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La Travesía en Yola: Odiseas a Puerto Rico. Raúl Martínez Rosario

10: Agotamiento e inseguridad
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10: Agotamiento e inseguridad
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     Cumplimos nuestras primeras nueve horas en el mar, manteniendo a flote con grandísimo esfuerzo y  habiendo  navegado con una lentitud desesperante. Habían sido nueve horas de gran batalla. Yo no sentía gran hambre, no sentía gran sed, pero estaba cansado de la angustia de verme tan indefenso, tan inseguro como nunca antes.  Sólo hallaba algo de consuelo en el oficio de desaguar la yola. Sentía una debilidad crónica y los calambres me obligaban a interrumpir la tarea de sacar agua para atender a mi molido cuerpo.  Yo, reconociendo que las cosas pasaban de difíciles a más difíciles, estaba casi convencido de que nunca completaríamos el viaje.  Aunque las olas habían reducido levemente su furia, su amenaza seguía latente.  Por otro lado, todo el agua que se filtraba a la yola nos hacía notar que quedaba poca brea entre las junturas de las tablas.

 

            Caía una densa llovizna que se convertía en neblina con el soplo del viento.  En tanto, se desvanecía poco a poco la esperanza de llegar a algún islote donde descansar.  Teníamos ante nosotros al mar bravío e inquieto como yo nunca lo había visto. La gente hablaba poco, a veces se oían discordantes: lamentos, rezos, sollozos, la reiteración de una promesa a algún santo... pero nada alentador.  En ocasiones, alguno trataba de animar y profería las tan repetidas palabras:

 

     --¡Saquen agua, señores! ¡Saquen agua!

 

     Todo aquello era desolador. Sentía todos mis males como un conjunto de emociones crueles. A la vez, me asombraba de ser tan resistente para sacar agua. Me dije:

 

    "Nunca me sospeché capaz de realizar un trabajo físico tan arduo como extraer agua continuamente de esta yola; llevo más de ocho horas haciéndolo. Nadie rinde tanto como yo... todavía tengo en mi mano el mismo recipiente con que comencé a desaguar esta yola. No me explico porque a algunos se les zafan de la mano las vasijas... a mí ni los calambres, estos incómodos calambres, me hacen soltar este pedazo de pote. Siento más calambres, porque me tengo que mantener en una u otra posición por mucho rato, por la lluvia incesante y por el agua que lleva adentro esta embarcación en que viajamos con tanta incomodidad.  Estas tablas se sienten duras bajo mis músculos entumecidos."

 

       Papín también había estado sacando agua por algún rato,  pero había cesado y descansaba apoyando la espalda en la pared lateral izquierda  Después se paró e intentó abrirse paso entre los viajantes y, agarrándose de las cabezas y de los hombros de algunos, llegó  hasta la proa. Contempló las olas que seguían meciendo la yola con violencia y la llovizna que soplada por los vientos parecía niebla que emergía del mar. Y con esa calma que nunca lo abandonaba,  Papín comenzó a escudriñar el horizonte.

 

     Leo descansaba en el penúltimo asiento.  Frank recién tomaba el volante en reemplazo de  Pedro que se había metido debajo de los bancos y reposaba después de haber guiado la yola durante cuatro horas de corrido. Yo estaba cerca del borde izquierdo, a mitad de la yola. Sacaba agua y me sentía mil veces desgraciado por haberme metido en ese viaje. Algunas olas persistían en bañarnos y al traer más trabajo no nos dejaban descansar. La Fiera estaba desparramado sobre el piso.  Al principio, en ocasiones de mucho aprieto, había ayudado a sacar agua, pero hacía horas que no cooperaba.  El se cubría la cabeza con un sombrero de paja y cuando el agua se lo tumbaba, lo encontraba a tientas. Parecía que ya no pertenecía al grupo. Sus acciones, además, no correspondían con la situación en que estábamos. Cada vez que una ola nos echaba una bocanada de agua,  La Fiera emitía una risotada semejante a la de un loco manso y juguetón. A su lado, venía también otro joven no menos extraño. Tenía los ojos abiertos y lejanos como los de un animal disecado con mirada asustada. Se movía tan sólo cuando La Fiera susurraba:

 

     -- ¡Broder, dame otra rochi!

