--Tenemos que esperar a que la noche avance más para continuar el viaje a la playa --explicó Leo al tomar un desvío hacia uno de los barrios de La Romana--;
es más seguro hacer estos viajes en las madrugadas. Mientras tanto, ustedes habrán de esperar en uno de tres grupos que viajarán. Más tarde pasaremos a recogerlos. No
se preocupen, adonde los llevo es un sitio seguro, la gente es de mi confianza; además, la espera será de tan sólo unas horas.
A poco tiempo nos detuvimos frente a una vivienda en estado de reconstrucción.
Leo, alto y delgado, de treinta años de edad, nos condujo por un callejón de tierra negra al patio de la casa ocupado por
medio centenar de hombres y mujeres notablemente ansiosos. Unos cuantos se incorporaron al oírnos llegar. Los demás permanecieron en los puestos, que en diferentes
sitios del ancho patio, habían acondicionado para sí y sus pertenencias; sólo la luz que salía por la puerta trasera de la
casa alumbraba tenuemente. Algunos viajeros fumaban recostados.
Leo nos dijo:
--Acomódense ustedes también.
Me acotejé sobre la bolsa
plástica en que cargaba mis cosas. Juan se sentó a mi lado. Mientras tanto, Leo contestaba las preguntas de algunos. Pero
no pasó gran tiempo en el sitio. Explicó que debía asegurarse de que todo anduviera bien, de ultimar detalles. Cuando se disponía
a partir, dijo:
--No tardaré en regresar. Dentro de poco tiempo estaremos en la
playa y mañana, a esta hora, llegando a Puerto Rico. No salgan a la calle; pero si es indispensable, que no sea en grupo. Tres personas son muchas, cuatro demasiado. Hay que evitar problemas; nunca faltan
chivatos.
Se marchó dejando tras de sí el murmullo de los viajantes.
Preguntas y respuestas estaban a flor de labio. ¿De dónde eres tú?
¿Por qué te vas en yola? ¿Has intentado el viaje antes? ¿Cuántas horas se toma la travesía? ¿Se moja uno mucho? ¿Crees que
se puede confiar en estos bregadores? Eran algunas de las tantas preguntas que cualquier viajero hacia o debía contestar.
Cada cual se complacía en preguntar y en dar detalles de sus temores y esperanzas y de la situación que lo impulsaba a hacer
el viaje. Las últimas tragedias de que daban cuenta los periódicos eran desconocidas
por muchos. Los viajes en yola a Puerto Rico comenzaron a multiplicarse a principios de los ochenta. Azotados por los vientos
huracanados de la desesperanza y la miseria, gran parte de la población buscaba salir del país por todos los medios como desesperados
que intentan abandonar un gran barco que se incendia. A menudo eran apresados en el intento y otras veces morían masivamente
en los constantes naufragios de yolas; o perecían en casos resonados como el del Regina Express. Nombre de un barco de carga
de matricula panameña en el que, el 6 de septiembre de 1981, casi 40 personas intentaban viajar a Miami de polizones introducidos
al barco por el jefe de máquina y otros empleados. Pero en la víspera de que
la nave zarpara, se denunció que traficaba con gente por lo que la comandancia del puerto ordenó su exhaustiva revisión; el
jefe de máquina y sus cómplices, advertidos, se adelantaron y encerraron a treinta
de los viajantes en el tanque de lastre del navío. Y para despertar menos sospecha,
con una manguera, introdujeron agua al tanque donde estaban encerrados los polizones;
mientras se revisaba el barco, el agua subía en el tanque apagando los últimos golpes y gritos de los encerrados, veintidós
murieron asfixiados y sólo ocho lograron sobrevivir las varias horas que estuvieron escondidos en el tanque de lastre del
Regina Express, anclado en el muelle de Santo Domingo. Por otro lado, muchos
determinados a viajar, si no obtenían la visa norteamericana, alentados por disponer de sumas suficientes, a menudo, intentaban
llegar a los Estados Unidos yéndose a México o a algún país de Centro América y de allí a México y de ese país, trataban,
con menor riesgo de sus vidas, de cruzar la frontera méxico-estadounidense.
