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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

18. Prefería la muerte a ser deportado
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1: Al encuentro de otros Viajantes
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8. El tortuoso camino a Punta Cana
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14. Arribo a playa puertorriqueña
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16. El triste destino de Papín
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18. Prefería la muerte a ser deportado
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     El día en que por fin intentaría mi viaje a Chicago llegó: sábado 26 de abril, ansioso, me levanté muy temprano. Mi tío y su esposa se marcharon a trabajar, a su regreso, por la tarde, me llevarían al aeropuerto. Quedé  solo en la casa batallando con mis angustias. Pensé que me sentaría mejor morirme que volver deportado a Santo Domingo. Consideré que todo lo que había logrado en mi vida hasta ese momento no valía la pena sino llegaba al Norte.  Imaginé lo mismo que me había estado perturbando el sueño cada noche: estaba de vuelta en Santo Domingo sin  trabajo y sin recurso alguno, pasando hambre y estrechez, y de nuevo ante los odiados pleitos de mamá.

 

     Mis pensamientos optimistas se hacían desabridos al batirse con los derrotistas. Mi mente era el campo enmarañado de una batalla jamás antes librada. Las horas, al pasar, me arrancaban esperanzas, recuerdos y sinsabores. "Lo lograré, pensaba, cruzaré ese aeropuerto. Yo soy fuerte y entiendo el problema. A cualquier cosa le haré frente y saldré victorioso. Yo merezco cruzar ese aeropuerto después de tanto sufrimiento que soporté para llegar hasta aquí. Además vivo en casa ajena. Mi tío me quiere, pero de todas formas estoy arrimado... ¡cóntrale, si me fuera bien y pasara! Ayer mostraron en la televisión a un grupo de treinta dominicanos indocumentados que repatriaron. Si me detienen, me llevarán esposado igual que a ellos. Me meterán a la cárcel y tendría mi hermano Gilberto que darse prisa y llevar dinero para arreglárselas con la policía para que yo salga libre el mismo día. ¿Y si mi hermano no apareciera a tiempo, o si no apareciera el dinero?  El dinero, cómo fastidia la vida el no tenerlo en un país donde impera la corrupción y hay que dejarse estafar para  salir de la cárcel, para sacar una licencia de conducir, aunque uno sepa manejar, para obtener una acta de nacimiento o un pasaporte o hasta para conseguir una cédula de identificación personal. Si uno no está dispuesto a dejarse timar, halla mil trabas para todo.  Luis,  al verme llegar,  se reirá. Yo lo haré callar. Me ruborizará un poco que todo el que supo que llegué hasta aquí me vea allá de nuevo. Pero tendré que acostumbrarme a todo eso. Además ha sido interesante conocer Puerto Rico. Podré hablar de esta isla hermosa; otros jamás han llegado hasta aquí... ¡pero no! ¿De qué me valdría haber venido? No puedo permitir que me pase lo peor. Nada puede ser peor que volver a Santo Domingo deportado.  Amo mi país, pero odio continuar siendo uno de sus siete millones de personas que ya están medio acostumbradas a que no haya luz ni agua, a que las calles no sirvan, a que en los hospitales no aparezca ni hilo para coserle las heridas a un paciente... debo ver el prado desde el otro lado. Tengo que ganar dólares, viajar, comprar libros, escuchar a la gente hablar inglés. Chicago debe ser una ciudad hermosa. La nieve blanca yo nunca he palpado. Si vuelvo derrotado a Santo Domingo tendré mucha lástima de mí. Si me apresan en el aeropuerto, debería morirme ahí mismo."

 

     Más tarde, mis pensamientos más optimistas ganaban la batalla. Fortalecido con ellos, sentía gran paz. Cuando llegamos al aeropuerto Luis Muñoz Marín, en Isla Verde, Puerto rico, yo tenía una serenidad que me dejaba atónito. Pero no quería meditar sobre ella. Temía que desapareciera en los trascendentales momentos en que por fin intentaría irme a los Estados Unidos. Mi tío me llevó al aeropuerto acompañado de Nereida y de Yhajaira. Nereida, por nerviosismo, prefirió esperar en el carro. Mi tío, cargando a su hija de dos años, fue conmigo hasta donde debía chequear mi boleto. Cuando yo estaba en la fila, mi tío se colocó a un lado. Estaba seguro de que él sentía más angustia que yo. Lo noté porque apretaba fuertemente a Yhajaira mientras con gestos impacientes miraba en todas direcciones. En el mostrador, entregué mi boleto. Una joven me atendió. Preguntó:

 

     --¿Y su equipaje, dónde está?

