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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

14. Arribo a playa puertorriqueña
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14. Arribo a playa puertorriqueña
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     A las ocho de la noche, cinco horas después de llegar a Desecheo, la yola fue puesta en el agua nuevamente. El mar tenía entonces una serenidad irónica.  Por otra parte, los tarugos de tela con que reparé la yola  limitaron la cantidad de agua que le penetraba por debajo y por los lados. El mar no era ya nuestro gran peligro.  Ahora, debíamos  llegar a tierra sin ser vistos por los guardacostas o por alguien que, desde terreno firme, al vernos, diera la voz de alarma. Esa era la expectativa; ese era el temor.  Pero las alegrantes y cada vez más cercanas luces de la isla nos hacían confiar que todo iba viento en popa.

 

     Para hacer menos ruido, tornamos a la velocidad mínima del pequeño motor. Había gran alegría, gran tensión y un grado extremo de alerta.  Pedro iba al timón; Leo le daba algunas instrucciones.  Pedro debía dejar Mayagüez a la izquierda y continuar navegando al suroeste, hacia Cabo rojo. Esa área menos habitada era el destino final de nuestra yola. Sólo las luces rotatorias de un barco se distinguían en esa dirección. Pero estaba muy distante, no representaba peligro.

 

     ---¡Por fin vamos a llegar! --comentó una de las mujeres.

 

     --¡Ya esto es Puerto Rico! --dijo Ana, que había dicho poco en el transcurso del viaje, pero que, al igual que otros, volvió ahora a hacer notar su presencia. La muchacha sugirió:

 

     --Señores, todavía no sabemos con exactitud cuanto somos. ¡Contémonos!

 

     Y comenzamos a contarnos y después de algunos recuentos, estuvimos de acuerdo en que, incluyendo a los tres organizadores, éramos exactamente sesenta y siete personas: veintiocho mujeres y treinta y nueve hombres.  Después de la cuenta, Ana proclamó:

 

     --A quienes logran venir a Puerto Rico con las dificultades y los riesgos con que lo hemos hecho nosotros deberían recibirlos con medallas de honor y darles todo lo que necesiten.

 

     Reímos. Y el que decía ser abogado, un hombre de unos treinta años, aprobando las palabras de Ana añadió:

 

     --¡Así debería ser! Y sin olvidarse de entregar certificados honoríficos que acrediten a muchos de los viajantes como: "Sacadores de Agua Profesionales."

 

     Después de más de cinco horas de lenta navegación, el mar continuaba sereno y la tierra se acercaba. Muchos comenzaron a hablar de sus planes. Un hombre le reiteró a un jovenzuelo:

 

     --¡Ramoncito, cuando lleguemos, no te despegues de mí y para donde yo coja tú vas!.

 

    Al oír tal cosa, Leo aprovechó para recalcar:

 

     --Recuerden, ¡que nadie se separe del grupo!   Debemos mantenernos juntos hasta el final. Este no es un viaje en que al llegar a tierra todo el mundo coge por su lado.

 

     Contadas viviendas se distinguían en la orilla, pero no se percibía movimiento de gente. Más al sur, se veían arbustos amontonados que se disputaban el terreno. De entre esos árboles, sobresalían, por su altura, los cocoteros. Según nos  acercábamos veíamos mejor el lugar y nuestra gran  convicción de que el peligro había pasado siguió vigente hasta que un compañero dio la voz de alarma:

 

     --¡Miren allá! --dijo con asustada voz.

 

     Entonces pudimos ver la figura de un hombre que, subido sobre un muro acantilado, nos había descubierto. Pedro inclinó levemente la embarcación hacia el sur. Pero aquel tipo se apeó y comenzó a correr por la orilla en dirección a la yola. Después se detuvo y, alzando las manos, comenzó a hacer señas como las que hacen los empleados de tráfico aéreo. Entonces los organizadores supieron que se trataba de alguien conocido y que no había razón para temer.

 

     Nos enrumbábamos para atracar a la orilla de un lugar arenoso y rocoso justamente en la margen norte donde un río entregaba sus aguas al mar.  Cuando estuvimos muy cerca de la orilla, la yola se detuvo y comenzamos a desmontarnos. El agua nos daba en la cintura. Yo tenía el pie sumamente adolorido e hinchado y no percibía mis adormecidas nalgas. Sentía todo mi cuerpo débil, desmadejado y acalambrado.  Frank y Pedro ayudaron a algunas mujeres a llegar hasta la orilla. Dos hombres sacaron de la yola a una mujer muy flaca, que parecía estar muerta.

