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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
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1: Al encuentro de otros Viajantes
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7. Papín: "la desgracia de irse en yola"
8. El tortuoso camino a Punta Cana
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11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
18. Prefería la muerte a ser deportado
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       A   mediado de abril, una tarde caliente y rutinaria me agobiaba y, como otras veces, salí a caminar por algunas calles cercanas. A poco rato, me alejaba despreocupado por la calle Ponce de León contemplando las casas, los letreros y todo lo que se movía. En un momento en que extendí la vista  a lo largo de la acera, me llamó  la atención un joven que caminaba cabizbajo en dirección contraria a la mía. En algo me pareció que era una persona conocida.  Antes de cruzarnos me detuve. Él alzó la vista y me miró a la cara.  Con gran asombro exclamó:

 

     --¡Coño, Raúl! ¿Pero éste eres tú?

 

     Mi sorpresa no fue menos que la suya. Era Nelson,  ex compañero de trabajo en la agencia de alquiler de vehículos de  Santo Domingo.  Meses antes que yo, y de igual manera, había dejado el país.   Regocijados por nuestro encuentro, nos dirigimos hacia la casa de mi tío mientras intercambiábamos impresiones sobre  nuestras odiseas  por el Mar Caribe. La suya, según me contó, no había sido muy distinta a la mía.  Al llegar, continuamos hablando con más soltura.

 

     --Supe que tienes trabajo --comenté.

 

     --No. No tengo. Estaba trabajando en una gasolinera pero lo dejé.

 

     --¿Que lo dejaste?

 

     --Bueno, en verdad, el trabajo me dejó a mí. Lo que pasó fue --explicaba él-- querían despedirme porque no les llevaba pruebas de que estaba legal en este país. Ellos sabían que yo era dominicano pero conseguí una acta de nacimiento y un seguro social de un pana mío boricua. Con esos papeles me hice una identificación y dejé el trabajo pa' irme pa' Nueva York.

 

     --¡Oh, entonces te vas para Nueva York! --interrumpí.

 

     --Espérate, déjame decirte lo que pasó --dijo medio apresurado y continuó explicando:

 

     --Yo tenía todo "redi" pa' irme. Había comprado el pasaje el sábado pasado pa' volar el domingo bien temprano. En la noche del sábado, pa' celebrar la despedida, fui a bailar con los panas míos. Y mira "broder", en el disco, alguien me robó. Perdí la cartera con el boleto, la identificación y trescientos dólares que yo había juntado.

 

    --¡Anda al diablo! --lamenté e inquirí:

 

     ---¿Y ahora qué vas a hacer?

 

     --Bueno broder, 'ta fuerte. A mí me 'ta llevando el diablo. Aquí no aparece trabajo y menos si uno no tiene papeles...

 

     Nelson continuaba hablando y yo le miraba atento. Al mismo tiempo pensé que él parecía más puertorriqueño que dominicano. Le comenté:

 

     --Nelson, no creo que tengas problemas para cruzar el aeropuerto. Tú eres blanco como la mayoría de la gente de aquí, además, ya hablas igual que ellos.

 

     --Eso dicen los panas míos --aprobó sonriendo.

 

     --Yo, en cambio, despierto sospecha --dije--. Porque aunque hay puertorriqueños morenos, la mayoría no lo son. Sin embargo, la mayoría de los dominicanos somos de piel morena.

 

     --En lo que más se fijan ellos --dijo Nelson-- es en la forma en que uno hable. En Santo Domingo creen que todos los puertorriqueños son blancos; pero aquí hay lugares como Loisa Aldea y Carolina en donde hay muchísimo prietos.

 

     --¿De verdad?

 

     --Sí.  Créeme.  Yo salgo muchísimo y me fijo y hablo con la gente.  Lo que sí te aseguro es que esto aquí está chavado.   Ya yo estoy cansado de estar aquí, pero no me hace ningún bien regresar a Santo Domingo.

 

     Nelson guardó silencio por unos segundos y pareció  pensativo, ausente.  Entonces, apretó los dientes y movió la cabeza como se hace al decir que no y dijo en tono amargo:

 

     --Nuestra gente allá cree que uno aquí está cargándose de dólares. Ellos no pueden creer que a uno aquí se lo está llevando el diablo...

 

     Se disipó la alegría que sentimos al encontrarnos. Nelson seguía pintando un panorama triste. Pero después de muchos lamentos me preguntó:

 

     --¿Y tú qué piensas a hacer?