En el patio de la casa, las
amenas conversaciones no languidecían. Los que habían navegado en yola
en alguna ocasión anterior atraían la mayor atención. Un joven que pregonaba haber estado en Puerto Rico, con aire solemne,
resumía sus experiencias:
--Estos viajes pueden ser extremadamente difíciles. Yo logré hacer
uno hace tres años. Después he fracasado en cuatro intentos. La primera vez que
me fui fue una maravilla. Éramos como veinticinco. Hicimos el recorrido en trece horas. El mar estuvo siempre sereno y plano:
¡como un plato! Lo más difícil fue cuando llegamos a Puerto Rico. Atracamos como
a las tres de la madrugada y los tipos que nos llevaron nos hicieron desmontar y enseguida se devolvieron en su yola. Debimos
penetrar en un bosque escabroso y, en lo que se dice berenjena, cada cual se desparramó por su lado. Quedé con un compañero
y todavía a las tres de la tarde estábamos perdidos. ¡Eso fue fuerte! Teníamos la piel cortada por la maleza; estábamos acabados
por las hormigas y por los mosquitos; con hambre, con sed, con sueño, cansados y muy lejos de Villa Palmera.
--¿Y qué pasó entonces? --le animó una joven a continuar su historia.
--Dios nos socorrió. Hallamos un puertorriqueño que nos sacó del
lugar, nos llevó a su casa, nos dejó pasar la noche allí y al otro día nos ayudó a conseguir transporte.
--¡Qué suerte tuvieron! --comentó una mujer avanzada en edad--.
Lo que no me explico es el por qué estas aquí, muchacho.
--Cosas que se le meten a uno, doña. Duré tres meses en Puerto Rico. Hasta tenía trabajo. Pero me hacían una
falta insufrible mi país y mi gente. Aquí tenía amigos y novias.
--Eres bien tonto --le dije--;
después de que yo me vaya, volveré con documentos para poder regresar cuando desee. Retornaré sin ellos sólo si me traen a
la fuerza.
--Ahora no pienso regresar. Le he perdido el amor a todo. Si logramos
el viaje, dudo que yo regrese --concluyó él, algo abstraído, como si hablara más para sí que para quienes le escuchábamos.
Sus palabras y las de otros lograron que Juan y yo tuviéramos una
idea realista de lo que podría esperarnos. No estábamos preparados para hacer un viaje difícil; ni siquiera cargábamos comida. Los demás viajantes, en cambio, transportaban ropa y alimentos. Algunos hasta disponían
de agua.
Yo cargaba ropa interior, dos pantalones y dos camisas en una bolsa
plástica y en un estuche con tirantes, un pequeño toca casetes con audífonos y algunos casetes de merengues y baladas: (Mudanza
y Acarreo de Juan Luis Guerra, Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y baladas variadas de Sonia Silvestre). Vestía un pantalón caqui, amarrado al cinto con una correa negra de cuero de res.
La camisa era blanca, mangas largas, con rayas verticales grises. Los zapatos grises, casi nuevos, me los había traído en
diciembre mi tío Manuel desde Puerto Rico.
Fuimos por el barrio
a comprar alimento con un joven recién conocido y complaciente que nos contó que su novia había navegado en yola a Puerto
Rico hacía cinco meses y que lo instaba a que él también hiciera la travesía, nos recomendó comprar salami, galletas y queso,
provisiones que obtuvimos en una pulpería y que, antes de regresar al patio, Juan acomodó en su mochila de escolar. Hallamos
a la gente hablando de las mismas cosas. Del nutrido grupo, la mayoría era mujeres que no llegaban a los treinta años de edad.
La más conversadora volvió a usar su lujosa cámara fotográfica, en contra de
las advertencias de algunos que insistían en que el flash de luz iba a llamar la atención de algún vecino, a lo que ella alegaba
que las fotos que tomaba a los viajantes, que reposaban recostados o sentados en cualquier lugar del piso, serian los recuerdos
más preciados que documentarían nuestra travesía como ninguna otra anterior y
que como testimonio de tal hazaña mostraría las fotos a sus familiares y amigos y que las conservaría para que las vieran
sus hijos y sus nietos cuando fuera vieja. Cuando por fin decidió guardar la
cámara, acogiéndose a las sugerencias de algunos, la levanto muy en alto y alardeando insistió:
--¡Esta cámara es cara! Me la mandaron de Nueva York. Mañana seguiré tomando fotos en el mar; imagínense ustedes fotos aquí, fotos en el mar, fotos al llegar...
mañana seguiré tomando más fotos.