 

     --¿Está muerta? --les pregunté.

 

     --¡No! Pero casi lo está. Se hartó de agua y de mierda rodando en la embarcación.

 

     --¡Hundan esa maldita yola! --ordenó Leo--, no sea que por ella nos descubran; además, yo no vuelvo a viajar en ella.

 

     Cuatro compañeros la ladearon  y al penetrarla el agua se hundió  fácilmente. En esos instantes, llegó el hombre que nos había estado haciendo señas desde tierra. Era un joven puertorriqueño de rasgos indígenas.

 

     --¡Qué suerte que llegaron! --nos felicitó--. Lo único malo es que los tipos que desde anteayer los estaban esperando con transporte se cansaron de esperar y se fueron anoche.  Creyeron que ustedes se habían ahogado por ahí.  Ellos esperaron dos días y anoche arrancaron y se fueron por ahí pa' bajo.

 

     Antes de mostrarnos el camino, el joven metió los motores y los tanques entre los arbustos.  Y cuando finalmente, tornamos nuestra espalda al mar, nos internamos en un camino poco transitado bordeado de maleza.  Frank y el joven boricua tomaron la delantera seguidos por el grupo que se adentraba viendo aumentar el espesor y la altura de la vegetación compuesta mayormente por arbustos, manglares y cocoteros.  Se formaba un lodazal al paso de tantos pies.  Muchos caían por la debilidad y a causa del camino resbaloso. Yo había sacada mi pequeña mochila de la yola, y, aunque en ella no traía gran cosa, me pesaba mucho y la ropa puesta me picaba en la piel y me causaba frío. Decidí que sólo iba a cargar los tenis y arrojé la mochila entre los matorrales, a un lado del camino.

 

     --Ya estoy en Puerto Rico --pensé--. Aquí la ropa es barata y, si trabajo, voy a ganar muchísimos dólares.

 

     Mi cuerpo desmadejado, a menudo, debía avivar el paso y agarrarse de cualquier arbusto para no caer. La ropa mojada aumentaba mi frío. Las ramas me lastimaban y, a cada paso, la tierra arenosa molestaba mi pie herido. A veinte minutos y a quinientos metros, bosque adentro, nos detuvimos a la orilla del río,  bajo árboles que cubrían completamente el cielo.

 

     --Esperen aquí --dijo Leo--. Hay que conseguir transporte.

 

      Muchos pretendimos seguirle, pues iba a la casa del joven puertorriqueño.

 

     --¡Les dije que esperen aquí! --enfatizó el capitán--. La gente de este lugar siempre está a la expectativa y si sospecha de nuestra presencia no van a callar la noticia.

 

     Entonces, junto a Frank, partió con el puertorriqueño y llevaron con ellos a Ana y a la joven que estaba como muerta y además Germán (el exsíndico) que también estaba en muy mal estado de salud.  Los demás nos echamos en el suelo mojado y nos dispusimos a descansar. Yo me recosté junto a Papín cerca del tronco de un árbol.  Acondicionamos un poco el piso con alguna de la ropa que hallamos en el lugar.

 

     --¡Estos malditos mosquitos nos van a acabar de matar! --dijo una mujer mientras los combatía a manotazos.

 

     --¡Diablo, vienen a atacarnos en enjambre! --exclamó  un hombre.

 

     Papín, que se defendía de los insectos con un trapo, dijo:

 

     --Raúl, yo nunca había estado en un lugar con tantos mosquitos ni tantas hormigas. Este suelo está cundido de hormigas. ¡Y lo duro que pican las condenadas!

 

     No pude dormir a causa de los insectos y de las tensiones.  Maté hormigas y mosquitos hasta que vi el día. Con la claridad, pudimos apreciar que no habíamos sido los primeros en llegar a ese lugar. Veíamos prendas de vestir por todos lados.

 

     --El que quiera cambiarse de ropa sólo tiene que buscar algo que le sirva --vociferó una de las mujeres.

 

   Había zapatos, pantalones, camisas, sostenes... rodando por cualquier lugar. A las nueve de la mañana, extendí al sol un pantalón de tela fina, porque el Jean azul que tenía puesto aun estaba mojado y me fastidiaba. Papin también halló algo más confortable que lo que tenía puesto.