 

     --También he tratado de conseguir trabajo, pero hasta ahora nada. Llamé a la rentcar, a Santo Domingo y me dieron los números de teléfono de algunos de los clientes que viven aquí. He hablado con todos, pero con ninguno he podido conseguir nada. He salido con mi tío en busca de empleo, pero en los pocos sitios donde pudiera haber vacantes piden identificaciones y papeles que yo no tengo. --Pausé un instante y agregué--: Pienso irme a Chicago. ¿Te acuerdas que en Santo Domingo hablé de un buen amigo que tengo en esa ciudad?.

 

     --¡Oh sí, el que te llevó el par de tenis Nike!

 

     --Ese mismo. Nosotros crecimos en el mismo lugar y estudiamos juntos.  Es uno de esos amigos con quien uno se lleva mejor que con sus propios hermanos.  He estado en comunicación con él.  Insiste en que vaya a Chicago, que me ayudará en todo lo que esté a su alcance.

 

      Nelson aprobó y sonriendo animado expresó:

 

     --Tú `ta bien, porque los dominicanos se van casi toditos pa' Nueva York. A los que van pa'  Chicago seguro que ni los molestan al salir por el aeropuerto.

 

     Yo, menos animado que él, le dije:

 

      ---Veremos qué pasa.  Yo he ido al aeropuerto a fijarme como es el asunto.  La terminal de cada línea aérea tiene una salida común para sus pasajeros y no hay forma de que los inspectores puedan saber de ante mano para donde uno va.  Se sale por un mismo lugar para Nueva York, para Chicago o para cualquier otra ciudad a que vuele la línea aérea que uno escoja.

 

      --Bueno --dijo Nelson--, de todas formas ¡pa'lante!  Tú y yo sabemos de sobra que "el que no se arriesga no cruza la mar."

 

      La tarde era joven aún, pero Nelson se levantó y me dijo:

 

      --Broder, perdóname pero tengo que irme. Debo llegar a Río Piedras adonde los panas míos a ver que hay de nuevo.

 

      --¿Y Río Piedras está lejos de aquí? --pregunté.

 

      No. Está allí mismo.

 

      --¿Allí mismo?

 

      --Sí. Tal vez a un par de kilómetros. Ven conmigo  para que conozcas.

 

      Accedí a ir con él. Cerré la casa y nos pusimos en camino.

 

      Después de cruzar por varias calles y andar cuesta arriba por otra, pensé que tendría problemas para regresar solo. Tras nosotros, subía un carro de patrulla que nos alcanzó y se aproximó a la acera por donde andábamos. Nos detuvimos cuando uno de los policías habló.

 

      --¿De dónde son ustedes? --gritó desde adentro del carro.

 

      --Soy de Río Piedras --contestó Nelson, dando un tono boricua a su voz.

 

      --¿Y usted? --preguntó el policía sin perder un segundo.

 

      --Soy de Santurce --respondí tratando de parecer puertorriqueño al hablar. Y vi claramente cuando el otro policía rió y dijo, con vigor:

 

     ---¡Tú no has dicho nada al decir Santurce! Santurce es grandísimo.

 

      Me sentí turbado y confundido. Había contestado un disparate. Pero no esperé a que volviera a preguntar. De inmediato, en un desborde de información, le dije el nombre del barrio en que vivía, el de la calle, el número de la casa y le señalé con el índice por donde quedaba el sitio. Hasta debí aguantarme, pues ya le iba a preguntar que si quería que le llevara al lugar.

 

      --¿Para donde van ustedes? --volvió a decir el primer policía, aún sin rendirse.

 

      --Yo voy pa' mi casa pa' Río Piedras contestó Nelson.

 

      --Y yo voy a visitarlo a él --agregué antes de que me hiciera la pregunta.

 

      --Okey --dijo. Y de inmediato se alejaron hasta perderse de vista después del final de la subida.  Nelson y yo completamos el ascenso de la calle donde  me detuve asustado.  Le dije:

 

      --Lo siento pero no voy a seguir para allá. No quisiera que esta gente me aprese y me mande para Santo Domingo después de todos los trabajos que pasé para llegar hasta aquí.

 

      --¡Tienes razón, broder! --dijo. Y apuntando con el índice agregó:

 

      --¿Ves aquello allá abajo? Eso es Río Piedras.

 

      Me pareció que todavía faltaban al menos dos kilómetros para llegar. Por eso comenté:

 

      --¡Y dijiste que  era allí! ¿Verdad?

 

     Sonrió. Continuó su camino. Y yo volví a casa a terminar de recuperarme del susto.  Luego llegó la noche y también mi tío y su esposa.