Además, el mar está muy bravo y la noche muy oscura.

 

     Sin embargo, después de un rato, pudimos percibir que el barco venía hacia nosotros. Se movía de sur a noroeste y esto lo acercaba más y más a nosotros.

 

     --¡Devuélvete, devuélvete! --se apresuró Leo a decir.

 

      Frank, que guiaba la yola, la inclinó  hacia el sur.  Pedro lamentó:

 

     --¡Nos vieron esos hijos de la gran puta!

 

     --¡No lo creo! --dijo a secas  Frank.

 

     Leo guardó silencio. Una mujer, después de toser con un catarro agudo, murmuró:

 

     --Si nos agarran no es una desgracia del todo. Ya yo no puedo seguir resistiendo ésto.

 

     Sin embargo, el movimiento de nuestra nave logró evadir al barco guardacostas que no varió su rumbo. Asumimos entonces que no nos habían visto.

 

     --Estaría tan sólo cubriendo su área --adivinó uno de los hombres.

 

     Poco a poco Frank enrumbó nuevamente la nave hacia el este.  A la izquierda aquel barco se perdía de nuestra vista y muy a lo lejos, se veían las luces de los otros barcos. Papín murmuró:

 

     --Aunque aquellos sean barcos guardacostas o de la policía marina, no les será fácil descubrirnos. Tal vez ni crean ellos que alguien se haya atrevido a tirarse a este mar tan bravo.

 

     Y, al oriente, a tanta distancia como la vista podía alcanzar, se hacían más intensos los reflejos de otras luces.

 

     --¡Deben ser las luces de Mayagüez! --dijo Frank. Leo y Pedro estuvieron de acuerdo.

 

    La claridad parecía salir del agua con más intensidad que la del preludio del alba. Embelesados, algunos hasta dejaron de sacar agua para comenzar a celebrar.

 

     --¡Ay, parece que por fin vamos a llegar! --llorando de emoción, dijo una mujer.

 

     El reflejo que aclaraba el horizonte era cada vez más intenso. La algarabía y el júbilo se adueñaron de nuestros corazones. Las exclamaciones de satisfacción salían sin esfuerzo. Y con la idea de la pronta llegada a Puerto Rico, se olvidaron el cansancio y las rencillas. Hasta comenzó a haber más cooperación para sacar el agua.  Pero pasaron largas horas  y sólo seguíamos viendo reflejo y nada de luces directa.

 

     --¡Esta mierda no se mueve de lugar! --se quejó uno de los viajantes, desesperado porque los progresos en el movimiento de la embarcación eran apenas perceptibles. Nos llegaron las cuatro de la madrugada con la sensación de haber avanzado muy poca cosa.