La
primera semana pasó sin novedad sobre cuando partiríamos. Comentábamos sobre los enfrentamientos armados que ocurrían en Haití
que determinarían la caída del dictador Jean Claude-Duvalier, sobre la explosión del transbordador espacial Challenger en
que murieron sus 7 tripulantes, y nada alentador podíamos decir sobre las condiciones del país ni sobre los pronósticos atmosféricos.
--¡Esto está duro! --se quejaba un viajante--. Si hubiéramos logrado el viaje anterior,
ya tuviéramos tres semanas de haber llegado a Puerto Rico.
Y así hubiera sido. Pero esas tres semanas las estábamos malpasando con la incomodidad
de hallarnos en casa ajena y con el desasosiego de la espera, además, nos veíamos obligados a gastar en alimento el poco dinero
que teníamos para nuestra llegada a Puerto Rico. En mi caso, no sólo había empeorado
económicamente, sino que mi estado de salud se empezaba a deteriorar. La mala
alimentación y las tensiones de la larga espera debieron contribuir a que volvieran a aquejarme fuertes y frecuentes dolores en el estómago causados por una úlcera duodenal que yo creía curada. Me atemorizaba la probabilidad de que pudiera volver a sangrar al evacuar como había
ocurrido hacía dos años, cuando me vi obligado a someterme a rigurosos cuidados médicos. Si sangraba nuevamente, tendría que
desistir del viaje.
Previendo que mi salud pudiera empeorar, acudí a un hospital público de La Romana. Perdí
casi un día sólo para lograr que me examinaran y que un médico prescribiera una receta. Debía gastar veinte dólares en comprar
unas pastillas que me recetó; sin embargo, sólo me quedaban veinticinco y los necesitaba para comprar alimento. Opté por tomarme el riesgo de sangrar. Y seguí soportando los dolores que me atacaban por las noches
y a cualquier hora que tuviera hambre.
Mientras pasaban los días, yo distribuía
el tiempo entre pasarlo con el grupo o estar en la casa de Germán o en la de Papín.
Papín era un nuevo viajante con el cual pronto me sentí muy identificado. Se integró al grupo en lugar de un compadre
suyo, médico, que desistió de viajar después de lo acontecido en Playa del Macao. Su compadre, que no había podido recuperar
el dinero que había pagado por el viaje, accedió a darle su lugar a Papín, que prometió devolverle los quinientos dólares
tan pronto llegara a Puerto Rico.
Papín, de color moreno y cara redonda, era bajo de estatura, de cuarenta años y con ojos
grandes de un negro profundo. Usaba lentes de aumento. Su rostro y su usual serenidad delataban la presencia de un hombre
sencillo y sincero. A cinco casas de la de Germán estaba la suya. Cuando regresábamos de donde María y Pedro, al yo ir hacia
la casa de Germán y Papín a la suya, ambos tomábamos la misma ruta e intercambiábamos opiniones sobre el viaje y sobre la
difícil situación del país.
La primera vez que visité la casa de Papín, fue por la tarde. En la mañana, él había
llegado adonde Germán. Pasó buen rato dialogando con el exsíndico, conmigo y con José, no José el organizador del viaje, sino
otro joven de tez negra, amigo de Germán que, aunque era contador, también haría el viaje. Cuando Papín se disponía a marcharse,
después de media hora de plática, me dijo:
--Raúl, usted no está haciendo gran cosa aquí. Venga conmigo. Lleguemos a algunos sitios
donde estuve solicitando trabajo; tal vez ahora tengan algo para mí.
Acepté ir con él, y, una vez en camino, inquirí:
--¿A buscar trabajo, dijo usted? ¿Y qué va a pasar con el viaje?
Mientras caminábamos, Papín comenzó a explicarme:
--Mire Raúl, yo estoy en ésto porque no hallo que hacer. Soy mecánico, antes trabajé
varios años como marino mercante. Ahora está tan difícil conseguir empleo, pero
si encuentro no voy para ningún lado.
--¿Y para dónde va usted en Puerto Rico?
--Hay un viejo amigo mío que ha estado insistiendo en que me vaya. Él está aquí, pero
un hijo suyo tiene un taller de mecánica en Puerto Rico. Su hijo me empleará,
me dará el dinero que debo del viaje y tiene un lugar donde yo me puedo quedar
cuando llegue. Pero --insistió Papín--, yo no quiero dejar a mi familia sola.
Hacía calor. Durante buen tiempo Papín y yo caminamos por muchas de las calles de La
Romana. Visitábamos talleres de mecánica y estaciones de gasolina. Los trabajos brillaban por su ausencia. Después de las
dos de la tarde nos disponíamos a regresar, Papín me pidió:
--Vaya a casa, quédese un rato allá para que conozca a mi mujer y a mi hija.
Acepté gustoso su invitación. Cuando llegamos a la casa, una nenita de tres años se apresuró
a recibir a Papín; corrió y se abrazó a sus piernas. Estaba loca de contenta por ver a su padre.
---Esta es Yhajaira --dijo él. Y a ella con dulce voz le dijo:
--¡Saluda a Raúl, Yhajaira!