 

     --Sólo traigo esta mochila y quiero llevarla conmigo.

 

     --Está bien. Vaya a aquella salida principal allá adelante. Busque la puerta    A-35. Debe apresurarse; su vuelo está al despegar.

 

     Para no contagiarme del nerviosismo, me aproximé a la salida indicada sin echar otra mirada a mi tío. Hallé unos diez viajeros antes de mí. Cada uno depositaba su equipaje de mano en la banda giratoria, pasaba a través del detector de metales y al otro lado recogía su equipaje, y continuaba. En la fila, eché un vistazo discreto al pasillo que había después  de los dispositivos de seguridad. A doce metros de ellos, había un hombre que sin duda, trabajaba para el departamento de inmigración.  Miraba con atención a los viajantes. Yo todavía estaba calmado, pues me había autosugestionado con pensamientos positivos. Ellos me llevaron a creer que ni siquiera me iban a detener para hacerme ninguna pregunta. Pero dudé de ello cuando vi que el hombre de inmigración, después de detener a un viajero joven, también atajó a una mujer de unos cincuenta años.  Ambos debieron mostrar sus documentos.  En pocos instantes, sólo quedaba ante mí una familia norteamericana de cuatro miembros. Deduje su nacionalidad por el color rubio de su piel, los cabellos amarillos dorado y el idioma en que hablaban. Cuando pasaron, el hombre no los detuvo. Apenas hizo gestos de saludos.  Yo era el próximo en cruzar.  Había pasado el detector de metales y esperaba por mi mochila. Volví a mirar al hombre y vi que tenía la vista fija en mí. Tomé mi  equipaje y me dispuse a pasar por el lado de aquel hombre. Pero él se atravesó en medio como perro que impide el paso. Debió estar seguro de que yo era dominicano.

 

     Yo, que había salido de la casa de mi tío con la convicción de que todo me iba a salir bien, seguro de que llegaría a los Estados Unidos y que, con mi trabajo honrado, me abriría camino, días antes había asegurado a mi tío:

 

     "Yo llegaré a Chicago. Trabajaré, estudiaré, legalizaré mi estatus migratorio y volveré aquí para seguir conociendo con más tranquilidad esta  "Isla del Encanto".  También regresaré a Santo Domingo de donde no hubiera salido si al menos hubiera habido la esperanza de una vida mejor."

 

     Mi futuro estaba en juego en esos segundos. Ser un hombre alto, moreno y de pelo negro eran factores que medio delataban mi nacionalidad. Yo sabía ésto. Pero no perdí la calma. Me había estaba repitiendo con determinación:

 

     "Yo pasaré este aeropuerto, aunque sea a fuerza de gritos o sugestión; yo pasaré; soy ciudadano norteamericano y nadie tiene derecho a detenerme."

 

     El oficial de inmigración que no había usado la misma presteza con las dos personas interceptadas que me precedieron, rápidamente se plantó frente a mí, ansioso. Me detuve y él, para escuchar mi voz y confirmar su intuición, dijo con una sonrisa:

 

      ¡Buenas tardes, señor! ¿Cuál es su nacionalidad?

 

      Dejé escapar unos segundos antes de contestar. Me mostraré sorprendido y turbado y, fingiendo no haberle comprendido, con una sonrisa y con rostro de incógnita, alcé la voz y en mi mejor inglés le dije:

 

     ---Good afternoon sir! Anything wrong?

      (¡Buenas tardes señor! ¿Algún problema?)

 

      --Nothing wrong, sir! Have a nice trip!

      (¡Ningún problema, señor! ¡Que tenga buen viaje!)

 

     Me alejé del hombre aquel que continuó bregando con quienes venían detrás de mí. Yo no miré atrás. Apresuré el paso hasta alcanzar a la familia norteamericana. Con ellos me informé donde estaba mi avión.

