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Raúl Martínez Rosario
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Raúl Martínez Rosario

Travesía en yola

 Raúl Marínez Rosario, autor de "La Travesia en Yola: Odiseas a Puerto Rico y de la colección de cuentos "La Testigo y Otras Narraciones"  nace en Cotui... Incluye aquí que da nombre a su segundo libro:

 

                       La Testigo

 

   Mi historia no es la más triste; lo juro.  Pero no me corresponde contar las ajenas: nunca robaría lo ajeno, aunque he sido despojada de las cosas de mayor valor que traía.  Los problemas comenzaron cuando no pude salir de Nueva York en el vuelo asignado.  Debí esperar hasta el siguiente día en que hubo cupo para mí.  Éramos 4 que habríamos de viajar juntas, pero yo, sólo yo corrí la suerte adversa de que mi vuelo me dejara.  He viajado poco.  Es mi primera vez en este suelo de impúdicos  y cleptómanos.  Nunca pensé que el llegar con un día de retraso podría significar tanta angustia, tanta pérdida, tanto dolor.  Desde mi llegada, en distintos lugares de este sitio, he visto seres sin rostro.  El aire está viciado por el olor, el olor nauseabundo del órgano gangrenado.  He presenciado historias peores que la mía, pero prometí no contarlas.  En todo caso muchas son parecidas a la que continuaré desenredando.

 

            Llevo tres días en este aeropuerto.  Tengo una herida en un costado.  Mi barriga está flácida.  He perdido más de la mitad del peso con que llegué.  Los que laboran aquí a diario me conocen, pero me han perdido el interés: no se acercan a mi barriga sumida.  No me queda el dinero que traía en un sobre: "Para entregar a mi abuela Virtudes",  Perdí un reloj, muy caro: "Para Cándido" y los tenis,  "para Dolores y Socorro".  Ya no traigo zapatos. No me queda ni la pasta  y  el cepillo dental que traía en mi bolsillo delantero.  Alguien habló de llevarme a su casa anoche, pero cambió de idea: se llevó a una pequeña que estaba a mi lado.  Más tarde, en la penumbra, dos hombres, a hurtadillas, se acercaron maquinalmente.  No tenían rostro ni la intención de llevarme consigo.  Uno quedó a distancia, al acecho, el otro se acercó y, sin que yo lo esperara, sacó una filosa navaja y ágilmente me atacó.  Me sajó un costado.  No pude hacer el más mínimo ruido.  El otro vigilaba por si alguien se acercaba.  Mi atacante metió una mano por la larga herida; con la otra mano soportaba mi cuerpo.  Movía su mano dentro de mí como quien busca algo que ha perdido.  Me despojó de todo lo que quiso y me dejó tirada en el suelo.  Los dos se alejaron riendo: compartiendo lo hurtado y celebrando su hazaña.  Más tarde, pasó cerca de mí un mozalbete, el más joven de los que trabajan en el lugar.  Al verme tendida en el piso, me arrastró hacia un lado; pero no notó mi herida.  Metió la mano en mi bolsillo delantero.  No pude darme cuenta qué se llevó.

 

            Ahora veo llegar a un hombre con rostro.  Lo he visto antes. Hombres sin rostro lo traen a mí. Me reconoce. Nota mi desventura.  Aunque nervioso, cuidadosamente me inspecciona. Encuentra mi herida. Ira  y dolor mana de su  semblante.  Reclama por mi situación: por las pérdidas.  Con gritos y amenazas, demanda justicia.  Los hombres sin rostro aseguran que no ha pasado nadaque en todo caso, poco o nada se puede hacer.  El hombre con rostro continua histérico.  Balbucea palabras obscenas.

 

            ---¡Llévesela! ---articularon los hombres sin rostro---.  ¡No hallará ningún responsable!

 

            El hombre con rostro retorna a mí.  Me cierra la boca, que tenía entre abierta.  Me carga en su espalda y sale del aeropuerto.  Ahora maldice sin recato:

 

            ---¡Descarados!  ¡Hijos de la gran puta, ladrones..!

 

            Camina hasta el vehículo de su compadre que, nos espera.  Le dice lleno de rabia:

 

            ---¡Este país no se arregla!  ¡No hay respeto, maldita sea!  Allá tuvieron que ayudarme a cargarla.  Y cójale el peso ahora.  La vaciaron.  Me robaron hasta la pasta y el cepillo de diente.

 

    ---Lo siento mucho, compadre  ---lamenta el otro mientras me toma el peso.  Entonces,  me levanta con las dos manos, me coloca en el  baúl y lo cierra.  Y, ya en camino, trata de consolar al viajero que, medio bebido y bañado en sudor, continua lamentándose por no haberme recogido antes. De lo que más se queja es de que, entre otras cosas, substrajeran de mi interior el dinero, el reloj  y los tenis que habían mandado con él.