La niña, que estaba en brazos de su padre sonrió al mirarme mostrando todos sus pequeños
dientes blancos. Entonces, Papín me presentó a su mujer que pasó de la cocina a la sala.
Dijo a ella:
--Este muchacho también va a viajar. Me acompañó para ver si aparecía algo qué hacer,
pero nada.
Muy desalentado, el hombre agregó:
--Parece que no tendré más remedio que seguir en la desgracia de irme en yola.
La mujer, sin comentar, con rostro sereno y voz apagada, dijo:
--Te voy a calentar la comida. Al menos todavía nos fían en el colmado.
El hombre sonrió algo resignado; entonces respondió:
--Está bien, caliéntala y sírvele la mitad a Raúl.
La mujer regresó a la cocina mientras nosotros permanecimos en la pequeña sala. Desde
allí podía verse a la mujer bregar con los calderos. En tanto, Papín, sudado, retozaba con su hija que se le encaramaba en
las rodillas para que él la meciera.
---¡Niña, deja a Papín tranquilo que está cansado! --gritó la mujer desde la cocina.
Yhajaira viró la carita y sus ojitos menudos relampaguearon;
bajó deprisa y corrió por el piso de cemento, entre los humildes muebles de madera, llegó hasta su madre y la miró atentamente.
La mujer interrumpió su labor para mirar a la pequeña con gran ternura. Y con amorosa voz le dijo:
--¡Tú no te cansas de jugar! ¿Eehh?
La niña sonrió. Corrió de nuevo a
donde su padre. Él la cargó; juntó su mejilla con la de ella.
--¡Cosita de Papi! ¡Cosita de Papi! --Papín repetía. Y al cabo de unos instantes
me miró con tristeza y me dijo:
--Raúl, por ésto es que yo me voy.
Sus ojos se aguaron. Tenía intenciones de seguir hablando del tema pero lo interrumpió
su mujer que traía la comida. Después de comer, me sentí más a gusto. Papín, por su parte, se sintió más dispuesto a hablar
y me dijo:
--Raúl, yo me voy porque no hallo ni para darle de comer a mi mujer y a mi hija. Debemos
pagar doscientos pesos por este pedazo de casa y ya tenemos dos meses de atraso. No sé qué hacer. Quiero creer que las cosas van a cambiar después de estas elecciones que se aproximan; pero si se quedan
en el gobierno los mismos que están o vuelven los que estaban, seguiremos de mal en peor. A esos políticos lo único que les
interesa es robar, saquear al Estado. Pero de los que quiero hablar, Raúl, es
de usted. Yo en su lugar no me iría; yo volvería a la "rentcar" a insistir que me den trabajo nuevamente. Usted es un muchacho
joven e inteligente, y puede conseguir lo que quiere aquí en su país. ¿Para que irse en busca de algo que no está seguro? No se vaya, Raúl. ¿Por quién usted se va a arriesgar? No tiene esposa, no tiene hijos.
--Sé que me irá bien en los Estados Unidos. Allá las cosas son mejores que aquí. Los
que regresan siempre vienen mejorados económicamente, los que se quedan no avanzan, no encuentran salida. Y escuche bien, Papín, al no tener ni esposa ni hijos, me es más fácil irme, pues me hallo sin compromisos,
sin ataduras.
Aun después de oír mis razones, Papín las desaprobó. En estas discusiones nos llegó la
noche. Él dijo:
---Vamos a ver qué dicen esos salteadores.
--¿De cuáles salteadores habla usted, Papín?
--Del tal Augusto, Pedro y su combo. ¿No cree usted que son ladrones que andan engañando
gente?
--No sé de Pedro, pero de Augusto dicen,
y yo tengo razones para creerles, que es de confiar.
--¡No sea bobo, Raúl! Aunque alguna
gente diga lo que diga, todos son maleantes. Augusto no es una excepción; si en verdad hubiera sido serio, le hubiera devuelto
el dinero a mi compadre, el doctorcito, y a toda la gente que a causa de las demoras y por otras razones ya no se quiere ir. ¿Es que usted no sabe que mucha gente que iba a participar en el viaje anterior anda
como loca buscando a Augusto mientras él se esconde? ¿Cómo cree usted que se sienten esos infelices después de que venden
sus casitas, sus refrigeradores, sus motocicletas, sus conucos para conseguir los mil quinientos pesos del viaje y que esos
delincuentes, sin ganárselos, se los gasten bebiendo ron, mujereando y andando en carros lujosos? Porque en eso es que usan el dinero...
Yo notaba que Papín hablaba exaltadamente. Queriendo calmarlo le dije:
--Amigo, es cierto que algunos que pagaron su pasaje ni siquiera saben que Augusto
se ha metido en este barrio. Pero él ha repetido que va a quedar bien con toda esa gente, que hará otro viaje. Mientras tanto,
Papín, no nos preocupemos por ese asunto, que bastantes problemas tenemos ya con los nuestros.
Entonces sonrió y me dijo:
--¿Cómo puede usted decir algo tan desconsiderado? Bien se ve que usted todavía es un muchacho.
--Siendo sincero, Papín, por ahora lo único que tengo metido en la cabeza es irme de
este país: tengo deseos de que el viaje por fin se realice.