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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

1: Al encuentro de otros Viajantes
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SOBRE OBRA Y AUTOR
En Honor y Dedicación
1: Al encuentro de otros Viajantes
2 El traslado a El Macao
3. Demasiado Gente para una Yola
4. El Retorno Derrotado
5. Sin trabajo sin dinero y acosado
6. Mis conpañeros para la adversidad
7. Papín: "la desgracia de irse en yola"
8. El tortuoso camino a Punta Cana
9: Las primeras horas de terror
10: Agotamiento e inseguridad
11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
18. Prefería la muerte a ser deportado
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   Era el nueve de enero y, mientras el sol caribeño escondía sus últimos hilos anaranjados, nuestro auto, en dirección Este, recién emprendió el trayecto de Santo Domingo a La Romana.  Leo, el capitán del viaje, manejaba en silencio y fumaba un cigarrillo mientras los otros ocupantes del carro hablábamos del mar.  Yo tenía veintitrés años, cuatrocientos dólares en mi cartera y la determinación de llegar a los Estados Unidos. Pesaba ciento cuarenta libras, que hacían delgado mi cuerpo de seis pies. Mis ojos de color café reflejaban aún ingenuidad, la ingenuidad que arrastraba desde antes de los años de mi adolescencia pasados en devota entrega a la Iglesia Evangélica.  Pensativo iba, mientras el auto seguía desplazándose hacia el Este por la carretera rodeada por los inmensos campos verdes cubiertos de caña de azúcar.  "No te vayas en yola --me había dicho mi madre--; esos viajes son muy peligrosos. Mejor cásate y ten tus hijos a temprana edad."  Recordaba sus palabras regocijado por no haberle hecho caso, pues, aún bajo el aire de tensión que producen esas travesías, ya yo sentía en mi aliento el sabor de la victoria, la victoria de dejar un país de penurias y de miserias y de no volver a él hasta que mi suerte fuera un poco mejor. "Duraré siete años sin volver a casa", planeaba, sin sospechar siquiera que habría de volver más pronto de lo que podía imaginar, molido por una aplastante derrota.     

 

     --Tenemos que esperar a que la noche avance más  para continuar el viaje a la playa --explicó Leo al tomar un desvío hacia uno de los barrios de La Romana--; es más seguro hacer estos viajes en las madrugadas. Mientras tanto, ustedes habrán de esperar en uno de tres grupos que viajarán.  Más tarde pasaremos a recogerlos.  No se preocupen, adonde los llevo es un sitio seguro, la  gente es  de mi confianza; además, la espera será de tan sólo unas horas.

 

     A poco tiempo nos detuvimos frente a una vivienda en estado de reconstrucción. Leo, alto y delgado, de treinta años de edad, nos condujo por un callejón de tierra negra al patio de la casa ocupado por medio centenar de hombres y mujeres notablemente ansiosos. Unos cuantos se incorporaron al oírnos llegar.  Los demás permanecieron  en los puestos, que en diferentes sitios del ancho patio, habían acondicionado para sí y sus pertenencias; sólo la luz que salía por la puerta trasera de la casa alumbraba tenuemente.  Algunos viajeros fumaban recostados.

 

     Leo nos dijo:

 

     --Acomódense ustedes también.

 

     Me acotejé sobre la bolsa plástica en que cargaba mis cosas. Juan se sentó a mi lado. Mientras tanto, Leo contestaba las preguntas de algunos. Pero no pasó gran tiempo en el sitio. Explicó que debía asegurarse de que todo anduviera bien, de ultimar detalles. Cuando se disponía a partir, dijo:

 

     --No tardaré en regresar. Dentro de poco tiempo estaremos en la playa y mañana, a esta hora, llegando a Puerto Rico. No salgan a la calle; pero si es indispensable, que no sea en grupo.  Tres personas son muchas, cuatro demasiado. Hay que evitar problemas; nunca faltan chivatos.

 

     Se marchó dejando tras de sí el murmullo de los viajantes.