Pasó la cámara a otra joven que, a su lado, recostada en un cartón usaba su equipaje como almohada. Al
recibir la cámara, su compañera, con voz de suplica y nerviosa le dijo:
---¡Ana, mujer, cállate y siéntate! No
es mañana que nos vamos es hoy: es de madrugada y esos hombres deben estar al llegar.
Mi reloj cuadriculado marcaba las 12:45. Habían cerrado la puerta
trasera de la casa y no se escapaba luz hacia el patio; pero la noche, fresca y estrellada, había aclarado mucho. Se distinguían
con precisión la gente y las cosas. Al final del patio, en un rincón, estaba la letrina.
Una cortina gris y mugrienta cubría su puerta. Era de bloques sin empañetar
al igual que la casa y las paredes divisorias del patio. La reconstrucción de la casa iba adelantada; faltaba echarle el piso,
enlucirla y pintarla.
A la 1:30 de la madrugada, Juan y yo, ya más conocedores sobre navegaciones
y naufragios, compartíamos la espera. Ana, la joven de la cámara, había proporcionado mucha información. Se había sentado
en el piso junto a su compañera. Tenía el pelo recogido, unos jeans en negro y una blusa amarilla, calzaba tenis blancos.
Su color, el mismo que el de la joven que la acompañaba: trigueño aceituna. Al
principio pensé que eran hermanas. Pero su conversación aclaró que eran amigas
y que el nombre de la otra, en algo más pequeña que Ana, era Carmen. Carmen hablaba poco; pero Ana, extrovertidamente, seguía
conversando con los hombres y las demás mujeres:
--¡Me encanta la forma en que hablas! --dijo Ana a Juan, halago
que mi compañero tomó como poco sincero; lo creyó una burla.
Disipaba el sueño la inquietud por la pronta partida y la incertidumbre
que se enroscaba en los corazones. Los más optimistas insistían en que Leo nunca
engañaba a sus clientes y que se aseguraba que llegaran a Puerto Rico. Algo era cierto: sus cientos de clientes transportados
eran su mejor propaganda. Desde Puerto Rico o desde Nueva York, lo recomendaban
y hasta le encargaban llevarles familiares a la vecina isla. Este era uno de sus viajes más concurrido ya que el total de
los viajantes sobrepasaba el centenar de gente procedente de la capital, del Cibao, del mismo pueblo de La Romana, de Higüey...
Los demás viajantes estaban distribuidos en dos casas cercanas. Zarparíamos desde playa "El Macao", al noreste de Higüey,
a dos horas de distancia.
Faltaban pocos minutos para que Leo regresara. Juan, algo nervioso,
en su hablar cibaeño, susurró a mi oído:
--Raui, ¿cuánto te va a cobrai Leo?
--¡Augusto! --corregí yo, acordándole que de tal modo debíamos referirnos
a Leo para no delatar su verdadero nombre. "Augusto", debíamos
nombrarle como era conocido por todos; como se hacía llamar aun por sus ayudantes.
--Bueno, Aguto o de cuaiquiéi foima que ei quiera que lo llamen,
¿cuánto te va a cobrai? --insistió mi compañero.
Juan y yo éramos, tal vez, las únicas personas a las cuales Leo
no exigió el pago por adelantado. Además, nos había reducido el precio del pasaje.
Yo habría de pagar $300 dólares y Juan una cantidad similar. Por petición suya, no diríamos cuanto pagábamos; temía que otros
insistieran en rebajas. Tampoco habríamos de mencionar su verdadero nombre o comentar que tenía residencia de los Estados
Unidos y que viajaba legalmente a Puerto Rico. Creía que Juan tenía que pagar
más dinero que yo, por lo tanto, hallaba embarazoso revelarle la cantidad. El
precio del viaje era US$500. dólares, o RD$1,500 pesos, equivalentes en moneda dominicana a los dólares cobrados. Leo mismo
recolectaba el dinero, o lo hacia Frank, su más confiado ayudante.
