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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

13. Lo inesperado en un islote
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13. Lo inesperado en un islote
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     Voces de júbilo hubo a las doce y treinta de la tarde cuando el motor, tal vez seco por el candente sol, hizo amagos de encender.

 

    --¡'tal prender! --celebraban algunos y aprobábamos otros. Y afortunadamente, después de arrancar y apagarse repetidas veces, el pequeño motor tomó sonido firme en medio de la algarabía de todos.  Entonces, con su voz lastimada, pero muy emocionado, Leo vociferó:

 

     --¡Yo se lo dije a ustedes que ese motorcito "era el diablo"!

 

     Estábamos sorprendidos de que en casi cinco horas que estuvimos a la deriva no se presentara nadie a rescatarnos o apresarnos. Pero, a buen rato de navegar hacia Desecheo, la aparición de un helicóptero en el área nos puso en tensión. El artefacto aéreo comenzó a circundar la isla mientras, distantes, a derecha e izquierda, dos grandes barcos navegaban hacia el oeste.

 

     --Deben habernos vistos desde ese helicóptero --especuló un compañero.

 

      --Es imposible que nos hayan visto --afirmó otro.

 

     --¿Y serán de la guardia costera? --inquirió una mujer. Pedro afirmó:

 

      --Si fueran ellos ya hubieran bajado. Yo oí decir que en la cima de esa isla están criando leones y tigres y que un helicóptero los viene a inspeccionar y a dejarles alimento. También supe que están tratando de aminorar una gran cantidad de monos que están acabando con los huevos  de algunas aves raras y hasta dificultando la vida de otros animales de la islita.

 

      --De todas formas --dijo Leo--, debemos hallar donde escondernos. Si notificaron a los guardacostas, dentro de poco estarán buscándonos.

 

     Finalmente, el helicóptero dejó de sobrevolar el área al descender en la cima del islote. Llegar a Desecheo comenzó a parecer alcanzable. Lentamente, veíamos agrandarse nuevamente lo que había sido tan sólo un punto emergido del mar. Ya apreciábamos mejor el rocoso lugar, su altura escarpada y su escasa vegetación. Algunos patos, pelícanos y gaviotas se asentaban o emprendían el vuelo.  Y uno de nuestros compañeros descubrió algo muy novedoso en un punto de la isla.

 

     --¡Miren allá! --dijo apresurado--; ¡en aquel sitio hay alguien!

 

     Todos nos  esforzamos hasta ver lo que nuestro compañero señalaba y que resultó algo parecido a una estatua subida en una gran roca.

 

     --Debe ser un espantapájaros --exclamó uno. Pero todo el mundo dudó que lo fuera cuando vimos que se cambió de lugar.

 

     --Tal vez sea un mono.  ¿No dijeron que hay muchísimos monos allá? --comentó un jovenzuelo de apenas 17 años de edad.

 

     --¡Esa es gente! --enfatizó otro compañero cuando notamos que otra figura se acercó a la primera que por volver a estar inmóvil parecía una estatua.

 

     Al poco rato uno de ellos empezó a hacer señas.

 

     --Parece que nos están llamando --insistió Ana en tono débil.

 

     Hubo un minuto de expectación y silencio. Todos los  ojos miraban atentos en una sola dirección. Entonces uno de los viajeros dijo:

 

     --Es cierto es gente, sin duda dos hombres. El que parecía espantapájaros está haciendo señas para que vayamos allá.

 

     Otro hombre dijo:

 

     --No debemos hacerles caso. Deben ser de la Guardia Costera, porque ¿qué otra cosa pueden hacer esos dos hombres en esa isla deshabitada?

 

     --Tú tienes razón --dijo Leo, a la vez que comenzó a dirigir la embarcación hacia el sur, para alejarse.  En la isla, el hombre continuaba haciendo señas. En la yola se tornó una disputa entre quienes creíamos que debíamos llegar a la isla y los que opinaban que no era conveniente hacerlo. Leo detuvo la yola y desconfiando advirtió:

 

     --Esa gente puede apresarnos o con algún radio llamar para que nos vengan a detener.