 

     Preguntas y respuestas estaban a flor de labio. ¿De dónde eres tú? ¿Por qué te vas en yola? ¿Has intentado el viaje antes? ¿Cuántas horas se toma la travesía? ¿Se moja uno mucho? ¿Crees que se puede confiar en estos bregadores? Eran algunas de las tantas preguntas que cualquier viajero hacia o debía contestar. Cada cual se complacía en preguntar y en dar detalles de sus temores y esperanzas y de la situación que lo impulsaba a hacer el viaje.  Las últimas tragedias de que daban cuenta los periódicos eran desconocidas por muchos. Los viajes en yola a Puerto Rico comenzaron a multiplicarse a principios de los ochenta. Azotados por los vientos huracanados de la desesperanza y la miseria, gran parte de la población buscaba salir del país por todos los medios como desesperados que intentan abandonar un gran barco que se incendia. A menudo eran apresados en el intento y otras veces morían masivamente en los constantes naufragios de yolas; o perecían en casos resonados como el del Regina Express. Nombre de un barco de carga de matricula panameña en el que, el 6 de septiembre de 1981, casi 40 personas intentaban viajar a Miami de polizones introducidos al barco por el jefe de máquina y otros empleados.  Pero en la víspera de que la nave zarpara, se denunció que traficaba con gente por lo que la comandancia del puerto ordenó su exhaustiva revisión; el jefe de máquina y sus cómplices,  advertidos, se adelantaron y encerraron a treinta de los viajantes en el tanque de lastre del navío.  Y para despertar menos sospecha, con una manguera, introdujeron  agua al tanque donde estaban encerrados los polizones; mientras se revisaba el barco, el agua subía en el tanque apagando los últimos golpes y gritos de los encerrados, veintidós murieron asfixiados y sólo ocho lograron sobrevivir las varias horas que estuvieron escondidos en el tanque de lastre del Regina Express, anclado en el muelle de Santo Domingo.  Por otro lado, muchos determinados a viajar, si no obtenían la visa norteamericana, alentados por disponer de sumas suficientes, a menudo, intentaban llegar a los Estados Unidos yéndose a México o a algún país de Centro América y de allí a México y de ese país, trataban, con menor riesgo de sus vidas, de cruzar la frontera méxico-estadounidense.

 

     En el patio de la casa, las  amenas conversaciones no languidecían.  Los que habían navegado en yola en alguna ocasión anterior atraían la mayor atención. Un joven que pregonaba haber estado en Puerto Rico, con aire solemne, resumía sus experiencias:

 

     --Estos viajes pueden ser extremadamente difíciles. Yo logré hacer uno hace tres años.  Después he fracasado en cuatro intentos. La primera vez que me fui fue una maravilla. Éramos como veinticinco. Hicimos el recorrido en trece horas. El mar estuvo siempre sereno y plano: ¡como un plato! Lo más difícil fue cuando llegamos a Puerto Rico.  Atracamos como a las tres de la madrugada y los tipos que nos llevaron nos hicieron desmontar y enseguida se devolvieron en su yola. Debimos penetrar en un bosque escabroso y, en lo que se dice berenjena, cada cual se desparramó por su lado. Quedé con un compañero y todavía a las tres de la tarde estábamos perdidos. ¡Eso fue fuerte! Teníamos la piel cortada por la maleza; estábamos acabados por las hormigas y por los mosquitos; con hambre, con sed, con sueño, cansados y muy lejos de Villa Palmera.

 

     --¿Y qué pasó entonces? --le animó una joven a continuar su historia.

 

     --Dios nos socorrió. Hallamos un puertorriqueño que nos sacó del lugar, nos llevó a su casa, nos dejó pasar la noche allí y al otro día nos ayudó a conseguir transporte.

 

     --¡Qué suerte tuvieron! --comentó una mujer avanzada en edad--. Lo que no me explico es el por qué estas aquí, muchacho.

