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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

2 El traslado a El Macao
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SOBRE OBRA Y AUTOR
En Honor y Dedicación
1: Al encuentro de otros Viajantes
2 El traslado a El Macao
3. Demasiado Gente para una Yola
4. El Retorno Derrotado
5. Sin trabajo sin dinero y acosado
6. Mis conpañeros para la adversidad
7. Papín: "la desgracia de irse en yola"
8. El tortuoso camino a Punta Cana
9: Las primeras horas de terror
10: Agotamiento e inseguridad
11: Nuestra larga noche en El Caribe
12. Nuestro segundo dia en El Caribe
13. Lo inesperado en un islote
14. Arribo a playa puertorriqueña
15. Llegada a San Juan
16. El triste destino de Papín
17. Puerto Rico: Inhóspito para ilegales
18. Prefería la muerte a ser deportado
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          A las dos de la madrugada, escuchamos vehículos que se detenían al frente de la casa. Casi de inmediato, Leo había cruzado el callejón y se presentó en el patio palmoteando tenuemente las manos, al tiempo que secretaba:

 

          --¡Vamos, vamos señores! ¡Vámonos rápido, sin hacer mucho ruido!

 

           Nos pusimos de pie apresuradamente y, con nuestras pertenencias, nos dirigimos hacia el vehículo que aún tenía el motor en marcha, una camioneta Toyota roja, que parecía nueva. En la parte de atrás, descubierta, se montaba la gente. El chofer, un hombre muy alto y fornido, con la puerta suya abierta, agarrado a ella, miraba a  buena parte del grupo que se afanaba por montarse a como diera lugar. Leo insistía en que se apresuraran. Antes de montar, Juan y yo, casi  al mismo tiempo, pagamos a Leo por nuestro pasaje. Se metió los billetes en el bolsillo sin siquiera contarlos. El chofer, al ver dinero, dijo a Leo, en tono descontento:

 

          --¡Augusto, no me dijiste que era tanta gente! ¡Dame algo más, caramba!

 

          Entonces Leo, algo contrariado, dijo a Frank:

 

     --¡Dale veinte pesos más!

 

     --¡De acuerdo! --aprobó Frank. Segundos después montó en la cabina con el chofer que debió quedar satisfecho con el aumento.

 

            En muy poco tiempo, casi todos nos habíamos metido en la parte trasera del vehículo tan juntos como las uvas de un racimo y apretados hasta los huesos. En la cabina, con el chofer, se montaron Frank, Ana y Carmen. Juan y yo hubiéramos preferido irnos con Leo, pero en su carro no había lugar para otro más. La camioneta tomó pronto la carretera hacia el Este; Leo quedó atrás; tenía que hacer una última diligencia con relación al viaje. Y nosotros debíamos alcanzar el minibús que, a cargo de José y Pedro, iba delante con los demás viajantes.   El chofer conducía rápido, tanto que daba escalofríos a muchos de los que estábamos atrás.

 

         --¡Ese chofer es un loco! --dijo una mujer gorda que, sentada a mi lado, me echaba todo el peso de su cuerpo cuando el chofer hacía los bruscos giros.

 

          El chofer, a marcha veloz, pronto dejó la ciudad de La Romana atrás y también a la de Higüey. Entró después a una carretera no asfaltada y, aún así, prosiguió intrépidamente levantando todo el polvo del camino, con ganas de comerse cada curva.  Mientras tanto, el aire frío golpeaba al apiñado grupo que iba a la intemperie en la parte trasera del vehículo. Algunos hombres iban parados al frente, agarrados de unas varillas que sobresalían a proteger la capota. Y en la capota, uno de los hombres dio varios golpes con el puño, hasta hacerse oír del chofer. Le gritó:

 

          --¡Ve despacio! ¡No son plátanos los que llevas aquí!

 

           El chofer sólo disminuyó considerablemente la velocidad cuando alcanzó el minibús.  Sin detenerse, ambos vehículos prosiguieron por aquella solitaria carretera. El minibús también estaba repleto; algunos viajeros descolgaban de la puerta.  Además de gente, cargaba dos motores para las embarcaciones y varios tanques plásticos llenos de gasolina.

