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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

9: Las primeras horas de terror
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9: Las primeras horas de terror
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            A las tres de la mañana apagaron las luces del camión y a poco trecho sus ruedas se abrieron paso sobre la arena, entre los erguidos cocoteros de la apartada playa de Punta Cana.  El camión se detuvo.  Leo, desde fuera gritó:

 

        --¡Ya llegamos, desmonten todo! ¡Es casi de día, que no nos apresen!

 

            De inmediato nos apeamos. Por fin estábamos ante el mar; después de tanta espera, de tanta ansiedad, de tantas noches de desvelo y de tanta tensión aglutinada que en ese instante se desbordaba desmedidamente. Las aguas azules, casi negras, del mar, hasta la playa no traían gran agitación, pero mis rodillas y  mis dientes tiritaban. Con gran empeño, pudimos bajar la embarcación a la arena.  Bajamos también los motores y las demás cosas. El camión se marchó de inmediato, con las luces apagadas para no llamar la atención. En esos instantes hallé pequeña la yola que habíamos puesto sobre la arena húmeda.  Era algo más grande que la que utilizamos en el viaje anterior, pero cada uno de los casi setenta viajantes que haríamos el viaje dispondría de muy poco espacio.

 

           Cargamos la yola unos cuarenta metros hasta meterla en el mar. Ya en el agua, mientras ayudaba a cargar la embarcación, sentí unas punzadas en mi pie derecho, cerca del dedo mayor. Miré mi pie; me esforcé para ver unos puntitos negros que me producían gran dolor. "Pisé algún animal, pensé, o acaso una tabla con clavos oxidados." Nada resolvía con saber lo que había pisado y no tenía tiempo para curarme. Oía el rumor de la gente, el de las olas y sentía más que dolor, un gran miedo. La gente subía gasolina y provisiones y yo hallé tiempo para realizar una necesidad impostergable: evacué pródigamente tras el grueso tronco de un cocotero. Entonces, con mi mochila, medio cojo, me dirigí a la yola que acababan de cargar.

 

         Cuando el motor prendió, hubo que impulsar la yola mar adentro. Lo hicieron, con dos remos de madera que se metían en el agua hasta que sus extremos tocaban la arena. De inmediato nos dimos cuenta de que parte de la brea, muy reseca, se despegó y que el agua se filtraba por las junturas de las tablas del fondo y de los lados. No entraba mucha agua, pero sentí gran deseo de arrojarme al mar para volver a casa. Los recipientes plásticos en que cargábamos agua potable fueron cortados de inmediato y con ellos comenzamos a desaguar la yola. Mientras tanto, con gran lentitud, la embarcación empezó a alejarse.

 

           Hora y media después, se veían muy lejos los cocoteros de la playa y el faro de Cabo Engaño. Seguíamos muy despacio, apartándonos de la costa. Yo centraba mi vista en la luz del faro de Cabo Engaño, mientras  recordé algo que en mis años de escuela primaria había aprendido en mi libro de Geografía Dominicana: "Cabo Engaño es el punto más oriental de la isla Española. Entonces no imaginé que lo iba a conocer de esta manera..." Pensaba y nostálgicamente quería seguir recordando tantas cosas: muchas vivencias, muchos lugares que dejaba, muchos sueños rotos... quería pensar en todo; pero no me concentraba en nada, porque así como el mar nos abrió su ancha puerta por la que entramos, así mi mente era un lecho por donde de golpe circulaban muchas emociones intensas.  Mientras tanto, la situación de nuestro chinchorro daba claros indicios de empeorar. Las olas se hacían cada vez más agresivas y algunos viajantes vomitaban hasta bilis. Las quejas y el descontento ya estaban presentes. Unos pedían:

 

         ---¡Devolvámonos!

 

        Otros gritaban:

 

        --¡Sigamos!

 

         Mientras tanto, un largo número sólo temblaba en silencio.

 

             Y la fe contagiaba a la gente; las promesas a Dios y a los santos se oían en alta voz. Yo, que desde el principio había echado mano a un recipiente, continuaba, al igual que otros, dedicado a extraerle agua a la yola. A lo primero, me había agachado, pero, ahora, para no cansarme demasiado, estaba sentado entre el agua con los  pies estirados. Me inclinaba sólo cuando debía sacar agua más deprisa porque alguna ola fuerte nos inundara.

 

           Pedro, con rostro preocupado, iba atrás, al timón. Cerca de él, estaba Leo, cuyo semblante volvió a reflejar esa rara mezcla de serenidad y angustia que ponía frente al peligro. Yo estaba en el medio, extrayendo agua. Frank iba en la proa. Y Ana, Papín, La Fiera, y los demás hombres y las demás  mujeres iban muy cerca unos de otros. Quedaba, sin embargo, espacio para sacar agua. Cuando las olas levantaban la yola, podíamos aún ver la luz del faro de Cabo Engaño y gran parte de la costa. De repente, se paró el sonido del motor. Enseguida, Leo explicó:

 

        --Montaremos el motor de cuarenta; así avanzaremos con más rapidez.

 

           Seguíamos sacando agua incesantemente, pero ésta se metía con más prisa por cualquier lugar. En pocos instantes colocaron el nuevo motor e intentaron prenderlo; pero no arrancó. Papín estaba cerca de la proa y después de unos minutos pasó atrás a ayudar.  A poco rato dijo:

 

         --¡Este motor está muy mojado por dentro! Difícilmente prenderá.

 

           Yo continuaba sacando agua con gran angustia mientras permanecía atento a todo lo que pasaba. Casi había amanecido, pero el cielo estaba muy nublado. Después de media hora de revisar e intentar encender el motor, Leo dijo:

 

         ---Este motor debió haberse mojado cuando cruzamos el río. Continuemos con el motor pequeño. Ya no podemos devolvernos.