 

     --Cosas que se le meten a uno, doña. Duré tres meses en Puerto Rico.  Hasta tenía trabajo.  Pero me hacían una falta insufrible mi país y mi gente. Aquí tenía amigos y novias.

 

     --Eres bien tonto --le dije--; después de que yo me vaya, volveré con documentos para poder regresar cuando desee. Retornaré sin ellos sólo si me traen a la fuerza.

 

     --Ahora no pienso regresar. Le he perdido el amor a todo. Si logramos el viaje, dudo que yo regrese --concluyó él, algo abstraído, como si hablara más para sí que para quienes le escuchábamos.

 

     Sus palabras y las de otros lograron que Juan y yo tuviéramos una idea realista de lo que podría esperarnos. No estábamos preparados para hacer un viaje difícil; ni siquiera  cargábamos comida. Los demás viajantes, en cambio, transportaban ropa y alimentos. Algunos hasta disponían de agua.

 

     Yo cargaba ropa interior, dos pantalones y dos camisas en una bolsa plástica y en un estuche con tirantes, un pequeño toca casetes con audífonos y algunos casetes de merengues y baladas: (Mudanza y Acarreo de Juan Luis Guerra, Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y baladas variadas de Sonia Silvestre).  Vestía un pantalón caqui, amarrado al cinto con una correa negra de cuero de res. La camisa era blanca, mangas largas, con rayas verticales grises. Los zapatos grises, casi nuevos, me los había traído en diciembre mi tío Manuel desde Puerto Rico.

 

     Fuimos  por el barrio a comprar alimento con un joven recién conocido y complaciente que nos contó que su novia había navegado en yola a Puerto Rico hacía cinco meses y que lo instaba a que él también hiciera la travesía, nos recomendó comprar salami, galletas y queso, provisiones que obtuvimos en una pulpería y que, antes de regresar al patio, Juan acomodó en su mochila de escolar. Hallamos a la gente hablando de las mismas cosas. Del nutrido grupo, la mayoría era mujeres que no llegaban a los treinta años de edad. La más conversadora volvió a usar su  lujosa cámara fotográfica, en contra de las advertencias de algunos que insistían en que el flash de luz iba a llamar la atención de algún vecino, a lo que ella alegaba que las fotos que tomaba a los viajantes, que reposaban recostados o sentados en cualquier lugar del piso, serian los recuerdos más preciados que documentarían nuestra travesía  como ninguna otra anterior y que como testimonio de tal hazaña mostraría las fotos a sus familiares y amigos y que las conservaría para que las vieran sus hijos y sus nietos cuando fuera vieja.  Cuando por fin decidió guardar la cámara, acogiéndose a las sugerencias de algunos, la levanto muy en alto y alardeando insistió:

 

     --¡Esta cámara es cara! Me la mandaron de Nueva York.  Mañana seguiré tomando fotos en el mar; imagínense ustedes fotos aquí, fotos en el mar, fotos al llegar... mañana seguiré tomando más fotos.

 

     Pasó la cámara a otra joven que, a su lado,  recostada en un cartón usaba su equipaje como almohada.  Al recibir la cámara, su compañera, con voz de suplica y nerviosa le dijo:

 

 ---¡Ana, mujer, cállate y siéntate!  No es mañana que nos vamos es hoy: es de madrugada y esos hombres deben estar al llegar.

 

     Mi reloj cuadriculado marcaba las 12:45. Habían cerrado la puerta trasera de la casa y no se escapaba luz hacia el patio; pero la noche, fresca y estrellada, había aclarado mucho. Se distinguían con precisión la gente y las cosas. Al final del patio, en un rincón, estaba la letrina.  Una cortina gris y mugrienta cubría su  puerta. Era de bloques sin empañetar al igual que la casa y las paredes divisorias del patio. La reconstrucción de la casa iba adelantada; faltaba echarle el piso, enlucirla y pintarla.