Juan y yo conocimos a Leo en una agencia de alquiler de vehículos
donde habíamos trabajado. A menudo, había ofrecido llevarnos a Puerto Rico a un precio menor del que acostumbraba cobrar.
Juan se decidió primero que yo a hacer el viaje. Cinco meses hacía que trabajaba para la agencia. Le entusiasmó la idea de
formar parte de uno de los viajes de Leo desde que tuvo conocimiento de ellos. De
veintidós años, carirredondo, de tez blanca, bajo de estatura y algo rechoncho, Juan recién había llegado a la capital desde
San Francisco de Macorís, su pueblo natal y vivía en el sector Herrera en la casa de un hermano suyo. Poco después de llegar
del Cibao, fue empleado por la agencia, sustituyó, en horario de la mañana, a Tonín, un anciano de presencia alegre que me
había entrenado en el oficio de la renta de vehículos, y que, contrario a lo que había esperado, fue despedido. Juan tenía una hermana en los Estados Unidos que le prometió que haría los trámites para llevárselo a vivir
legalmente a ese país; pero él no quería esperar todo el tiempo que eso tardaría.
--Raui vámono dete maidito paí --A menudo insistía.
No
quería dejar mi empleo como encargado de rentas, el primero de importancia que había tenido, que por estar ubicado en el área
del Aeropuerto Internacional de Las Américas, me facilitaba practicar el inglés con muchos de los turistas que acudían a alquilar
vehículos. Había aprendido el inglés sin maestro, con manuales y grabaciones a los que acostumbré a dedicarles entre cuatro
a seis horas diariamente complementadas con dos horas de oyente de alguna emisora extranjera con transmisiones en
inglés y sintonizable sólo tarde de la noche, y los domingos, con una caminata por el Malecón o la Ciudad Colonial que
propiciaba entrar en conversación con algún turista de habla inglesa. Con todo
ello, me hallé capaz de hablar y leer el inglés a un nivel aceptable con lo que me facilité la obtención de aquel trabajo.
Me gustaba mi ocupación; pero, cada vez, mis ingresos me alcanzaban
para menos. La galopante inflación los reducía más y más, día a día. Ganaba $133
dólares al mes y soñaba con tener una casa, un carro e hijos que no se criaran como los niños de los barrios de Santo Domingo
que sufren hambre, desnudez, carencia de medicina, de educación... Por eso decidí irme. Los arreglos para el viaje se habían
dado aprisa, casi de improviso, aunque tuve mucho tiempo para pensarlo. Conocí a Leo, uno de los primeros días en que comenzaba
a trabajar en la agencia. Aún recibía mi entrenamiento en el oficio de alquiler de vehículos y de manejar la oficina cuando
una tarde se apersonó aquel hombre muy delgado y de rostro acuchillado. Horas
antes, los compañeros de trabajo habían comentado:
"Hoy
vienen los pescadores a buscar un minibús; tienen otra pesca entre mano."
Leo llegó acompañado de dos jóvenes siendo objeto de un recibimiento
muy caluroso. Ellos, por su parte, repartieron propinas, ron y cigarrillos y, alborozadamente, respondieron las preguntas
de Tonín, el encargado de rentas que me entrenaba, quien se empecinó en averiguar:
"¿Qué tal fue la pesca anterior? ¿Cuántos pescados llevaron? ¿Cómo llegaron
los peces? ¿Cuándo irán de pesca nuevamente?"
No hallé lógica alguna a la jerga en que hablaron y cuando los jóvenes
se marcharon, pregunté a Tonín:
--¿Esos hombres son pescadores?
Aunque anciano, Tonín era tan amante de hacer burlas, como lo era
todavía de un buen merengue, del ron y de las mujeres. Se echó a reír con mis palabras y hasta hizo saber a otros compañeros
de trabajo mi ingenua pregunta. Cuando cada cual echó su carcajada, en tono serio me secretó:
--El flaco hace viajes a Puerto Rico. Si te quieres ir, te lleva
en un dos por tres.
--Le dejo eso --respondí-- a los que no tienen trabajo. Pero ya
que conseguí empleo aquí, no tengo ninguna prisa en dejar este país. Además, me gustaría irme para los Estados Unidos, no
para Puerto Rico.