 

           La noche serena y clara nos envolvía con un frescor primaveral.  Sobre nosotros, lucía un cielo colmado de estrellas y  la luna agazapada tras unas nubes blancas; ante nosotros, la carretera desierta. No transitaba ningún vehículo más que los nuestros, ninguna persona, ningún animal; a veces, alguna vivienda se erguía a la orilla.  Y, a ambos lados, arbustos bajos cubrían aquel terreno inmensamente llano.

 

          Después de hora y media de recorrido, detuvimos la marcha a la orilla de la polvorienta carretera.  A  poca distancia comenzaba un caserío con árboles altos y frondosos.  La aldea dormía en la quietud de la noche.  Sus casas de madera, cobijadas de zinc, de yagua y de cana estaban frente a nosotros; la mayoría se ubicaban al lado derecho de la vía.

 

          Al desmontarnos, los dos grupos se hicieron uno en medio de la carretera. Pedro, Frank y José contestaban algunas preguntas.

 

          --¿Por qué no seguimos hasta la playa?  ---había inquirido uno de los compañeros. Entonces Frank, con voz descansada intentaba hacerse escuchar:

 

           --¡Que todos oigan lo que voy a decir! --Repitió  y agrego:

 

          --La playa está cerca pero debemos esperar a Augusto aquí para que entremos todos juntos.  Él está gestionando traer una yola desde La Romana. En cualquier momento estará con nosotros.  Debemos, mientras tanto, permanecer tranquilos y no hacer mucho ruido para no despertar a la gente que vive ahí adelante.

 

           --¿Ven aquella callecita a la izquierda? --dijo Pedro con voz precipitada--. Cruza una finca privada, después está la playa, a cuatro kilómetros de aquí.

 

          Pedro era el tercero y último ayudante de Leo. Era un negro de baja estatura, con ojos castaños, con la contextura física de un hombre muy fuerte, de aspecto tosco. Lucía una notable cicatriz que desde la frente se internaba en el cuero cabelludo de su  pajoso pelo. A diferencia de Frank, Pedro hablaba siempre apresuradamente, en tono brusco y con aire autoritario. Cuando hablaba delataba gran experiencia en cuestiones de viajes.

 

          Transcurrió media hora y aún seguíamos esperando a Leo. Ya mucha gente había botado algunos de los alimentos que se habían echado a perder en el camino. Las galletas que Juan cargaba estaban molidas y, por desgracia, al sacarlas de la mochila se le esparcieron en el piso. Él comentó:

 

          --Raui, parece que de toda foima vamo a pasai jambre.

          --Ya lo creo, Juan --musité con frío y exaltado.

 

          El frío aumentaba la  inquietud por la espera. Pero, después de cuarenta minutos,  a las cuatro de la madrugada, a lo lejos se distinguieron las luces de un vehículo que se acercaba velozmente.  Adivinábamos que era el carro de Leo, pero en vano tratábamos de descubrir otro vehículo tras de él.  No bien se hubo desmontado y ya Leo estaba abordado por la gente que lo inundaba de preguntas.  Al principio, guardó silencio.

 

          --¿Y la yola? --insistió Pedro.

 

     Leo tenía el rostro triste y cansado. Le dio tono de discurso a sus palabras:

 

          --Tenemos un grave inconveniente --inició, a modo lento y con voz desconsolada--, el chofer que nos ha estado trayendo las yolas a la playa no apareció. Desde ayer, se estaba rumorando que se gestionaba este viaje. Nosotros, por buen tiempo hemos estados negociando con el chofer de un camión que anoche nos trajo una yola y hoy debía traernos la otra. Pero esta mañana, nos informó que el dueño del camión se enteró del asunto y que alegando que temía que su vehículo le fuese incautado, le prohibió cargar embarcaciones para viajes ilegales.  De todas formas, nos aseguró que iba a cumplir con el compromiso de traernos la segunda yola a la playa. Pero el hombre no apareció conseguir otro chofer que disponga de un camión grande y que quiera traernos la yola es cosa que requiere de tiempo.