 

     A la  1:30  de la madrugada, Juan y yo, ya  más conocedores sobre navegaciones y naufragios, compartíamos la espera. Ana, la joven de la cámara, había proporcionado mucha información. Se había sentado en el piso junto a su compañera. Tenía el pelo recogido, unos jeans en negro y una blusa amarilla, calzaba tenis blancos. Su color, el mismo que el de la joven que la acompañaba: trigueño aceituna.  Al principio pensé que eran hermanas.  Pero su conversación aclaró que eran amigas y que el nombre de la otra, en algo más pequeña que Ana, era Carmen. Carmen hablaba poco; pero Ana, extrovertidamente, seguía conversando con los hombres y las demás mujeres:

 

     --¡Me encanta la forma en que hablas! --dijo Ana a Juan, halago que mi compañero tomó como poco sincero; lo creyó una burla.

 

     Disipaba el sueño la inquietud por la pronta partida y la incertidumbre que se enroscaba en los corazones.  Los más optimistas insistían en que Leo nunca engañaba a sus clientes y que se aseguraba que llegaran a Puerto Rico. Algo era cierto: sus cientos de clientes transportados eran su mejor propaganda.  Desde Puerto Rico o desde Nueva York, lo recomendaban y hasta le encargaban llevarles familiares a la vecina isla. Este era uno de sus viajes más concurrido ya que el total de los viajantes sobrepasaba el centenar de gente procedente de la capital, del Cibao, del mismo pueblo de La Romana, de Higüey... Los demás viajantes estaban distribuidos en dos casas cercanas. Zarparíamos desde playa "El Macao", al noreste de Higüey, a dos horas de distancia.

 

     Faltaban pocos minutos para que Leo regresara. Juan, algo nervioso, en su hablar cibaeño, susurró a mi oído:

 

     --Raui, ¿cuánto te va a cobrai Leo?

 

     --¡Augusto! --corregí yo, acordándole que de tal modo debíamos referirnos a Leo para no delatar su verdadero nombre. "Augusto", debíamos nombrarle como  era conocido por todos; como se hacía llamar aun por sus ayudantes.

    

     --Bueno, Aguto o de cuaiquiéi foima que ei quiera que lo llamen, ¿cuánto te va a cobrai? --insistió mi compañero.

 

     Juan y yo éramos, tal vez, las únicas personas a las cuales Leo no exigió el pago por adelantado.  Además, nos había reducido el precio del pasaje. Yo habría de pagar $300 dólares y Juan una cantidad similar. Por petición suya, no diríamos cuanto pagábamos; temía que otros insistieran en rebajas. Tampoco habríamos de mencionar su verdadero nombre o comentar que tenía residencia de los Estados Unidos y que viajaba legalmente a Puerto Rico.  Creía que Juan tenía que pagar más dinero que yo, por lo tanto, hallaba embarazoso revelarle la cantidad.  El precio del viaje era US$500. dólares, o RD$1,500 pesos, equivalentes en moneda dominicana a los dólares cobrados. Leo mismo recolectaba el dinero, o lo hacia Frank, su más confiado ayudante.

 

     Juan y yo conocimos a Leo en una agencia de alquiler de vehículos donde habíamos trabajado. A menudo, había ofrecido llevarnos a Puerto Rico a un precio menor del que acostumbraba cobrar. Juan se decidió primero que yo a hacer el viaje. Cinco meses hacía que trabajaba para la agencia. Le entusiasmó la idea de formar parte de uno de los viajes de Leo desde que tuvo conocimiento de ellos.  De veintidós años, carirredondo, de tez blanca, bajo de estatura y algo rechoncho, Juan recién había llegado a la capital desde San Francisco de Macorís, su pueblo natal y vivía en el sector Herrera en la casa de un hermano suyo. Poco después de llegar del Cibao, fue empleado por la agencia, sustituyó, en horario de la mañana, a Tonín, un anciano de presencia alegre que me había entrenado en el oficio de la renta de vehículos, y que, contrario a lo que había esperado, fue despedido.  Juan tenía una hermana en los Estados Unidos que le prometió que haría los trámites para llevárselo a vivir legalmente a ese país; pero él no quería esperar todo el tiempo que eso tardaría.