--En Puerto Rico, vas a ganar lo mismo que en los Estados Unidos:
dólares y no los miserables pesos que te vas a ganar aquí y cuando quieras, sólo tienes que tomar un avión para irte pa' Nueva
York, o pa' Chicago donde dices que tienes un amigo que te quiere ayudar.
--No crea que es tan fácil --le dije-- pasarse de Puerto Rico a
los Estados Unidos. Comentan que en el aeropuerto de San Juan, personal de inmigración y otros empleados federales están alertas
para evitar que los dominicanos indocumentados crucen para los Estados Unidos.
--Eso es lo que dicen; pero después de que tú estés allá
--aseguró
confiado--, pasarás sin problemas.
--Si cree todo tan fácil, ¿por qué usted no se va?
A mi pregunta, respondió en tono muy serio:
--Yo tengo mi mujer y mi casa propia y, además, ya mis hijos están
criados. Y como soy amigo del dueño de este negocio, no creo que me despidan de este trabajo pero si yo tuviera tu edad, o
al menos cuarenta años, es decir, dieciocho menos de los que tengo, te juro que ya me hubiera ido; porque tú sabes como están
todas las cosas aquí: caros y muy deficientes --enumeró con los dedos--: el servicio de transporte, el de agua, el de luz,
el de gas, el médico. Y no hay ni señas de que esos y otros tantos males que tenemos vayan a mejorar, sino todo lo contrario.
Después de que hube pasado casi dos semanas de entrenamiento, Tonín
volvió a cubrir sólo el horario de la mañana. Yo quedé a cargo de la oficina en el horario de la tarde. Leo casi siempre acudía
en las tardes; por tanto, yo era quien más a menudo lo atendía para alquilarle o recibirle los vehículos. Una de esas tardes,
sentado frente a mi escritorio, mientras le llenaba un contrato de alquiler, me dijo:
--Dice Tonín que no te quieres ir para Puerto Rico.
--Quiero salir del país --aclaré--, pero sin arriesgar mi vida.
--¡Arriesgar tu vida! protestó él--. Yo brego bien. Tengo años en
el negocio y todavía no se me ha ahogado una sola gente
Siguió hablando y desbordándose en explicar las razones que hacían
su empresa diferente de las demás organizaciones de viajes. Hablaba y fumaba. Yo tenía en mi mano su licencia de conducir,
una licencia expedida en Puerto Rico de la que extraía los datos con que llenaba el contrato de alquiler. Interrumpí mi labor y miré fijamente su cara de niño inofensivo
y triste. No dilató en hacer silencio intrigado. Entonces le dije:
--Puedes ser todo lo bueno que dices, pero sé que te vas a Puerto Rico por avión y envías a los pasajeros en yola.
--Me voy en avión --justificó-- después de que despido a los viajantes
de la playa dominicana para recibirlos con transporte en Puerto Rico. A mi gente no le pasa lo que a muchos otros viajantes,
a quienes les roban el dinero sin llevarlos a ninguna parte. Tampoco me desentiendo de ellos al llegar a Puerto Rico como
la mayoría de los bregadores que, al llegar, los abandonan a su suerte en alguna playa o en algún bosque desconocido y cuando
tratan de hallar transporte para alcanzar su destino, muchos son apresados o asaltados por delincuentes que hasta violan a
las mujeres
En esos instantes, uno de dos jóvenes que acompañaban a Leo, moreno,
de baja estatura y de robusto cuerpo, tomó la palabra y, con gran convicción, dijo:
--¡En este país no hay nadie que bregue como nosotros! No sólo conseguimos
vehículos aquí y en Puerto Rico para acomodar a los viajantes, sino que además nuestras embarcaciones son grandes y seguras. Con orgullo podemos decir que hemos cambiado las vidas a mucha gente
Leo entonces lo interrumpió para referirse al mismo joven que así
hablaba y dijo:
--Este es Frank, mi mano derecha. Al principio yo iba siempre en
los viajes; ahora se va él con los viajantes y es como si lo hiciera yo mismo.
Esa tarde alquilaron un minibús y continuaron con un carro que tenían
rentado. Ambos vehículos estarían bajo la responsabilidad de Leo. El minibús sería manejado por el tercer joven: un muchacho
alto, de pelo largo y lacio, de tez blanca, de veintiséis años de edad y, según su licencia de conducir, su nombre era José
Pérez y residía en La Romana.
