A las dos y media de la tarde mi tío regresó del trabajo
y me halló viendo televisión mientras Papín aún dormía. Lo recibí con un abrazo, y él, como cuando yo era niño, me levantó
por los codos y sonriendo me preguntó:
--¿Te sientes mejor, Pichocho?
--Estoy bien; pero con mucha sed. Por más
agua que bebo, la sed no se me quita.
--Tardará unos días para quitársete. Es por la deshidratación a que estuviste sometido durante
el viaje.
Papín al oírnos hablar, se levantó. Mi tío
lo felicitó por la espléndida comida que había cocinado; pero mi amigo, modestamente, negaba que estuviera tan buena. Después
de que contamos algunos detalles del viaje a mi tío, Papín le dijo:
--Manuel, agradezco mucho lo que usted está haciendo por mí.
--¡Ah! No se preocupe, si usted es amigo de Raúl, es amigo mío.
-Yo quisiera --continuó Papín-- llamar al hombre del taller a donde quien me dirijo. Pero,
primero debo comunicarme a La Romana para decirle a mi familia que llegué vivo y para que me consigan el teléfono y la dirección
del taller.
--¿Usted tiene teléfono allá? --preguntó mi tío.
--No. Pero llamaremos a los vecinos del frente de casa. Aceptarán la llamada con cargo
revertido; ya acordé tal cosa con ellos.
Llamaron y Papín expresó su satisfacción por haber llegado a Puerto Rico. Trajeron a
su mujer al teléfono y mi amigo habló con ella del viaje y de sus planes por último, después de haberle explicado que estaba
donde mi tío, le preguntó la dirección y el teléfono del taller y como ella no sabía nada de esto, acordaron que lo averiguaría
y que tan pronto como pudiera, llamaría donde mi tío para darle esa información. Y dos horas más tarde, la mujer llamó y dio
los datos a Papín. Para entonces, Nereida también había regresado del trabajo y yo me había comunicado a Santo Domingo. Hable con mi hermana Idalia, que se llenó
de alegría al saberme a salvo en Puerto Rico.
Cuando Papín tomó el teléfono para llamar al taller de mecánica, yo estaba cerca
de él y mi tío un poco más lejos; pero ambos estábamos a la expectativa. Notamos que
Papín, al hablar con el hijo de su viejo amigo, daba explicaciones y parecía angustiado. Sin enganchar el teléfono, miró a mi tío; pidió al que escuchaba que esperara; tapó el receptor con la
mano y con gran decepción dijo:
--Ese tipo dice que tiene gente de más en el taller.
Al oír ésto mi tío se acercó y preguntó a Papín:
--¿El papá de ese hombre habló con él antes de hacerte venir para acá?
--Sí --con amargura contestó Papín--. Él le dijo a su padre que me pagaría el pasaje
y los demás gastos pero ahora alega que me tardé mucho en venir y que él debió emplear a otra persona.
Entonces mi tío le quitó el teléfono a Papín y, en tono muy firme, dijo al que aguardaba:
"... tengo entendido que tú y tu padre hicieron que este señor arriesgara su vida para venir a trabajar
contigo. Si así fue, ya que el hombre está aquí, no le vengas con historias tristes..."
Argüían sin ponerse de acuerdo. Pero antes de enganchar el teléfono, mi tío, en tono
desafiante, dijo:
--¡Te voy a llevar al hombre ahora mismo!
Mi tío Manuel, hombre muy cariñoso, aunque a veces le sale algún resabio, es hermano
de mi padre y durante los años de mi niñez que pasé con mi abuela paterna, aunque era un mozo, siempre me trató con mucho
afecto. Había sido guardia en la República Dominicana. Después se integró a la Policía Nacional donde por varios años fue
instructor de pista y campo para el equipo deportivo de esa institución en Santo
Domingo. Una de sus grandes hazañas en el deporte dominicano, fue convertirse, con brillantísima actuación, en campeón de
los Juegos Nacionales de 1979, celebrados en San Francisco Macorís. Fue uno de tantos deportistas quisqueyanos excelentes
que ven que sus esfuerzos nunca son compensados y que, de devengar sueldos, obtienen salarios
que no les alcanzan ni siquiera para comer. Por eso fue a vivir a Puerto Rico. Aceptó una beca de una universidad puertorriqueña
para que estudiara y compitiera por el equipo de esa institución educativa. En
Borinquen, la vida le había sido menos dura.