 

     --Raui vámono dete maidito paí --A menudo insistía.

     

No quería dejar mi empleo como encargado de rentas, el primero de importancia que había tenido, que por estar ubicado en el área del Aeropuerto Internacional de Las Américas, me facilitaba practicar el inglés con muchos de los turistas que acudían a alquilar vehículos. Había aprendido el inglés sin maestro, con manuales y grabaciones a los que acostumbré a dedicarles entre cuatro a seis horas diariamente complementadas con dos horas de oyente de alguna emisora extranjera con transmisiones en inglés y sintonizable sólo tarde de la noche, y los domingos, con una caminata por el Malecón o la Ciudad Colonial que propiciaba entrar en conversación con algún turista de habla inglesa.  Con todo ello, me hallé capaz de hablar y leer el inglés a un nivel aceptable con lo que me facilité la obtención de aquel trabajo.

 

     Me gustaba mi ocupación; pero, cada vez, mis ingresos me alcanzaban para menos. La galopante inflación los reducía más y más, día a día.  Ganaba $133 dólares al mes y soñaba con tener una casa, un carro e hijos que no se criaran como los niños de los barrios de Santo Domingo que sufren hambre, desnudez, carencia de medicina, de educación... Por eso decidí irme. Los arreglos para el viaje se habían dado aprisa, casi de improviso, aunque tuve mucho tiempo para pensarlo. Conocí a Leo, uno de los primeros días en que comenzaba a trabajar en la agencia. Aún recibía mi entrenamiento en el oficio de alquiler de vehículos y de manejar la oficina cuando una tarde se apersonó aquel hombre muy delgado y de rostro acuchillado.  Horas antes, los compañeros de trabajo habían comentado:

    

"Hoy vienen los pescadores a buscar un minibús; tienen otra pesca entre mano."

    

     Leo llegó acompañado de dos jóvenes siendo objeto de un recibimiento muy caluroso. Ellos, por su parte, repartieron propinas, ron y cigarrillos y, alborozadamente, respondieron las preguntas de Tonín, el encargado de rentas que me entrenaba, quien se empecinó en averiguar:

 

    "¿Qué tal fue la pesca anterior? ¿Cuántos pescados llevaron? ¿Cómo llegaron los peces?  ¿Cuándo irán de pesca nuevamente?"

 

     No hallé lógica alguna a la jerga en que hablaron y cuando los jóvenes se marcharon, pregunté a Tonín:

 

     --¿Esos hombres son pescadores?

    

     Aunque anciano, Tonín era tan amante de hacer burlas, como lo era todavía de un buen merengue, del ron y de las mujeres. Se echó a reír con mis palabras y hasta hizo saber a otros compañeros de trabajo mi ingenua pregunta. Cuando cada cual echó su carcajada, en tono serio me secretó:

 

     --El flaco hace viajes a Puerto Rico. Si te quieres ir, te lleva en un dos por tres.

    

     --Le dejo eso --respondí-- a los que no tienen trabajo. Pero ya que conseguí empleo aquí, no tengo ninguna prisa en dejar este país. Además, me gustaría irme para los Estados Unidos, no para Puerto Rico.

 

     --En Puerto Rico, vas a ganar lo mismo que en los Estados Unidos: dólares y no los miserables pesos que te vas a ganar aquí y cuando quieras, sólo tienes que tomar un avión para irte pa' Nueva York, o pa' Chicago donde dices que tienes un amigo que te quiere ayudar.

 

     --No crea que es tan fácil --le dije-- pasarse de Puerto Rico a los Estados Unidos. Comentan que en el aeropuerto de San Juan, personal de inmigración y otros empleados federales están alertas para evitar que los dominicanos indocumentados crucen para los Estados Unidos.

 

     --Eso es lo que dicen; pero después de que tú estés allá

--aseguró confiado--, pasarás sin problemas.

 

     --Si cree todo tan fácil, ¿por qué usted no se va?

