Al
cruzar el segundo y último portal, nos encontramos, de golpe, sobre la blanca
arena de una playa con abundantes cocoteros que bailaban al son de un viento intenso y frío. Los vehículos recorrieron algo
más de cien metros hacia la derecha y se acercaron a donde estaba la embarcación. De inmediato todos nos desmontamos y muchos
acudieron apresurados hacia la orilla donde
esperaba la barca. Juan y yo también nos dirigimos hacia la yola. Leo y sus ayudantes, en tanto, descargaban el minibús. Mientras nos acercábamos, los que habían llegado antes que nosotros comentaban su
impresión del barquichuelo. Mi corazón
palpitaba desenfrenadamente. A empujones Juan y yo nos abrimos paso. Él dijo angustiado:
--¿Y en esa degracia e que no vamo?
Estaba ahí la embarcación, movida por el viento y las olas, amarrada a un tronco
que emergía del agua.
--¡No! ¡No puede sei en ese diparate en que no vamo! --Juan insistía.
Yo, pasmado y tembloroso, no quería creer que fuera esa la embarcación. Miré al mar y
embelesado recorrí con la mirada la playa, pero no había ninguna otra yola a la vista.
Hasta entonces, me había hecho la ilusión de un bote grande, con cierta
comodidad. Pero la embarcación real estaba ahí, frente a mí; era indeciblemente rústica y resultaba diminuta para tanta gente.
Tendría unos veinte pies de largo por nueve
de ancho; ello equivale a decir que era una nave segura para poco más de doce personas. Asocié esta yola con aquellas que con menos de diez personas cruzan el río Ozama.
Algunos de los desengañados, descontentos, vociferaban sus quejas. Pero Leo y sus ayudantes hacían poco caso de las querellas. Con
gran prisa, subían combustible y provisiones mientras el viento del noroeste continuaba soplando y las olas proseguían bambaleando
la yola.
Tan pronto hubieron cargado la embarcación y encendido el motor, Leo nos habló en alta
voz. Tenía una mano en el timón del motor, lo que le ayudaba a mantener el equilibrio.
Más fácil que escucharle resultaba distinguir su rostro perfilado y notar
que sus grandes ojos negros recorrían el grupo, que, entre murmullos, observaba y esperaba desconcertado. En tono de lamento,
pero con determinación, Leo insistió:
--¡Aquí no caben todos! Tan pronto yo llegue a Puerto Rico, volveré para llevarme
a los que no se puedan ir hoy. No se desesperen que en el transcurso de
esta misma semana habrá otro viaje. José y Frank se quedarán y les darán las instrucciones.
Tan pronto Leo habló, se oía a Frank
insistir:
--¡Al que no se vaya, que suba enseguida a la camioneta o al minibús para regresar a
La Romana!
Muchos ya se apresuraban y montaban en la
yola para no quedarse para otro supuesto viaje. En cambio, otros, lenta y vacilantemente,
subían también. Los demás mirábamos cómo la frágil embarcación seguía siendo abordada. En esto, mi compañero Juan, en su hablar
cibaeño, me dijo:
--¡Yo no me voi ahí ni loco! ¡Adió coño, puesa gente lo que quiere e matái a uno..!
Ya pocos continuaban subiendo. Y yo, silencioso, turbado y con gran
frío, escuchaba a Juan que proseguía diciendo:
--¡Andeidiablo! ¡Yo no sabía queta vaina
era así! Eso degraciao lo que quieren e robaile lo cuaito a uno y que a uno se lo lleve ei diablo porai. ¡Tú no te va en esa
vaina! ¿Veida Raui que no?
Aun yo estaba indeciso.
--¡Que no suba nadie más a la yola! ---ya Leo repetía. Y comenzaban a empujar
la embarcación playa adentro. Y, yo, tal vez animado más que nada por ver a Leo al volante, el hombre al que yo le había asegurado
que de él viajar en la embarcación yo intentaría el viaje, con todo y mi indecisión, me metí en el agua y monté en la nave. Y Juan, con gran amargura y vacilación, mojando su ropa tras la yola, se prendió a
mi mano y subió también. Tratamos de buscar donde acomodarnos mientras la sencilla embarcación, movida por un pequeño motor,
comenzaba a adentrarse lentamente en el Mar Caribe.
Los que quedaron en tierra nos vieron partir vociferando su frustración mientras se les
insistía en que debían abandonar el lugar antes de ser sorprendidos allí. Porque la hora, el sitio tan apartado y las cosas
que llevaban consigo los delatarían si se presentaba la guardia costera o cualquier otra autoridad, en cuyo caso, habrían
de enfrentar nuevos inconvenientes que les costarían tiempo y dinero.