A las cinco de la tarde los cuatro fuimos al taller de mecánica que estaba a unos cuatro
kilómetros de distancia. Al detenernos frente al establecimiento, mi tío dijo:
--¡Papín venga conmigo! Nereida y Raúl que
esperen en el carro.
Entonces entraron al taller. Quince minutos
más tarde mi tío volvió al carro sin Papín. Dijo:
--El hombre no está conforme. Según él, hace mucho que habló el asunto con su padre y
las cosas ya han cambiado pues no tiene donde alojar a Papín y tampoco le hace falta mano de obra.
--¿Qué pasará con Papín? --quise saber enseguida.
--Se quedará para cuidar el taller por las noches.
Dormirá en uno de los carros viejos que hay ahí adentro.
Mientras regresábamos a la casa, mi tío agregó:
--Yo le dije a Papín que llamara a casa cuando quisiera y le prometí que esta misma noche
le llevaré cena, una sábana y una almohada. No hay nada más que yo pueda hacer, al menos hasta que podamos resolver tu situación.
--Yo no tengo intenciones de quedarme aquí. Quiero seguir para los Estados Unidos, para Chicago.
--Comprendo --dijo mi tío--, pero es muy pronto para pensar en eso, por ahora tienes que quedarte en Puerto Rico. Cuando te repongas, buscaremos trabajo y después, si aún
quieres irte, no te detendré.
En las semanas que siguieron a nuestra llegada, mejoré totalmente del pie y recuperé
algunas libras. Papín, en tanto permaneció en el taller. Siempre nos comunicábamos telefónicamente y los domingos, mi tío
lo recogía para que nos acompañara a pasear por la isla. Papín nunca estuvo conforme en el taller. Al mes y medio de nuestra llegada a Puerto Rico, ya había tomado una insólita decisión. Un domingo por
la tarde, en la hermosa playa de Luquillo, estábamos sentados sobre la arena, bajo los cocoteros. Papín miraba al mar y parecía
transportado. Había mucha tristeza en su semblante. Me dijo:
--Raúl, voy a regresar a La Romana.
--¿Qué ha dicho usted? ---pregunté alarmado.
--Sí. Me voy. Lo único que estoy haciendo aquí es pasando trabajo. Estoy ganando cincuenta
dólares a la semana. Y eso no es
gran cosa para mantenerme y envíale dinero a mí mujer. Yo hasta lloro por la falta que me hace mi hijita. Prefiero seguir
jodido allá, pero entre la gente que quiero. No resisto más esta soledad.
--Por favor, Papín, siga luchando. Busque
un mejor empleo o márchese para los Estados Unidos. Ya sabe cuanto pasamos para llegar hasta aquí. No se dé por vencido ahora.
--Desde que llegué he estado tratando de hallar otro trabajo; pero usted sabe como
es el asunto cuando uno está ilegal... yo no tengo a nadie para donde ir en los
Estados Unidos. Si tuviera a donde ir, me arriesgaría a que me agarren. Porque
no está fácil pasar por ese aeropuerto; usted oye que a cada rato apresan a los dominicanos que quieren pasarse para Nueva
York.
--Papín, no vuelva ahora para la República
Dominicana. ¿Qué va a hacer al llegar? "Allá no hay vida."
Alzó un poco la cabeza. Su mirada se perdió en el horizonte. Sonrió desganadamente
y me dijo:
--Haga usted lo que quiera. Yo me voy el viernes después de que cobre. Ya tengo mi carta
de ruta y mañana compraré el boleto de regreso.