Make your own free website on Tripod.com

La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

15. Llegada a San Juan
Home
SOBRE OBRA Y AUTOR
En Honor y Dedicación
1: Al encuentro de otros Viajantes
2 El traslado a El Macao
3. Demasiado Gente para una Yola
4. El Retorno Derrotado
5. Sin trabajo sin dinero y acosado
6. Mis conpañeros para la adversidad
7. Papín: "la desgracia de irse en yola"
8. El tortuoso camino a Punta Cana
9: Las primeras horas de terror
10: Agotamiento e inseguridad
11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
18. Prefería la muerte a ser deportado
. RECONOCIMIENTO
Los Lectores Comentan La Travesía en Yola
Francisco Comarazamy del Listin Diario Comenta sobre La Travesia en yola
Los Periódicos Reportan sobre los viajes ilegales
Raul Martinez Rosario at Cunnecticut College
Sobre Migracion Haitiana a RD
Corrupción Política en Dominicana
Policia mata a delincuentes y a no delincuentes
Diferencia entre los dos partidos dominicanos mayoritario
Enlaces Interesantes

  

     Y, a  las cinco de la tarde Leo llegó al bosque con la gran noticia de que ya disponíamos de transporte. Con gran júbilo seguimos al capitán que contento y algo repuesto del viaje  no dijo:

 

   ---Vengan por aquí.

 

    A diez minutos de caminar hallamos una camioneta con capota trasera y un minibús que esperaban al comienzo de la carreterita de caliche a donde horas antes yo había llegado en busca de agua.   Antes de que abordáramos, recolectaron el dinero del pasaje.  Algunos viajantes nos comprometimos a pagar una parte o el total del precio del transporte al llegar a nuestro destino.  Según pagaban, los viajantes se iban metiendo en los dos vehículos.  Yo les di quince dólares que era todo el dinero que me quedaba.  Leo garantizó que yo pagaría el resto al llegar a Santurce.  Entré en la camioneta junto a muchos otros.  A los pocos minutos de iniciada la marcha, nos metimos a una carretera principal.  Al principio, hice gran esfuerzo para, a través de los cristales ahumados, mirar el panorama de pocas viviendas, árboles bajos de exuberante verdor y una que otra instalaciones industriales.  El paisaje exótico nos confirmaba que estábamos en tierra extranjera, en Puerto Rico, por lo que nos sentíamos muy emocionados.

 

---Señores, yo tengo el cuerpo desbaratado y con esta incomodidad en que vamos aquí atrás, de aquí a que lleguemos no me quedará un hueso entero.  

---se quejaba una muchacha.

 

---Lo importante es que llegamos vivos y que ya salimos de ese maldito monte ---atajó un viajante.

 

    ---Si nos detienen por el camino, van a saber de donde venimos ---dijo otro al tiempo que aludía a la forma tan deteriorada en que lucíamos y a la sal reseca en nuestros cuerpos.  Todos estuvimos de acuerdo con él y, en ese sentido La Fiera me señaló y dijo:

 

---A ese tienen que ponerle suero y ponerlo a comer como a caballo que se suelta en la sabana para que no se acabe de morir.

 

     Muchos rieron.  Yo, en cambio, no hallé gracia alguna a lo que dijo.  Sin embargo, La Fiera debía tener razón; yo me sentía más muerto que vivo.  Llegué incluso a alucinar, poseído de  cierta  extraña complacencia, que era un caballo al que soltaban en un prado muy verde servido con una laguna de agua dulce y fresca en medio y que tenía la libertad de comer, comer y comer y de beber agua, mucha agua.

 

     ---Señores,  a trabajar fuerte ahora  ---recomendó la más vieja--- para que hayan valido la pena todos los trabajos que pasamos para llegar aquí.  Ayudemos a nuestras familias para que no tengan que hacer un viaje semejante.

