Y, el tres de febrero,
Meteorología finalmente pronosticó buen tiempo para los próximos días y, al entrar
el día cuatro nos dispusimos a emprender el viaje hacia la playa. Durante la tarde la gente compró provisiones e hizo sus
últimas diligencias. Por su parte, Leo y sus ayudantes se empeñaron en que todo les saliera bien esta vez. Entre otras gestiones
de rigor, confirmaron el contacto que llevaría la yola a Punta Cana, playa ubicada al extremo este de la isla y a tan sólo
noventa millas de Mayagüez y desde la cual se partiría en esta ocasión. Pero no desembarcaríamos en Mayagüez; Leo nos había
informado:
--Navegaremos hacia Cabo Rojo, al sur de Mayagüez, pues tanto
Mayagüez como Aguada, Rincón y demás puntos muy cercanos, son lugares muy vigilados por los guardas costas puertorriqueños.
Casi a media noche, fuimos a buscar la embarcación que, desde el
viaje anterior, esperaba escondida en unos matorrales cerca de la ciudad, a orillas de la Autopista Este que conduce a San
Pedro de Macorís. Internamos un gran camión en los matorrales y nos tomó una hora meter la yola en él. La colocamos boca abajo;
encima le tendimos una gran lona para ocultarla de la vista de quienes vieran pasar el camión. Cerca de cuarenta hombres que
realizamos la labor, sin demoras, nos metimos, uno a uno, a la parte trasera del vehículo quedando debajo de la yola. Tratamos de acomodarnos en el piso mientras un compañero alumbraba con una linterna.
El minibús, a cargo de José y de Frank, se había adelantado cargando
las mujeres, el combustible y los dos motores (de 25 y 40 caballos de fuerza respectivamente) que usaría la embarcación. Pasada la media noche, el camión se encontró
con el minibús que esperaba a orilla de la autopista. Después de que los choferes
de ambos vehículos se cruzaron algunas palabras, el minibús se puso en movimiento y el camión lo siguió.
Por precaución, para disminuir las posibilidades de que nos descubrieran
en nuestro recorrido a Punta Cana, los organizadores, tal como lo habían planeado, tomaron una vieja carretera que, al menos
a esa hora, nadie transitaba. Se tomó esa vía a sabiendas de que hacer el recorrido por ella resultaría mucho más lejos que
por el camino regular. Era, además, una carretera difícil de transitar, totalmente desprovista de luz eléctrica y con abundantes
hoyos, por lo que los vehículos debían ir a velocidad reducida para no maltratar la yola.
El duro piso de madera nos hacía sentir el disforme camino, mientras por
las rendijas de la cama del camión, el aire fresco de la madrugada se colaba y traía consigo el aroma de los árboles de la
vereda. Yo, a menudo intentaba ver algo novedoso. Cuando llevábamos poco más de una hora de recorrido, el camión se detuvo.
Por entre las hendijas logré ver agua. Después de dos minutos, Pedro, desde afuera gritó:
--¡Desmóntense para que nos ayuden! ¡Tenemos problemas!
Nos apeamos del camión frente a un río. Sus aguas turbias eran acariciadas
por ramas de frondosos árboles que, en abundancia, hincados a ambas orillas, parecían beber. La carretera se interrumpía ante
el río y al otro lado continuaba su trayecto. Por no haber puente, los pocos vehículos que recorrían esa vía debían atravesar
el río directamente. Pero, a causa de las lluvias de los días anteriores, esa madrugada, tenía más agua de lo común.
--¡Es el río Chavón, está hondo hoy!
¡Vean que desgracia nos ha pasado!
--lamentó
Pedro, mostrando el minibús medio sumergido en el agua. Leo añadió:
--Debemos cruzar por aquí; no hay más camino que éste; si nos devolviéramos
a tomar la otra carretera, se nos haría de día y nos apresarían sin siquiera llegar a la playa.
El minibús había intentado cruzar primero; pero, a menos de la mitad
del río, casi medio vehículo se sumergió en el agua, a pesar de los acelerones del chofer.
Las mujeres se apearon del minibús. Los hombres nos descalzamos
y nos metimos al agua. El lodo era abundante, y a pesar de que las aguas ya habían apagado el motor, con nuestro empuje, el
vehículo comenzó a moverse. Más de un cuarto de hora tomó cruzar el minibús a la otra orilla. En cambio, el camión atravesó
el río sin problemas y sin la ayuda de nadie. Frente al río, el camino lucía llano y despejado y los entendidos en mecánica
se dispusieron a encender nuevamente el motor del minibús. Secaron el carburador y no prendió. Luego todos tiramos el vehículo,
una y otra vez, pero no logramos nada.
Después de un rato uno de los viajantes dijo:
--Pronto se hará de día y si no nos metemos en el mar antes de que
aclarezca, nos van a tronchar este viaje también.
--¡Tengo una idea! --dijo otro viajante y en un instante trajo una
soga y agregó:
--Amarremos el minibús y que el camión lo tire hasta la playa.
--¡Problema resuelto! --proclamó una mujer. Pero Leo protestó alarmado:
--¡No, no, no! ¡Eso llamaría demasiado la atención! Es mejor que
saquen todo del minibús y lo monten en el camión y que en él nos vayamos todos. ¡Hagan éso; pero háganlo rápido! --insistió
Leo, palmoteando las manos, como solía hacerlo.
Subimos los motores, la gasolina... y en el espacio que quedó nos
metimos amontonados como sardinas enlatadas y continuamos nuestra travesía por la carretera que comenzó a mostrarse menos
tortuosa. Dejamos el minibús a la orilla de la vía. José tendría que arreglárselas para repararlo y devolverlo a la agencia.