 

     Poco después de que yo entré, cerraron la puerta del avión. Era una nave grande y estaba casi llena. Tomé mi asiento. "Lo logré, eufórico pensé, ya estoy aquí, soy sólo uno más entre todas estas gentes. De aquí ya nadie me va a sacar... lo logré."  En pocos instantes, el avión se movía buscando la pista de despegue. Minutos después, alzó el vuelo. Mi primer vuelo en avión. ¡Cuanto gozo empapaba mi regocijado ser! Mi alegría era inmensa. Había comenzado tan pronto como aquel hombre me dejó pasar, aumentó cuando ocupé mi asiento en la nave y se incrementó cuando, después de anunciar la partida, el avión inició su vuelo majestuoso.

 

     En el aire, no pude contener mi inmensa felicidad. La ventanilla fue testigo de mis abundantes lágrimas. Me embargaban unas ganas inmensas de ponerme de pie y gritar cuan contento estaba. Pero no...  No dije nada. Ordené una cerveza, otra y otra. Celebré yo solo el triunfo que me acercaba a un mundo nuevo, maravilloso y amplio. Ilusionado pensaba: "Llegaré a los Estados Unidos, al Norte, lo que desde niño soñé, la razón por la cual estudié inglés. Llegaré por fin a los Estados Unidos."

 

     Desde mi asiento, a través de la ventanilla, veía las blancas nubes sobre las que volábamos que parecían suspendidas e inmóviles sobre el océano de un azul intenso. A mi lado una pareja norteamericana, que iba a Chicago, me dio detalles de esa ciudad.

 

     Hicimos escala por una hora en Atlanta, Georgia. Yo aguardé todo el tiempo en la nave. Temía encontrarme con problemas fuera. El avión se elevó nuevamente. Horas después estaría en el aeropuerto O'Hare de Chicago. Allí debería estar esperándome Carlos, mi querido y viejo amigo. A las ocho y treinta de la noche el avión sobrevolaba el centro de la ciudad de Chicago. El cielo despejado permitía ver el cementerio de luces coloridas y de colosales edificios que se desplegaban abajo, en la gran planicie.  Estaba maravillado.

 

     Salí de la aeronave tonto de contento.  Me embelesaba la modernización que notaba a cada paso en los letreros computarizados, los quioscos bien diseñados y bien dispuestos, las escaleras eléctricas, el alto techo...  Me impresionó la amplitud del lugar con su infinidad de pasillos llenos de gente que venía e iba hablando en inglés con toda naturalidad. Pero no podía hallar a mi amigo. A veinte minutos después del arribo, todavía seguía sin encontrarlo y me empezaba a desesperar. Me acerqué a un teléfono público y, a diferencia de lo que sucedía en Santo Domingo y en Puerto Rico, diez centavos no fueron suficientes para llamar. Una grabación dijo y repitió en pausado inglés:

 

    "Deposité veinticinco centavos, por favor."

 

     Me pareció muy caro.  Pero no perdí mi dinero ya que nadie contestó el teléfono. Continué buscando y sin alejarme del área correspondiente a la línea aérea en que había llegado.  Seguí telefoneando a casa de Carlos de rato en rato. En una de las ocasiones en que usé el teléfono, se acercó  a mí algo vacilante un joven de aspecto amable y me habló en español:

 

     --¿Tú eres Raúl? --pregunto tímidamente.

 

     ¡Sí! ¡Yo soy! --respondí emocionado.

 

      --Soy Ángel, amigo de Carlos.  El y yo te hemos estado esperando abajo.

 

     --¿Abajo?

 

     --Sí. Abajo; donde la gente recoge sus maletas.

 

     --Yo sólo traigo esta mochila.

 

     Bajamos y, entre la gente que esperaba o buscaba sus equipajes, encontramos a Carlos. El saludo fue un abrazo muy fuerte con tanto sentimiento que las lágrimas acudieron a nuestros ojos. Empapados de regocijo, tomamos el carro de mi amigo y en veinte minutos llegamos a su apartamento en la Avenida Wabansia, a diez minutos del centro de la ciudad.