A quince minutos de haber zarpado, el mar aumentaba su agitado vaivén. Debido a que abordamos
de último, Juan y yo estábamos atrás. Nos colocamos cerca de uno de los tanques en que se llevaba el combustible y a la vez
cerca de Leo, que maniobraba la embarcación. Pedro estaba en la proa al junto de otros hombres que, como el resto de los tripulantes,
seguíamos tan apiñados como cuando veníamos en la camioneta. Casi setenta viajantes atestábamos la yola, algunos sentados
sobre las tablas atravesadas que servían de asientos y los demás llenábamos cualquier espacio del vehículo que no estuviera
ocupado por los tres tanques plásticos que contenían el combustible. Cada tanque almacenaba cerca de sesenta galones de gasolina;
pesaba unas trescientas libras cada uno. Era obvio que la embarcación viajaba
súper sobrecargada. Lo notábamos al sentirnos comprimidos los unos con los otros, lo comentaba, con voz trémula, cualquier
pasajero, lo mostraba la embarcación al resistirse a tomar velocidad con el pesado cargo humano. Juan, casi llorando, comentó:
--¡Coño Raui, nosotro somo loco! ¡No metimo en eta vaina con tanta gente! ¡Eta degracia
se va a jundil!
--Es verdad Juan reconocí--, estamos metidos en un gran lío.
La angustia aumentaba al adentrarnos más en el mar. Las olas no eran muy altas, pero
sí, muy activas. Los bordes superiores de la embarcación quedaban separados del agua por unos escasos centímetros lo que permitía
que en ocasiones se metiera agua por los costados. Era notable, entonces, que el nivel de las aguas subía dentro de la yola.
Sin demoras, la desesperación atacó a un gran número de los tripulantes debido también a que el pequeño motor de la embarcación
resultaba cada vez más impotente para moverla a una velocidad adecuada.
Cuarenta y cinco minutos después del despegue, los cocoteros de la playa estaban ya,
tal vez, a tres kilómetros de distancia. La madrugada se tornaba más clara; pero nuestra situación se ensombrecía más y más:
el agua no paraba de meterse en la embarcación y algunos desesperados gritaban al delgado capitán:
--¡Devolvámonos, devolvámonos!
Por el contrario, otros, muy en alta voz y en tono temerario, exclamaban:
--¡Dale pa'llá a esa vaina, aunque nos jodamos todos!
Leo proseguía el rumbo. Pasaban los minutos, más agua entraba en la yola y ésta avanzaba
menos. Se elevaban gritos, rezos y lamentos lastimeros. Algunas mujeres clamaban a Dios y a todos los santos. Alguien, con
un cuchillo, cortaba los potes plásticos en que se había traído agua potable. Continuábamos esforzándonos: comprimíamos rodillas,
piernas y pies para hacer espacio a los utensilios con los cuales, casi desde la partida, se estaba sacando agua de la yola.
Se habían acallado ya las voces de los que pedían a Leo que continuara; la mayoría le
rogaba que volviera a la playa. Regresar a tierra sería entonces cuestión de unos cuatro mil quinientos metros, llegar a Puerto
Rico, acaso doscientos mil. Lucía enteramente imposible recorrer la última distancia con tanta inseguridad y deterioro. Leo,
por fin, pareció avizorar los augurios del naufragio.
--¡Está bien --dijo---, vamos a regresar para que se quede aunque sea la mitad de ustedes!
Yo se lo dije, que no sobrecargaran la yola, que no subiera tanta gente. Espero
que se apeé un buen grupo.
--¡Sí, yo me quedo! --aseguraban algunos, mientras Leo, poco a poco, iniciaba un amplio
círculo para dar vuelta a la embarcación y volver a la playa. Yo, que llegué a insistir en que volviera a tierra, al igual
que la mayoría, sentía gran alivio mientras giraba.
Pero terminó el viraje y el agua aún amenazaba a la embarcación. Las olas continuaban
golpeando los bordes laterales. Al elevarse, el agua mantenía a la gente mojada
y además, su nivel aumentaba pese a los esfuerzos desesperados por contrarrestar sus embestidas. A pocos minutos de haber
virado, parecía imposible regresar a tierra sin que zozobrara la embarcación. Algunos gritaban:
--¡Ay, yo que no sé nadar!
--¡Y bien lejos que está! --sollozaban algunas mujeres, refiriéndose a la orilla, que apenas
medio se dibujaba en la distancia. Algo debía hacerse y Pedro aprobó la idea de una viajante:
--¡Lancen al agua todo lo que pese! --dijo varias veces, con gran desconsuelo, una mujer
de unos treinta años.
--¡Qué va hacer! --se opuso uno de los hombres, aquí nadie lleva nada de gran peso.
La mujer, llorando con ronca y apresurada voz, insistió:
--¡Pues lancen al agua los tanques con la gasolina! Yo tengo tres hijos pequeños a quienes
no quiero dejar huérfanos tan pendejamente.