 

   Uno que había sido repatriado dijo entonces:

 

---Que nadie se llame a engaño, vamos a seguir jodidos.  Dispongámonos ahora a lavar sanitarios, a limpiar pisos y a hacer cualquier mierda que aparezca aunque nunca la hiciéramos en nuestro país.  De ahora en adelante, será cosa de sobrevivir, de mejorar nuestra situación trabajando en lo que aparezca, pero que sea  honrado...

 

   La Fiera entonces proclamó:

 

    ---Señores, esos de seguir jodido no va conmigo.  Este que está aquí va pa' Nueva York a bregar fuerte, a buscarme los dólares como sea.  Conseguiré muchos dólares auque tenga que descojonar a unos cuantos.

 

---A ti han de traerte en un ataúd,  peinado y empolvado ---anunció una compañera.

 

   La Fiera sonrió  y murmuró:

 

    ---¡Lo dudo mi hermana, lo dudo!

 

     Llegamos a Ponce y  nos separamos de los primeros tres compañeros, que nos desearon suerte al quedarse en casa de unos amigos.  Retomamos de inmediato la imponente autopista y tres horas más tarde, a las ocho de la noche, entrábamos a San Juan, poblado de luces y con calles abarrotadas de vehículos.  Yo me sentía impresionado, contento y asustado a la vez.  El chofer comenzó a distribuir a los viajantes a domicilio por los distintos barrios de Santurce.  Leo fue por su lado repartiendo a los que traía consigo en el minibús.  Yo no lo volvería a ver más.

 

     En Barrio obrero se desmontó la mayor parte de los viajantes.  Ese también  era mi destino.  Pero después de muchas vueltas no llegábamos a la casa de mi tío.  Desesperado le reclamé al chofer que me llevara.  Se desmontó en una esquina y preguntó por la dirección, pero nadie supo decirle en donde estaba la calle.  Al volver me dijo:

 

    ---Tú  debes estar confundido; yo soy de este barrio y nunca he oído mencionar la tal avenida J.  Pero llevaré a la gente de Río Piedras primero y después buscaremos tu dirección con más calma.

 

---Mejor llama por teléfono y así sabrás donde está el lugar ---insistí, sintiéndome morir de agotamiento, hambre y sed.  Le di el número de teléfono que sabía de memoria y después de telefonear, me dijo:

 

    ---Ya sé donde es.  Es una callecita cortita y hace rato que pasamos cerca de ella.  De todas formas llegaremos primero a Río Piedras y al regresar te dejaré en la Avenida J.

 

     En  Río Piedras, distribuyó al resto de  los viajantes exceptuando a Papín y a mí.  Papín aún estaba en el vehículo porque tenia un problema del que se había dado cuenta en el bosque cuando, habiendo rebuscado sus bolsillos, sólo halló los restos destrozados e ilegibles del papel en que había anotado la dirección a la cual se dirigía.  A media tarde, me había dicho:

 

     ---Al parecer, llegaremos de noche a Santurce y yo necesitaré un gran favor:  precisaré que su tío me deje pasar la noche en su casa.  Debo averiguar la dirección del taller de mecánica; pero si llegamos de noche asumo que estará cerrado.

 

     El chofer llegó finalmente al lugar done yo me quedaba, una calle corta y tranquila.  Y, en el pórtico de una casa blanca de madera, vi la figura atlética de mi tío Manuel que espiaba la calle.  Me desmonté y apenas podía mantenerme en pie sin desmayarme.  Oía murmullos como de abejas que zumbaban, estaba atontado, como borracho.  Mi tío abrió una portezuela de alambre que daba a la calle y cuando salió fui a su encuentro buscando sus brazos como niño que aprende a caminar y que aviva el paso para prenderse de algo y no caer.

 

     ---¡Santo Dios!  Si estás casi muerto, sobrino.