 

     Poco después de que llegamos, Ángel se marchó. Entonces Carlos y yo comenzamos a hablar de mi travesía. Le referí todo lo acaecido desde mi salida de Santo Domingo hasta mi arribo a Chicago. Le continué contando sobre ello mientras él me mostraba cada rincón del apartamento. En la sala, el componente musical me pareció extraordinario, con todas sus partes  separadas y distribuidas en el estante que simulaba caoba, donde también estaba el televisor de catorce pulgadas, a control remoto. El teléfono se hallaba en una mesita lateral. El baño, el comedor, todo me agradó. Cuando pasábamos del comedor a la cocina, Carlos dijo:

 

     --Partí para el aeropuerto poco después de salir del trabajo y no tuve tiempo para cocinar, pero cocinaré en un momento. Debes tener hambre.

 

      Entonces, abrió la nevera y preguntó:

 

     --¿Qué te gustaría comer?

 

     Me acerqué y miré los alimentos. Los contemplé por unos instantes sin contestar.  Me impresionaba ver lo bien surtida que estaba la nevera con pollos enteros, carne de res, queso, chuletas, manzanas, uvas, leche, jugo de naranja, de piña  y de manzana, además de muchas otras cosas que, sin dudas, se comían pero que yo no conocía.  Mi amigo pensó que yo deliberaba sobre lo que quería comer. Finalmente cocinó un pollo entero, arroz y habichuela. Me sirvió dos pedazos que eran exactamente la mitad del pollo. Se veía suntuoso. Comí hasta no querer más. Y pensé en Santo Domingo, en mi familia, en los vecinos:  "cuanta gente con hambre en esos barrios, donde nunca se come de este modo; donde nada sobra y pocas veces llega uno a decidir que no quiere comer más y  siempre hay alguien dispuesto  a comerse lo que el otro no se pudo comer y este quisiera guardarlo para más tarde, para cuando vuelva a tener hambre".  Pensando en estas cosas, dije a mi amigo:

 

     ---La vida aquí parece ser muy distinta a la de los barrios de nuestro país. Si se tiene qué comer, el hambre no parece gran cosa.  Sólo el hambriento conoce los estragos del hambre. De los tantos males nuestros, el que la gente pase hambre es el peor.

 

     --Yo sufrí todas esas cosas más que tú. En tu casa había una fritura.  Al menos tenían comida.  Pero tú sabes que en casa todo lo que ingresaba era lo poco que yo conseguía cosiendo en la sastrería de don Nélsido.

 

     Riendo protesté:

 

     --Acuérdate, que mi mamá siempre ha tenido las provisiones de la fritura cerrada con candado.  Si hubiera dejado esos alimentos donde los hijos les echáramos mano, el negocito hubiera quebrado a los tres días.

 

     Mi amigo y yo hablamos regocijadamente hasta avanzada la noche. Amaneció al domingo, y, como era su día libre, lo aprovechó para mostrarme la ciudad y también me llevó al Hospital del Condado de Cook para que comenzara inmediatamente a tratar mis dolencias estomacales.

 

     Pasaron los primeros días y todavía no me acostumbraba del todo a la idea de estar en Chicago. No lo creía del todo aunque oía este nombre en las estaciones de radio y de televisión. Lo veía en cualquier letrero. La ciudad se me mostraba con sus casas y edificios antiguos y modernos, sus calles llenas de luces y los árboles pelados por el pasado otoño y por el invierno frió. Me quedaba solo en casa mientras mi amigo se iba a trabajar.  Me sentía dichoso por haber completado mi odisea y por haber encontrado a tan especial amigo que contestaba todas mis inquietudes sobre Chicago y continuaba dándome detalles interesantes. Cuando íbamos al centro de la ciudad, debía notarse que yo era recién llegado. Me sorprendían los grandes y suntuosos edificios, entre ellos el Sears Tower, de ciento diez pisos, era el edificio más alto del mundo.  Me maravillaba el Lago Míchigan. Las aguas azules de ese lago traían a mi mente cosas que quería olvidar. Deseaba tan sólo disfrutar  la vista de sus aguas tranquilas y de los cientos de yates y botes veleros. Cosas semejantes y otras tantas, menos gratas, a las que luego me tuve que enfrentar, me fueron convenciendo, poco a poco, de que estaba por fin en Chicago, en el Norte