 

     A mi pregunta, respondió en tono muy serio:

 

     --Yo tengo mi mujer y mi casa propia y, además, ya mis hijos están criados. Y como soy amigo del dueño de este negocio, no creo que me despidan de este trabajo pero si yo tuviera tu edad, o al menos cuarenta años, es decir, dieciocho menos de los que tengo, te juro que ya me hubiera ido; porque tú sabes como están todas las cosas aquí: caros y muy deficientes --enumeró con los dedos--: el servicio de transporte, el de agua, el de luz, el de gas, el médico. Y no hay ni señas de que esos y otros tantos males que tenemos vayan a mejorar, sino todo lo contrario.

 

     Después de que hube pasado casi dos semanas de entrenamiento, Tonín volvió a cubrir sólo el horario de la mañana. Yo quedé a cargo de la oficina en el horario de la tarde. Leo casi siempre acudía en las tardes; por tanto, yo era quien más a menudo lo atendía para alquilarle o recibirle los vehículos. Una de esas tardes, sentado frente a mi escritorio, mientras le llenaba un contrato de alquiler, me dijo:

 

     --Dice Tonín que no te quieres ir para Puerto Rico.

 

     --Quiero salir del país --aclaré--, pero sin arriesgar mi vida.

 

     --¡Arriesgar tu vida! protestó él--. Yo brego bien. Tengo años en el negocio y todavía no se me ha ahogado una sola gente

 

     Siguió hablando y desbordándose en explicar las razones que hacían su empresa diferente de las demás organizaciones de viajes. Hablaba y fumaba. Yo tenía en mi mano su licencia de conducir, una licencia expedida en Puerto Rico de la que extraía los datos con que llenaba el contrato de alquiler.  Interrumpí mi  labor y miré fijamente su cara de niño inofensivo y triste. No dilató en hacer silencio intrigado.  Entonces le dije:

 

     --Puedes ser todo lo bueno que dices,  pero sé que te vas a Puerto Rico por avión y envías a los pasajeros en yola.

 

     --Me voy en avión --justificó-- después de que despido a los viajantes de la playa dominicana para recibirlos con transporte en Puerto Rico. A mi gente no le pasa lo que a muchos otros viajantes, a quienes les roban el dinero sin llevarlos a ninguna parte. Tampoco me desentiendo de ellos al llegar a Puerto Rico como la mayoría de los bregadores que, al llegar, los abandonan a su suerte en alguna playa o en algún bosque desconocido y cuando tratan de hallar transporte para alcanzar su destino, muchos son apresados o asaltados por delincuentes que hasta violan a las mujeres

 

     En esos instantes, uno de dos jóvenes que acompañaban a Leo, moreno, de baja estatura y de robusto cuerpo, tomó la palabra y, con gran convicción, dijo:

 

     --¡En este país no hay nadie que bregue como nosotros! No sólo conseguimos vehículos aquí y en Puerto Rico para acomodar a los viajantes, sino que además nuestras embarcaciones son grandes y seguras.  Con orgullo podemos decir que hemos cambiado las vidas a mucha gente

 

     Leo entonces lo interrumpió para referirse al mismo joven que así hablaba y dijo:

 

     --Este es Frank, mi mano derecha. Al principio yo iba siempre en los viajes; ahora se va él con los viajantes y es como si lo hiciera yo mismo.

 

     Esa tarde alquilaron un minibús y continuaron con un carro que tenían rentado. Ambos vehículos estarían bajo la responsabilidad de Leo. El minibús sería manejado por el tercer joven: un muchacho alto, de pelo largo y lacio, de tez blanca, de veintiséis años de edad y, según su licencia de conducir, su nombre era José Pérez y residía en La Romana.