 

     ---No quiera usted saber lo que hemos pasado  --dije sin aliento y aun agarrado a él.  Mientras tanto, el chofer impaciente esperaba que Papín se desmontara y que le pagaran su dinero.  Debía apresurarme y dije:

 

    ---Tío, perdone, pero traigo dos problemas que hay que resolver: he quedado debiendo treinta cinco dólares al chofer por el viaje desde Cabo Rojo.

 

    ---¿Y cuanto te cobró? interrumpió tío.

 

    ---Cincuenta dólares en total.

 

     ---¡Es un robo! De haber tenido la información, te hubiera ido a buscar yo mismo.

 

 

     Se acercó entonces al chofer y después de regatear insistentemente, le pidió que esperara.  Papín entonces aprovechó y me susurró:

 

     ---¡Raúl, hable a su tío!  Es tan sólo por esta noche.  Prendido a la camioneta, Papín parecía un huérfano náufrago y hambriento.  Su camisa descolorida, su cabello despeinado, la creciente barba y el tono triste y asustado de su mirada acentuaban esa apariencia.  Entonces, aunque exhausto fui detrás de mi tío que había entrado a la casa a buscar el dinero.  De pie en la sala, en pocas palabras, le explique el otro problema.  Volvió a salir a la calle y desde el pórtico con la mirada perseguí a tío, que dio el dinero al chofer y trajo a Papín consigo.  Entramos a la sala y me dejé caer sobre uno de los sillones y Papín enseguida se sentó en otro.  Mi tío en tanto se metió a la cocina.  Dijo:

 

     ---Si hubiera sabido que ese viaje iba a ser así, por nada del mundo hubiera dejado que te metieras en él, sobrino.

 

    --¡Cristiano usted no sabe nada!  ---Atajó Papín, que parecía un monigote de trapo echado en el sofá.

 

     En poco tiempo mi tío retornó a la mesa con una gran sopera en que trajo manzanas, uvas y naranjas recién lavadas. Al poner las frutas sobre la mesa dijo:

 

     ---¡Cocinaré ahora mismo, mientras tanto vayan comiendo!

 

     Desesperado y nervioso empecé a morder una manzana.  Papín hizo lo mismo.  Yo dije:

 

     ---Tío, tráiganos agua también.

 

    Entonces trajo a la mesa dos vasos y un jarrón lleno de agua fría, y regresó a la cocina.  Le pregunte:

 

     ---¿Y Nereida?

 

      Él explicó:

 

     ---Se encerró en su habitación.  Disculpa, es que se ha puesto muy nerviosa con la situación.

 

     ---Pero ¿está bien, verdad?

 

     ---Sí. Sólo muy nerviosa desde que recibimos la llamada sobre tu llegada.

 

    Mi tío dejó el caldero en la estufa y entró a una de las dos habitaciones y me trajo ropa de la que yo había enviado desde Santo Domingo y además le extendió algo de vestir a mi compañero.  Y apuntando una puerta dijo:

 

 

     ---Ahí está el baño por si quieren aprovechar en lo que está la comida.

 

    Dejé a mi tío y a Papín conversando y me encerré en el cuarto de baño.  Miré mi rostro al espejo y descubrí que la piel de la cara se descascaraba y que, como la del resto del cuerpo, estaba extra reseca y maltratada por las ramas y los insectos.  Observé entonces mis ojos enclavados en dos cuevas y mis mandíbulas chupadas como si yo no tuviera dientes, y me acordé entonces de las burlas que algunos me hicieron en el camino.  Mi cabello parecía un montón de paja, mi barba creciente y el olor de mis axilas indicaban descuido, olvido, enfermedad.

 

   "Parezco un tísico, pensé, un esqueleto andante arropado en pellejo.  Además este estómago no deja de fastidiarme y este pie.... debo hacerme curar."

 

Me bañé y me vestí.  El pantalón, por supuesto, me quedó ancho y para que me apretara, junté con una tira los dos breteles del frente.  Después tuve que hacerle un hoyo adicional a mi correa de cuero de res.  Al salir, Papín entonces entró a  asearse en tanto yo le mostré el pie lastimado a mi tío que desinfecto el área afectada y, con unas pinzas y unas agujas extrajo las abundantes púas de erizo que tenía encarnadas.  En cuanto cenamos, mi tío nos indicó la habitación en que mi compañero y yo dormiríamos.

