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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

8. El tortuoso camino a Punta Cana
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SOBRE OBRA Y AUTOR
En Honor y Dedicación
1: Al encuentro de otros Viajantes
2 El traslado a El Macao
3. Demasiado Gente para una Yola
4. El Retorno Derrotado
5. Sin trabajo sin dinero y acosado
6. Mis conpañeros para la adversidad
7. Papín: "la desgracia de irse en yola"
8. El tortuoso camino a Punta Cana
9: Las primeras horas de terror
10: Agotamiento e inseguridad
11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
18. Prefería la muerte a ser deportado
. RECONOCIMIENTO
Los Lectores Comentan La Travesía en Yola
Francisco Comarazamy del Listin Diario Comenta sobre La Travesia en yola
Los Periódicos Reportan sobre los viajes ilegales
Raul Martinez Rosario at Cunnecticut College
Sobre Migracion Haitiana a RD
Corrupción Política en Dominicana
Policia mata a delincuentes y a no delincuentes
Diferencia entre los dos partidos dominicanos mayoritario
Enlaces Interesantes

     Y, el tres de febrero, Meteorología finalmente  pronosticó buen tiempo para los próximos días y, al entrar el día cuatro nos dispusimos a emprender el viaje hacia la playa. Durante la tarde la gente compró provisiones e hizo sus últimas diligencias. Por su parte, Leo y sus ayudantes se empeñaron en que todo les saliera bien esta vez. Entre otras gestiones de rigor, confirmaron el contacto que llevaría la yola a Punta Cana, playa ubicada al extremo este de la isla y a tan sólo noventa millas de Mayagüez y desde la cual se partiría en esta ocasión. Pero no desembarcaríamos en Mayagüez; Leo nos había informado:

 

     --Navegaremos hacia Cabo Rojo, al sur de Mayagüez, pues tanto Mayagüez como Aguada, Rincón y demás puntos muy cercanos, son lugares muy vigilados por los guardas costas puertorriqueños.

 

     Casi a media noche, fuimos a buscar la embarcación que, desde el viaje anterior, esperaba escondida en unos matorrales cerca de la ciudad, a orillas de la Autopista Este que conduce a San Pedro de Macorís. Internamos un gran camión en los matorrales y nos tomó una hora meter la yola en él. La colocamos boca abajo; encima le tendimos una gran lona para ocultarla de la vista de quienes vieran pasar el camión. Cerca de cuarenta hombres que realizamos la labor, sin demoras, nos metimos, uno a uno, a la parte trasera del vehículo quedando debajo de la yola.  Tratamos de acomodarnos en el piso mientras un compañero alumbraba con una linterna.

 

     El minibús, a cargo de José y de Frank, se había adelantado cargando las mujeres, el combustible y los dos motores (de 25 y 40 caballos de fuerza respectivamente) que usaría la  embarcación.  Pasada la media noche, el camión se encontró con el minibús que esperaba a orilla de la autopista. Después de que  los choferes de ambos vehículos se cruzaron algunas palabras, el minibús se puso en movimiento y el camión lo siguió.

 

     Por precaución, para disminuir las posibilidades de que nos descubrieran en nuestro recorrido a Punta Cana, los organizadores, tal como lo habían planeado, tomaron una vieja carretera que, al menos a esa hora, nadie transitaba. Se tomó esa vía a sabiendas de que hacer el recorrido por ella resultaría mucho más lejos que por el camino regular. Era, además, una carretera difícil de transitar, totalmente desprovista de luz eléctrica y con abundantes hoyos, por lo que los vehículos debían ir a velocidad reducida para no maltratar la yola.  El duro piso de madera nos hacía sentir el disforme camino, mientras  por las rendijas de la cama del camión, el aire fresco de la madrugada se colaba y traía consigo el aroma de los árboles de la vereda. Yo, a menudo intentaba ver algo novedoso. Cuando llevábamos poco más de una hora de recorrido, el camión se detuvo. Por entre las hendijas logré ver agua. Después de dos minutos, Pedro, desde afuera gritó:

 

     --¡Desmóntense para que nos ayuden! ¡Tenemos problemas!

 

     Nos apeamos del camión frente a un río. Sus aguas turbias eran acariciadas por ramas de frondosos árboles que, en abundancia, hincados a ambas orillas, parecían beber. La carretera se interrumpía ante el río y al otro lado continuaba su trayecto. Por no haber puente, los pocos vehículos que recorrían esa vía debían atravesar el río directamente. Pero, a causa de las lluvias de los días anteriores, esa madrugada, tenía más agua de lo común.

 

     --¡Es el río Chavón, está hondo hoy!  ¡Vean que desgracia nos ha pasado!  

 --lamentó Pedro, mostrando el minibús medio sumergido en el agua. Leo añadió:

 

     --Debemos cruzar por aquí; no hay más camino que éste; si nos devolviéramos a tomar la otra carretera, se nos haría de día y nos apresarían sin siquiera llegar a la playa.

 

     El minibús había intentado cruzar primero; pero, a menos de la mitad del río, casi medio vehículo se sumergió en el agua, a pesar de los acelerones del chofer.

 

     Las mujeres se apearon del minibús. Los hombres nos descalzamos y nos metimos al agua. El lodo era abundante, y a pesar de que las aguas ya habían apagado el motor, con nuestro empuje, el vehículo comenzó a moverse. Más de un cuarto de hora tomó cruzar el minibús a la otra orilla. En cambio, el camión atravesó el río sin problemas y sin la ayuda de nadie. Frente al río, el camino lucía llano y despejado y los entendidos en mecánica se dispusieron a encender nuevamente el motor del minibús. Secaron el carburador y no prendió. Luego todos tiramos el vehículo, una y otra vez,  pero no logramos nada.  Después de un rato uno de los viajantes dijo:

 

     --Pronto se hará de día y si no nos metemos en el mar antes de que aclarezca, nos van a tronchar este viaje también.

 

     --¡Tengo una idea! --dijo otro viajante y en un instante trajo una soga y agregó:

 

     --Amarremos el minibús y que el camión lo tire hasta la playa.

 

     --¡Problema resuelto! --proclamó una mujer. Pero Leo protestó alarmado:

 

     --¡No, no, no! ¡Eso llamaría demasiado la atención! Es mejor que saquen todo del minibús y lo monten en el camión y que en él nos vayamos todos. ¡Hagan éso; pero háganlo rápido! --insistió Leo, palmoteando las manos, como solía hacerlo.

 

     Subimos los motores, la gasolina... y en el espacio que quedó nos metimos amontonados como sardinas enlatadas y continuamos nuestra travesía por la carretera que comenzó a mostrarse menos tortuosa. Dejamos el minibús a la orilla de la vía. José tendría que arreglárselas para repararlo y devolverlo a la agencia.