 

     En los ocho meses que siguieron, el grupo acudía a la agencia una o dos veces al mes.  Conquistaron y, exitosamente, trasladaron a Puerto Rico a personas que yo conocía, entre ellos, a Nelson, un joven que trabajaba de representante de ventas en el mismo lugar que yo.  Pregonaban que el viaje había sido un éxito, como los anteriores, como los que estaban por venir.  Su labor de propaganda era intensa  para conseguir nuevos interesados en viajar y, al noveno mes de estar en mi trabajo, Leo volvió a insistir en que yo viajara:

 

     --Eso no es nada, "broder".  No tengas miedo; es cosa de unas cuantas horas.

 

     Aún veía lejana la posibilidad de abordar una yola; por eso, esbozando una sonrisa, le dije:

 

     --El día que tú vayas en la embarcación, yo me atreveré a viajar.

 

     Dejó de insistir. Pero pasaron cuatro meses más, y, en otra de sus visitas a la agencia, me sorprendió cuando dijo:

 

     --Bueno hermano --dijo hermano, pues nunca me llamaba por mi nombre, aunque debía saberlo pues aparecía en cada una de las copias de los contratos de alquiler que le entregaba. Era noviembre y, en solemne proclama, aseguró: --hemos decidido no seguir bregando con esos viajes. En Puerto Rico, la guardia costera está triplicando la vigilancia. Alegan que no es sólo para evitar que diariamente entren decenas de dominicanos por sus playas, sino, que aseguran que también están traficando con armas y con drogas.

 

--¿Vas a dejar de viajar? --pregunté algo incrédulo y tal vez hasta apenado. Parecía que de golpe perdía la oportunidad de realizar la innegable y honda ilusión que tenía postergada y que consistía en irme al extranjero para mejorar mi vida  y para conocer el mundo.

 

--Sí --con voz enfática él confirmó--; voy a dejar de viajar. Pero antes haré un último viaje. En él voy a ir yo mismo ya que me interesa llevar a varios clientes importantes que sólo viajarán si yo voy en la embarcación. ¡Supongo que finalmente te animas a irte!

 

--¿Cuándo harás el viaje? --me apresuré a indagar. Y él, categórico, como para no hablar más del asunto respondió:

 

--A finales de diciembre o a principios de enero. Resuelve ahora si te irás conmigo, o luego, tendrás que hacerlo con uno de los tantos salteadores que andan por ahí engañando o ahogando gente. ¿Qué decides?

 

--De aquí allá te haré saber --dije. Pues no tenía el dinero para pagarle y además, yo debía asegurar algún lugar a donde dirigirme en Puerto Rico.

 

En poco tiempo hice mis gestiones y, a mediado de diciembre, notifiqué en el trabajo mi decisión de irme a Puerto Rico. Juan se llenó de alegría y también resolvió irse. Por suerte, mi tío Manuel, que desde hacía unos años vivía en Puerto Rico, estaba de visita en el país por las festividades navideñas. Le hice saber mis planes de irme a Puerto Rico, también la forma en que pretendía lograrlo.  No se negó a brindarme su casa y su apoyo, pero se opuso a que arriesgara mi vida yéndome en yola. Me dijo, entre otras cosas, que, en Puerto Rico, era noticia frecuente la muerte de gran cantidad de dominicanos que iban a entregar sus vidas al mar al tratar de llegar a ese país en la forma en que yo pretendía intentarlo.

 

--No quiero lo mismo para ti --insistió.

 

Pero traté de convencerlo de que me iría bien. Y, sin convencerlo, al verme muy  resuelto a hacer el viaje, me deseó suerte y me recordó que tanto él como su casa estaban a mi disposición en el momento en que lo necesitara.

 

Mi tío, acompañado de Nereida, una  joven puertorriqueña hermosa con quien había contraído matrimonio y procreado una niña que iba a cumplir dos años y que permaneció con su abuela materna en Puerto Rico mientras la pareja vacacionaba en Dominicana, viajaba con su carro en el Domínican Ferries, un barco turístico que diariamente hacía el recorrido entre las dos islas.  Al regresar, el matrimonio cargó con parte de mi ropa y algunos de mis libros para que dispusiera de esas pertenencias cuando llegara a Puerto Rico.