 

     A las diez y treinta de la mañana regresó el puertorriqueño y nos trajo algunas bolsas de pan fresco, jamón y algunos galones de jugo de naranja de muy mala calidad. En poco tiempo engullimos los alimentos.  Mientras tanto, la gente preguntaba por Augusto y por el transporte. El puertorriqueño nos informó:

 

     --El pana de ustedes llamó a Santurce pero no pudo localizar a quienes debían recogerlos. Tampoco pudo comunicarse con ninguna persona de confianza para trasladarlos hasta allá.  Él descansó unas cuantas horas y entonces salió para Santurce en busca de alguien confiable para llevarlos a la Capital.

 

     Antes de marcharse el puertorriqueño agregó:

 

     --Manténganse en este sitio para que no los vean. El capitán pronto regresará a buscarlos.

 

     Se rascó la cabeza y añadió:

 

     --Debo irme. Tengo otras cosas qué hacer.

 

     Partió perdiéndose de vista entre los arbustos.

 

     Después de haber comido, estábamos más animados. En pequeños grupos, algunos se arrimaron a troncos de árboles mientras hacían cuentos, planes y chistes. Yo me sentía apaleado. Estiré el cuerpo, bostecé y dije a mi amigo:

 

     --Papin, vea usted, me siento tan débil, que si los guardias vinieran a atraparnos, no haría siquiera un leve esfuerzo por escapar.

 

     --Yo me siento igual, Raúl; pero a la hora de la verdad, al menos intentaré esconderme.

 

     Un joven que no había perdido el sentido del humor gritó:

 

     --Pedro, ¿qué te pasa? Estás tan apagado.

 

     Pedro que estaba sentado en el suelo, alzó la cabeza y con rostro muy serio y aspecto desmejorado murmuró:

 

     ---¡Qué pregunta!

 

     Otro joven gritó:

 

      --¡Pedro, dile que te hace falta tu puertorriqueña hermosa para  adueñarte de todos sus encantos!

 

     Con áspera voz, Pedro en cambio dijo:

 

     --Tal como yo estoy ahora, aunque se me ofrezca la princesa de Mónaco, no le haría ni porra.

 

     La gente siguió hablando tonterías, mientras la Fiera, junto al tronco de un cocotero, roncaba como un marrano. Después del medio día, sentíamos más sed que hambre. La sal reseca en los cuerpos hacía que la piel de algunos se mudara como piel de culebras.  Y la tardanza de Leo empezaba a inquietar a muchos.

 

     --¡Ese hombre tal vez está durmiendo todavía! --se quejaba un joven.

 

     Hacía calor.  El sol candente se colaba por entre las ramas de los árboles y hacía subir la temperatura más y más. Mi cuerpo la percibía exageradamente: nunca antes de éste hubo día tan asfixiante, con un aire tan recargado y que hiciera tanto daño a mi reseca garganta. El calor y la sed aumentaban la debilidad crónica que casi me obligaba a mantenerme en el suelo. Por momentos, me hacía olvidar el dolor de mi pie lastimado que hinchado lo sentía palpitar.

 

     La sed me quemaba, me reducía a nada; se había trasladado a algún lugar de mí; me reclamaba por agua y sólo por agua. El agua del río era imbebible, tan salada como la del mar mismo. Mis compañeros se quejaban de la sed, pero yo creía que tenía más sed que todos ellos. Cargar un tenis puesto me pesaba y en el otro no podía meter mi adolorido e hinchado pie. Entonces, descalzo, cayéndome y levantándome fui por un camino que transitaba a la orilla del mar. Iba medio loco de sed, con la vista obscurecida y sin ver ninguna vivienda.  Proseguí por un sendero estrecho y pantanoso hasta hallar abundantes cocoteros. Bajo un cocotero encontré una jícara que, boca arriba, contenía un poquito de agua negra y sucia.  Llevé la jícara a mi boca y con un sorbo de agua me mojé la dolida garganta. Entonces, algo más animado, continué caminando en busca de agua. Más adelante, llegué a una estrecha carretera de caliche y camine por ella hasta encontrar un charquito de agua sucia que el sol no había bebido por completo. Me eché al suelo y, como un perro sediento, lamí el agua salobre hasta que me harté. Mi sed no se apagó del todo, pero volví al encuentro de mis compañeros que había dejado a un kilómetro de distancia. Llegué cuando la gente distribuía potes con agua limpia y fresca que el jíbaro puertorriqueño les había traído.  Bebí una y otra vez.