 

          La noticia trajo gran consternación. Una mujer se lamentó:

 

          --¡Qué desgracia, coño! ¡Qué barbaridad! En estos malditos viajes cuando no es una cosa es la otra, pero nunca salen bien.

 

         ---¡Es verdad! se quejaba otra mujer--. Yo tengo seis meses tratando de irme y siempre pasa una maldita vaina.  Me dijeron que con estos bregadores todo iba a ser diferente...

 

          --Todo iba saliendo bien --intervino José, tratando de inyectar resignación en el ambiente--; pero por más que uno quiera, no puede controlar todas las cosas. Lo que yo les garantizo a ustedes es que a ese chofer yo se las voy a cobrar. Él no tenía que hacernos creer una cosa y a última hora esconderse como gallina perseguida.

 

          --Mientras tanto --dijo un malhumorado--, quienes están jodidos somos nosotros. Y ojalá que ésto no sea un embuste para engañar a uno, porque yo me mato con cualquiera por mis cuartos.

 

          Pedro, que no estaba muy lejos, al oír al hombre hablar de ese modo, se abalanzó hacia él; le mostró su puño derecho, un puño gordo y áspero, y balanceándolo muy cerca de la cara del hombre, le escupió esta amenaza:

 

          --¡Si tú no quieres morirte antes de tiempo, deja de hablar porquerías, desgraciado!

 

          Se iba a armar la de Troya. Pero José y Leo intervinieron. El primero apartó a Pedro del otro hombre, mientras el segundo decía:

 

          --¡Cálmense, cálmense! Ahí hay casas cerca.  Quiera Dios que no oigan este alboroto.

 

          Enseguida, palmoteando, Leo dijo:

 

          --¡Vámonos ahora mismo de aquí! ¡Que todo el mundo se suba al vehículo en que vino! Tenemos una yola esperando; lleguemos a la playa. Los que tengan más prisa en irse que se vayan y quienes pueden esperar que esperen.

 

          Montados nuevamente en los vehículos, comenzamos a meternos por la carreterita que llevaba a la playa. Al principio, con gran dificultad, cruzamos una franja pantanosa bordeada de  árboles espesos cuyo ramaje más bajo se metía al camino y tenía que ser obligado por los vehículos a cederles el paso.  Sobre la camioneta, nos defendíamos de algunas ramas levantándolas con las manos. En esto, uno de los hombres, con gran animación, gritó:

 

          ---¡Hay que dejarse de disparates! ¡Estos son tremendos bregadores! Fíjense ustedes qué lugares tan apartados y escondidos encuentran para meter a uno.

 

          --¡Es cierto! --aprobaban otros entre risas y chistes.

 

          Y así, con todo y lo apretados que íbamos, tomándole el gusto a la travesía y a lo que se decía, la gente parecía emocionada y contenta. Después de la franja, la vegetación se hizo menos espesa. Volvió a verse el cielo colmado de estrellas y la luna que, completamente desnuda, realzaba la quietud de esa madrugada clara. El camino estaba seco; pero casi intransitable: tenía huellas de ganado y los surcos dejados, sin dudas, por algún gran camión o algún tractor que con frecuencia debía andar por esa ruta.

 

          Alguien bajó del minibús y abrió un portal de alambre de púas que cerraba el paso. El sendero se hizo más tortuoso.  Y, a tan sólo cien metros del portal, Leo pedía ayuda, pues su vehículo no pudo avanzar más. El carro fue dejado en el camino y sus ocupantes pasaron a los dos vehículos restantes. Se subieron unos encima de los otros, literalmente. Pero tan sólo faltaban dos kilómetros  para llegar a la playa.  A ambos lados, alambradas limitaban la vía.  A la derecha, había arbustos tupidos y, a la izquierda, la vista se perdía por la llanura cubierta de pasto para el ganado.