Después de algunas discusiones, se las arreglaron, y, distribuyendo el peso de los tripulantes,
entre bamboleos, gritos y quejidos, arrojaron con suma cautela el primer tanque; enseguida, el segundo, mas, no el tercero,
que estaba a mi lado; de él se abastecía el motor a través de un trozo de manguera.
La yola, sin embargo, no dio gran indicio de haber perdido peso. Parecía
estar en el mismo lugar, esperando hundirse para acallar el bullicio de tanta gente chillona. Aunque no todos gritábamos.
Algunas mujeres yacían desmayadas y muchos hombres temblábamos en silencio mientras mirábamos la lejana playa y sentíamos
las olas salpicar nuestros cuerpos. La gritería, no obstante, se oía mejor que el murmullo de las olas, y éstas siempre traían
más agua, y era imposible deshacerse de toda ella. Mi compañero Juan no decía nada; la palidez en su redondo rostro del cual
los ojos querían saltar, hablaba por él. Me inundaba gran temor. Divisaba los lejanos cocoteros y trataba de confortarme en
algo, aunque sabía que era incapaz de nadar un décimo de la distancia que nos separaba de ellos.
Pedro animaba a los que sacaban agua. Leo manipulaba el motorcito. Por buen rato estuvo
sin decir palabras, sin reprochar más; escuchaba los gritos de la gente y su rostro denotaba una extraña mezcla de serenidad
y angustia. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin regaños. Yo le miraba. Primero, como otras veces, dirigió la vista hacia los
cocoteros que se veían lejanos y borrosos. Luego bajó la vista, miró al apiñado grupo y entonces dijo jadeando:
--¡Todos los hombres, tírense al agua para quitar peso a la yola! ¡Es la única manera
en que podremos llegar a tierra!
Le oímos pero nadie accedió a su pedido; ni siquiera el fornido Pedro. En cambio, uno
de los hombres reflexionó:
--¡Yo me arrojaría si no hubiese
oído decir que por esta área hay demasiado tiburones!
La embarcación seguía muy lenta, casi detenida; las olas continuaban su tenaz labor.
Proseguían los gritos y lamentos de quienes veían la muerte cercana e inevitable.
Algunos
se quejaban por sus vidas y otros por los familiares a quienes dejaban. Mentaban a los hijos, a las madres muchas mujeres
estaban roncas de gritar. La tristeza en los rostros era profunda y las lágrimas abundantes. Algunos se tapaban las caras
y ovillaban sus cuerpos como caracol. Muchas mujeres, llenas de pavor, se acurrucaban junto a otros. Estimé que estábamos
aún a más de dos kilómetros de la orilla. Lo que mejor percibí, sin embargo, fue el temblor de mis rodillas y el tiritar de
mis dientes. Sin lugar a dudas, el frío aceleraba mi miedo. De haber sabido nadar lo suficiente, todo hubiera sido más fácil
de aguantar.
Sin resultado, Leo continuó insistiendo en que los hombres se arrojaran al agua. Estábamos todavía a flote, porque
se continuaba sacando agua y porque todos tratábamos de mantener balanceada la yola permaneciendo en nuestros lugares y haciéndole
contrapeso a las olas que atacaban. Y a treinta minutos de haber virado, no se había adelantado gran trecho hacia la playa;
sin embargo, se había avanzado mucho en deterioro y desesperación. Entonces, Leo llamó a Pedro quien con gran trabajo, pasó
por entre la gente y se hizo cargo del timón. Leo, inesperadamente, con todo y ropa, saltó de la yola y cayó entre las revueltas
olas. Desde allí prosiguió instando a los hombres a que nos lanzáramos también y que, agarrados de la embarcación, llegáramos
a la orilla.
Como
la yola parecía no moverse de lugar, algunos hombres comenzaron a lanzarse al agua. Yo también me decidí. Me quité mis zapatos
grises que, mojados y maltratados, ya no debían parecer nuevos, saqué mi cartera del pantalón y la metí en uno de los zapatos,
los cuales, a su vez, coloqué en la bolsa en que cargaba mis otras cosas.
--¡Juan, asegúrame esta funda! Devuélvemela
en la playa. --dije a mi amigo, al momento de lanzarme al agua.
--¿Tú ere loco, Raui? ¿No oíte que ahí hay muchísimo tiburone? --recordó Juan. Pero yo, entre temeroso
y orgulloso por sentirme avalentonado, caía en el agua del mar. Estaba como la que nos entraba en la yola, más caliente que
el aire frío que nos mortificaba.
Cuando entre nueve a doce hombres dejamos
la embarcación, ésta pudo avanzar. Se redujo el peligro de que naufragara y quedó
más espacio para que los que extraían agua continuaran su labor. Y, en el mar, permanecimos asidos a los laterales de la yola
que nos arrastraba hacia la playa que se acercaba pacientemente con sus verdes cocoteros y su arena de azúcar refinada.