 

         El motor más grande fue entonces reemplazado por el anterior que con pocas complicaciones volvió a prender, permitiéndonos continuar la marcha.  Al cabo de un rato, Frank, con voz serena, preguntó a Leo:

 

         --¿Crees tú que ese motorcito de veinticinco resista el viaje?

 

        --¡Es nuevecito! Tardaremos mucho más en llegar, pero no tiene porque fallar

---afirmó el capitán, con gran convicción.

 

           El motor era nuevo; pero sólo habían planeado usarlo para alejarse de la costa dominicana y para aproximarse a Puerto Rico. Por ser más pequeño, hacía menos ruido, de suerte que con él se podía lograr una partida y un arribo silenciosos. Era dudoso, sin embargo, que el motorcito resistiera la dura prueba del viaje total. Por eso, los entendidos en mecánica siguieron ocupados en encender el motor más grande. Mientras tanto, unos doce continuábamos desaguando la yola y otros esperaban su turno para realizar este oficio. En esas condiciones continuábamos abriéndonos paso por el cada vez más agitado mar.

 

           Pasadas las siete de la mañana, las condiciones empeoraron. Sin que hubiera salido el sol, comenzó a caer una lluvia fría y  pertinaz. A causa de  ella, el nivel de las aguas subía dentro de la nave. Nos vimos obligados a persistir sacando agua y más agua.  Y poco a poco, la lluvia fue intensificándose; también aumentó la fuerza de la brisa y, con ella, la cantidad y la proporción de las olas. Se avanzaba poco, se extraía mucha agua y se oraba y se rezaba mucho. Algunos de  los viajantes no decían nada, otros se lamentaban y nunca faltó quien llorara ni quien vomitara.

 

            Las horas continuaron pasando mientras la lluvia caía rauda. Daba la impresión de que las olas se habían propuesto hacernos perecer.  Cada vez, con más agresividad, atacaban por babor y estribor. La yola era más vulnerable en los costados; allí el oleaje seguía golpeando con más fuerza y sin descanso.  Unas olas eran más grandes que otras. Desdichadamente, las nuevas olas superaban en altura a las que ya habían pasado.  Las que venían de frente eran muy altas pero no tan peligrosas como las laterales que metían más agua en la nave. Una de éstas causó el, hasta entonces, momento más precario. La ola avanzó contra la yola, la golpeó con violencia y también dio en los cuerpos de los viajantes. Fuimos balanceados de estribor para babor  y sólo por que reaccionamos aprisa para mantenerla equilibrada, la nave no sucumbió al impacto. Buena parte del agua pasó por debajo de la yola, elevándola a gran altura, mucha agua cayó adentro arropando los gritos y chillidos de la gente, que sustituyeron por un momento el sonido del motor, que  se detuvo tan pronto nos arropó la sábana de agua. Fueron segundos de pánico: gritos, chirridos,  cuerpos temblorosos, orines involuntarios, heces recién salidas y rostros despavoridos conformaban el espectáculo. 

 

         --¡Ay Dios mío! ¡Ay mi madre! --repetía una  mujer llorando.

 

           --San Sebastián, San Isidro, San Miguel, San Antonio, San Pedro...

 ---rezaba la más vieja.

 

         --¡Dios mío!, ¿Pero en qué nos hemos metido? --clamó un hombre.

 

          Mis ojos querían saltar, mi corazón corría desbocado. Miré a Leo para darme ánimo, pero vi que hasta los labios le temblaban. En tanto, algunas  mujeres yacían desmayadas y casi sumergidas en el agua y sus contaminantes.

 

            Cuando más cerca está la muerte, más se aprecia la vida. La mayoría logró dominarse y perseverar vaciando, con más vigor que antes, agua y más agua, que era ya un sancocho nauseabundo de vómito, hez y hogaza de pan.  Mientras tanto, la incesante lluvia, el viento bullicioso y las inquietas olas mostraban que Meteorología se había equivocado en su reporte de buen tiempo.

 

            Después de un cuarto de hora, cuando la gente hubo recuperado un poco, sólo un poco, la calma, algunos comenzaron a lidiar con el motorcito.  Tras casi una hora de mucho empeño lo encendieron nuevamente.  Aunque desde hacia gran rato ya no se veía tierra ni faro, habría que ver si Leo iba a hacer caso a lo que algunos tripulantes habían pedido a grito y que ahora volvían a repetir:

 

           ---¡El mar esta muy bravo!  ¡Volvamos a tierra!

 

           En cambio, Leo consideró los inconvenientes asociados con devolvernos a la playa la vez anterior y respondió  a la gente en tono suave, pero con la determinación de quien no va a acceder:

 

           ---Debemos proseguir.  Es de día y estamos muy lejos.  Regresar conlleva los mismos riesgos que continuar.

 

           Y entre altas y amenazadoras olas, continuamos nuestra travesía.  Mientras tanto, las horas transcurrían con lentitud espantosa.  Indefensos, veíamos las olas elevarse ante nosotros como montañas gigantescas que amenazaban con tragarnos sin misericordia.   Esperábamos cada nueva ola con gran expectativa.  Podría ser ella la que diera el último zarpazo a la embarcación.  Cada vez que una ola levantaba la yola, se oía al motorcito resonar en seco porque sus hélices giraban en el aire y no dentro del agua.   Cuando la yola caía, se producía un sonido terrible seguido por el violento hamaqueo de la nave que hacia crujir los clavos y la madera y nos mantenía advertido de que en cualquier momento ocurriría el destroce total.