 

     ---Deben descansar ---dijo tíomañana me cuentan los detalles del viaje.

 

 

    Entramos al cuarto en que había una sola cama estrecha, un gran armario de madera sobre el cual descubrí una mochila de buen tamaño que yo había enviado con ropa y libros desde Santo Domingo.  Vi  un viejo abanico con polvo y tela de araña enredado  en las hélices y la cuna de Yhajaira, la hija de mi tío y de Nereida, cuyo nombre es el mismo del de la hija de Papín. 

 

   ---Esta es la habitación de Yhajaira ---dijo mi tío casi no la usa.  Se pasa los fines de semanas con nosotros y no quiere dormir sola en este cuarto.

 

     ---¿Y donde está la niña ahora?  ---pregunté

 

    ---La mamá de Nereida la cuida de lunes a sábado. Pues con el trabajo y los estudios nosotros...

 

     A las diez de la noche nos acostamos.  Por primera vez en varios días dormí, aunque desperté varias veces sobresaltado por pesadillas en las que volvía a verme en grandes aprietos en las aguas del  Mar Caribe.   A las seis de la mañana, mi tío nos despertó:

 

      ---¿Cómo se sienten esos héroes?  ---casi gritó

 

     ---Mejor que ayer respondí.  Él me preguntó:

 

    ---¿Y tu pie?

 

     ---Parece menos  hinchado, pero me duele más que ayer.

 

     Mi amigo y yo nos habíamos incorporado aunque mi tío insistió en que sólo se levantara uno a poner el petillo a la puerta del frente.  En la  sala, vi por fin a Nereida, lista para marcharse.  Me abrazó y me dio un beso en la mejilla.  Sonrió tímidamente y en igual forma me dijo:

 

     ---¡Te estás muriendo!

 

    Se desprendieron entonces unas lagrimas de sus ojos, no supe si por nervios o por la lástima que debió sentir al ver lo maltratado y flaco que yo estaba.   Hablamos poco.  Mi tío, en tanto llevó a Papín a la cocina  y le mostró las provisiones y los condimentos ya que había dicho que sabía cocinar.  Cuando la pareja se encaminó al garaje, mi amigo y yo la acompañamos para despedirla.  Nereida entonces dijo:

 

     ---Regresaremos tempranos.  Los sábados no tenemos clases.

 

     ---Cuando yo regrese arreglamos tu asunto ---prometió mi tío a Papín mientras el carro dejaba el garaje.

 

     Mi compañero y yo entramos nuevamente a la casa y volvimos a acostarnos.  Dormí hasta que él me despertó:

 

    ---¡Ya cociné, Raúl!  ¡Venga para que coma!

 

    ---¿Qué hora es?

 

     ---Son las onces.  Usted durmió bien.

 

      Me levanté y hallé sobre la mesa un banquete de arroz habichuela y chuletas de cerdo guisadas.  Después que comimos, Papín volvió a acostarse; yo en cambio me asomé al pórtico a contemplar la calle.  Un aire manso y fresco movía los árboles.  Yo sentía una paz inmensa y hasta me envolvía la sensación de haber obtenido la más grande de las victorias.  Cuando entré nuevamente a la casa, saqué a la sala mi mochila y revisé mis libros y mis cuadernos y, en uno de ellos, hice la anotación siguiente:

 

 

   "Sábado ocho de febrero de 1986.  Estoy en Puerto Rico.  Queda a noventa millas de la República Dominicana; pero las que anduvimos hasta aquí me parecieron novecientas.  Estoy contento ahora; sin embargo me pregunto:  ¿Qué pasará con mi vida de ahora en adelante? ¿ Cuándo podré continuar mi soñado viaje hacia los Estados Unidos."