 

     Pero la mayoría queríamos acercarnos. Pedro y Frank insistieron en que se maniobrara la yola hacia el lugar donde se encontraban los hombres. Pedro todavía lucía fuerte, parecía haber sufrido menos que los demás. La sal reseca le daba un tono cenizo a su negra piel. Aunque había hablado poco durante el trayecto, fue el que se opuso más abiertamente a Leo. De muy mal humor sentenció:

 

     --Si esos hombres hubieran querido denunciarnos, ya lo hubieran hecho. Tal vez sólo quieren ayudarnos. Y en caso contrario, apenas son dos; aunque estén armados, no van a poder controlar a toda esta gente...

 

     Para terminar, con gran determinación, Pedro dijo:

 

     --¡Vamos pa'llá! Podrán matar a dos o a tres de nosotros, pero los demás les arrancaremos las cabezas si hay que arrancárselas.

 

     --¡Así se habla! aprobó La Fiera entusiasmado.

 

     Entonces, Leo, con muy poco optimismo, dejó el timón a Frank, que le había estado pidiendo que le dejara maniobrar la yola.  Al poco rato, nos  arrimábamos a la isla, despacio y, algunos, ayudados con dos remos, cuidaban de que no se destrozara la embarcación contra uno de los tantos arrecifes  que sobresalían del agua. Dejamos de ver a los hombres según nos acercábamos a la orilla porque la inclinación del terreno nos lo impedía. Y, por fin, a las tres de la tarde, la embarcación atracó en la ribera. Desde allí, el terreno comenzaba a ascender.  A poco trecho, había una plataforma donde los dos hombres esperaban. Diez de los viajeros más robustos, entre ellos, Pedro y La Fiera se desmontaron de la embarcación y subieron unos cuarenta metros hasta acercarse a los hombres.

 

     Yo permanecí en la embarcación junto a Leo, y los demás. Me resultaba muy difícil mantenerme en pie a causa de la debilidad que sentía en todo el cuerpo. No alcanzamos a oír lo que los hombres dijeron a los viajantes y ellos no alcanzaron a entenderlo. Uno volvió a la embarcación y  entre desalentado y emocionado dijo:

 

     --No les entendemos.  Lo que hablan es inglés; pero parecen gente buena.

 

      Leo no perdió un segundo.  Pareció que el problema también le había traído la solución; apresuradamente puso sus ojos en mí y me dijo:

 

     --¡Oh rentcar, ve tú!

 

     Algunos me ayudaron a salir de la embarcación que permanecía arrimada a las rocas.  Fue esa  una de las ocasiones en que sentí más intensamente el dolor de mi pie.  Lo miré; estaba hinchado hasta el empeine.  Leo y casi todos los demás también se dirigieron al lugar donde estaban los hombres de habla inglesa. Yo, dando tumbos, traté de llegar hasta ellos que, aunque no entendieron el español de los viajantes, habían comprendido que se  estaban muriendo de hambre y,  para conseguirles víveres, se movieron cincuenta metros al norte a donde tenían una tienda de campaña.

 

     Hallé a los compañeros que empezaban a bregar con los alimentos. Mientras tanto Germán, que había llegado poco antes que yo, con voz agripada, hablaba con el más alto de los extraños.  Era de piel rubia bronceada al sol, de unos seis pies de altura. Debía pesar ciento ochenta libras, distribuidas equitativamente en su robusto cuerpo. Este hombre atlético me acordó a mi tío Manuel que vivía en Santurce y a cuya casa yo intentaba llegar. Mi tío también es un hombre alto y fuerte cuyo cuerpo testimonia que él ha dedicado gran parte de su vida al deporte. Al otro hombre apenas lo miré ya que  parecía mudo; no decía ni media palabra y se quedaba como un idiota mirando a la gente. Era más bajo y rechoncho. El cabello de ambos hombres parecía pelusa de maíz tierno. Los dos debían andar en los cuarenta años de edad.