En los ocho meses que siguieron, el grupo acudía a la agencia una
o dos veces al mes. Conquistaron y, exitosamente, trasladaron a Puerto Rico a
personas que yo conocía, entre ellos, a Nelson, un joven que trabajaba de representante de ventas en el mismo lugar que yo. Pregonaban que el viaje había sido un éxito, como los anteriores, como los que estaban
por venir. Su labor de propaganda era intensa
para conseguir nuevos interesados en viajar y, al noveno mes de estar en mi trabajo, Leo volvió a insistir en que yo
viajara:
--Eso no es nada, "broder". No tengas miedo; es cosa de unas
cuantas horas.
Aún veía lejana la posibilidad de abordar una
yola; por eso, esbozando una sonrisa, le dije:
--El día que tú vayas en la embarcación, yo me atreveré a viajar.
Dejó de insistir. Pero pasaron cuatro meses más, y, en otra de sus
visitas a la agencia, me sorprendió cuando dijo:
--Bueno hermano --dijo hermano, pues nunca me llamaba por mi nombre,
aunque debía saberlo pues aparecía en cada una de las copias de los contratos de alquiler que le entregaba. Era noviembre
y, en solemne proclama, aseguró: --hemos decidido no seguir bregando con esos viajes. En Puerto Rico, la guardia costera está
triplicando la vigilancia. Alegan que no es sólo para evitar que diariamente entren decenas de dominicanos por sus playas,
sino, que aseguran que también están traficando con armas y con drogas.
--¿Vas
a dejar de viajar? --pregunté algo incrédulo y tal vez hasta apenado. Parecía que de golpe perdía la oportunidad de realizar
la innegable y honda ilusión que tenía postergada y que consistía en irme al extranjero para mejorar mi vida y para conocer el mundo.
--Sí
--con voz enfática él confirmó--; voy a dejar de viajar. Pero antes haré un último viaje. En él voy a ir yo mismo ya que me
interesa llevar a varios clientes importantes que sólo viajarán si yo voy en la embarcación. ¡Supongo que finalmente te animas
a irte!
--¿Cuándo
harás el viaje? --me apresuré a indagar. Y él, categórico, como para no hablar más del asunto respondió:
--A
finales de diciembre o a principios de enero. Resuelve ahora si te irás conmigo, o luego, tendrás que hacerlo con uno de los
tantos salteadores que andan por ahí engañando o ahogando gente. ¿Qué decides?
--De
aquí allá te haré saber --dije. Pues no tenía el dinero para pagarle y además, yo debía asegurar algún lugar a donde dirigirme
en Puerto Rico.
En
poco tiempo hice mis gestiones y, a mediado de diciembre, notifiqué en el trabajo mi decisión de irme a Puerto Rico. Juan
se llenó de alegría y también resolvió irse. Por suerte, mi tío Manuel, que desde hacía unos años vivía en Puerto Rico, estaba
de visita en el país por las festividades navideñas. Le hice saber mis planes de irme a Puerto Rico, también la forma en que
pretendía lograrlo. No se negó a brindarme su casa y su apoyo, pero se opuso
a que arriesgara mi vida yéndome en yola. Me dijo, entre otras cosas, que, en Puerto Rico, era noticia frecuente la muerte
de gran cantidad de dominicanos que iban a entregar sus vidas al mar al tratar de llegar a ese país en la forma en que yo
pretendía intentarlo.
--No
quiero lo mismo para ti --insistió.
Pero
traté de convencerlo de que me iría bien. Y, sin convencerlo, al verme muy resuelto
a hacer el viaje, me deseó suerte y me recordó que tanto él como su casa estaban a mi disposición en el momento en que lo
necesitara.
Mi
tío, acompañado de Nereida, una joven puertorriqueña hermosa con quien había
contraído matrimonio y procreado una niña que iba a cumplir dos años y que permaneció con su abuela materna en Puerto Rico
mientras la pareja vacacionaba en Dominicana, viajaba con su carro en el Domínican Ferries, un barco turístico que diariamente
hacía el recorrido entre las dos islas. Al regresar, el matrimonio cargó con
parte de mi ropa y algunos de mis libros para que dispusiera de esas pertenencias cuando llegara a Puerto Rico.