 

     Los viajeros habían improvisado una ronda. Tres compañeros repartían frutas enlatadas y pan. A cada uno nos tocó una rebanadita de pan, dos de piña, dos de melocotón y un poco de frutas mixtas.  El agua sólo alcanzó para unos cuantos.  La sed continuó mortificándome.

 

     Sólo yo entendía lo que Germán  hablaba con el hombre. Al principio, me limité a escuchar, luego, haciendo una que otra pregunta, me involucré en la conversación.  En el rostro de aquel hombre se dibujaba tal compasión por nosotros que me hizo sentir lástima por nosotros mismos.  Las mujeres y la mayoría de los hombres parecíamos estropajos deteriorados.  Sin contar a quienes, aun más maltratados, quedaron en la yola. El hombre continuó hablando sensiblemente. Seguido por Germán y por mí, descendió unos escasos pasos hasta un lugar desde donde podía verse la orilla del mar.  Buscó  con la vista; después de unos instantes señaló con un dedo y nos dijo:

 

     --¡Miren allá abajo y por ahí..! --apuntaba a las rocas, donde las olas seguían golpeando. Fue fácil descubrir lo que señalaba: tablas, restos de naves náufragas que, a la orilla de la rocosa isla, flotaban movidas por el incesante vaivén de las olas. Entonces nos dijo lo que ya habíamos entendido:

 

     --Esos son los pedazos de muchas de las embarcaciones que vienen del país de ustedes. Sus ocupantes no tuvieron como ustedes la suerte de llegar vivos hasta aquí.

 

     Yo quise justificar nuestra osadía.  Pero el hombre me interrumpió:

 

     --No me extraña que ustedes arriesguen sus vidas de esta forma. Nosotros somos biólogos que trabajamos para el gobierno de los Estados Unidos.  Estamos estudiando la vida silvestre de esta isla, pero yo he ido con propósitos profesionales al zoológico de Santo Domingo y en mi segundo viaje, hace sólo un año, noté cuan creciente es la miseria de aquel barrio (el de Cristo rey); en ese lugar, los niños y los hombres me abordaban para pedirme limosnas o para venderme algo. También me impresionaron grandemente las paupérrimas casitas en las que vive la gente en toda esa área.

 

     Germán y yo traducíamos al español las palabras del hombre, mientras casi todos nuestros compañeros descansaban sentados bajo el muy ardiente sol. Leo, en cambio, se puso de pie con gran esfuerzo e interrumpió nuestra traducción, al decir:

 

     --Denles las gracias y díganles que tenemos que seguir.

 

     Dimos el mensaje de Leo, pero el hombre, como si no hubiese escuchado, dijo:

 

     ---Esta isla tiene gran cantidad de chivos silvestres.  Escóndanse  por ahí.  Cazaremos un chivo y lo asaremos para que todos sacien su hambre.

 

     Hicimos saber a Leo las palabras del hombre, pero, sin vacilar, rotundamente dijo:

 

     --¡No! Díganles que gracias, que nosotros debemos continuar nuestro viaje.

 

     Rechazó tajantemente la oferta, aunque era más que tentadora y a pesar de que muchos insistieron en que la aceptara. Pero Leo se notaba inquieto y desconfiado, miraba en toda dirección, como un venado asustado. Debía entender que la situación lo ponía en un gran aprieto pues era obvio que se le consultaba y que la orden de partir debía provenir de él. Yo en cambio, sentía confianza en los hombres y pensé que si Leo hubiera sabido inglés no se hubiese apresurado tanto y hubiera aceptado que cazaran y asaran el chivo ofrecido. Por otra parte, el  parlante de los dos hombres, ante la negativa de recibir su ofrecimiento, nos dijo:

 

     --Les rogamos no hablar de este incidente. No debemos ayudar a gente que intente entrar ilegalmente a territorio de los Estados Unidos. Pero desde temprano, con los anteojos, vimos que ustedes tenían problemas y que luego trataban de acercarse a esta islita y sospechando de qué se trataba, quisimos ayudarles.

 

     --Muchas gracias, les agradecemos muchísimo su gesto tan misericordioso --dijo el exsíndico y volvió a recordarles que debíamos irnos. Ya Leo y los demás se disponían a regresar a la yola.

 

     --¡Tengan buena suerte y que logren abrirse paso! --fueron las últimas palabras del hombre.

 

     Al marcharnos, muchos viajeros, en un inglés chapurreado, expresaron fervientes: "thank you" a los hombres. Y al cabo de unos minutos, la repleta yola despegaba de la orilla.  Los organizadores, sin embargo, no tenían la intención de seguir para Puerto Rico en esos precisos momentos. Leo, en cambio, comenzó  a navegar por la orilla, circundando la rocosa isla. Después de  unos minutos murmuró:

 

     ---Debemos hallar albergue que nos permita esconder la yola y descansar mientras llega la noche. Con la oscuridad llegaremos a Puerto Rico con menos riesgo de ser apresados.

 

     Aunque aún sedientos y hambrientos, también estábamos animados.  Puerto Rico no  estaba muy lejos, a la distancia, el sol se hacía plata en las verdes alturas de Aguada y Rincón.

 

     Después de media vuelta a la isla, divisamos un sitio adecuado para guarecernos y ocultar la embarcación. Era una cueva de gran tamaño; atracamos a su entrada. Pedro dijo:

 

     --Tenemos que meter la yola en esta cueva para que no la puedan ver desde afuera.

 

     Con gran trabajo, arrastraron la yola unos cuantos metros sobre la arena y entre las rocas hasta meterla por completo en la gran cueva. Algunos nos quedamos cerca de la yola. Otros buscaron lugares más íntimos y oscuros dentro de la caverna. Nos dejamos caer sobre la umbrosa arena como soldados heridos, abandonados en el campo de batalla. Yo tenía los ojos adoloridos por los sueños atrasados, por la anemia y por el agotamiento.  Creí que sería muy fácil dormirme y descansar y me dispuse a tomar el tan merecido reposo. Sin embargo, pasaban los minutos y, aunque trataba, no lograba dormir. Ninguna posición, ningún esfuerzo me ayudaba a conciliar el sueño.  Mis empeños por dormirme agotaron más mi molido cuerpo.

 

     Después de más de dos horas de batallar con todas clases de ansiedades y de pensamientos inoportunos, me levanté de la cremuzca arena. Comencé a mirar la yola que estaba boca arriba. No me resultaba fácil concentrar la vista en un punto fijo. Seguía viendo estelas luminosas, mi cabeza me daba vueltas y, ocasionalmente, perdía la visión o percibía que todo el espacio frente a mi se movía conmigo en la misma forma en que la yola lo había estado haciendo durante las treinta y seis horas que pasamos en el mar. Me sentía como si fuera una minúscula partícula movida dentro de un cedazo. Sin poder dormirme y con todos los males que me aquejaban, comencé a escudriñar la yola. Comprobé que había perdido toda la brea con que la habían calafateado. Saqué un destornillador plano del bulto de herramientas de los mecánicos, rompí alguna ropa que hallé en la cueva, y, martillando con una piedra, comencé a meterle tela a presión donde se notaba que podía entrar  el agua. El martilleo perturbó a algunos que dormían o intentaban dormir.  Pedro desde un rincón oscuro de la cueva gritó:

 

     --¡Coño deja esa vaina! ¡La vas a joder más de lo que está!

 

     Hice poco caso a sus palabras; continué en el asunto hasta que estuve conforme. Mis  empeños por reparar la yola también incentivaron a otros.  Se levantaron e intentaron encender el motor más grande que aún no había podido usarse.