 

     Entonces, el joven, con manos temblorosas, sacaba un frasco del bolsillo de su camisa, y, aprovechaba el tiempo que transcurría entre el azote de una ola y el de otra, extraía dos pastillas de color blanco. Daba una a su compañero y consumía la otra.  Cuando eso sucedía, La Fiera inclinaba nuevamente la cabeza sobre el bulto de ropa mojada y reía a las olas y al crujido que el hamaqueo le arrancaba a las tablas y a los clavos de la embarcación.

 

     A las cuatro de la tarde, a trece horas de haber entrado en el mar, cesó la llovizna. Papin, volvió a pararse en la proa, volvió a  escudriñar el horizonte y el cielo aún nublado. Yo torné a mirarlo porque había hecho una pregunta de interés. Aunque en tono vacilante, había dicho a los organizadores:

 

     --¿Ustedes están seguros de que vamos en dirección correcta?

 

     Ante tales palabras, Leo se puso de pie y comenzó, apresurado, a examinar hacia todas direcciones en el horizonte.  Yo también miré para todos lados,  pero el cielo no me indicaba nada; para mí, sólo era nublado e indiferente. Leo no tardó en dar su opinión, que fue respaldada por sus ayudantes.

 

     Vamos bien dijo, para allá queda Puerto Rico.

 

      --A mí me parece que nos hemos ido inclinando hacia el norte --insistió Papín.

 

     Después de ésto,  con frecuencia, yo hacía a Leo la misma pregunta que había hecho Papín y recibía la misma respuesta, qué no me  convencía del todo: por todo el tiempo que navegábamos sin ver tierra y sin que se divisara nada alentador.

 

     A las seis de la tarde viajábamos entre rápidas y altas olas. La Fiera y el compañero que viajaba a su lado continuaban alucinándose.  Otros sacábamos agua. Un viajante que en el transcurso del viaje había formulado algunas quejas contra quienes se negaban a ayudar lucía de mal humor, le temblaba el rostro, parecía respirar muy deprisa y en una explosión de cólera arrojo el recipiente con que extraía agua y dijo, con voz autoritaria:

 

     --¡Aquí todo el mundo tiene que ayudar! ¿Cómo es posible que los más débiles y hasta algunas mujeres hayan estado sacando agua, mientras los hombres más robustos no hacen nada?

 

     Muchos respaldamos lo que el hombre había dicho. Otro compañero,  con no menos enojo que el anterior, dijo desafiadamente:

 

      --¡Es verdad! ¡Mira a éste, no joda! --y apuntaba con el índice a La Fiera, que había abierto los ojos con el alboroto y, sorprendido, miraba al hombre malhumorado que decía, refiriéndose a él:

 

      --¡Este todavía no ha sido capaz de cojer un pote de esos para sacar una sola gota de agua.  Y viene, como muchos otros, salvándose con el esfuerzo de quienes sí sacamos.

 

     Su alocución tan directa perturbó a La Fiera. Y muy molesto se levantó del piso. Yo pensé que iba a defenderse diciendo que a veces había cooperado.  Pero La Fiera, mostrando en su semblante un enojo que hacía justicia a su nombre, atajó a quien hablaba y, a toda voz, en tono amenazador dijo:

 

     --¡A mí no me jodas, coño! No voy a sacar ninguna maldita agua. ¡Y si no te gusta, ven házmela sacar, hijo de la gran puta!

 

     El otro ante tales palabras, se dispuso a golpear a La Fiera. Entonces comenzó el griterío de todas las mujeres y los comentarios de los hombres. Algunos intervenían agarrando al desafiante. La yola se bambaleaba amenazante.  La Fiera,  por su parte, había sacado un filoso cuchillo, lo blandía esperando que el otro atacara y reclamaba:

 

     --¡Déjenmelo, déjenmelo! Le voy a demostrar que yo tengo los cojones más grandes que los de él.

 

     Los hombres continuaron agarrando al desafiante que, por su parte, al ver el cuchillo,  no hizo mucho esfuerzo por zafarse.  Al mismo tiempo, Pedro y otros hombres pedían a La Fiera que depusiera el arma para evitar una tragedia.  Alegaban que si había un pleito, era seguro que la yola se viraría. Cuando todo se calmó, con gran disgusto en su semblante, Leo regañó a Pedro:

 

     --Te dije que te fijaras bien en la gente que conseguías para el viaje. Yo no traigo a todo el que quiere venir...

 

     Al principio, Pedro no protestó por los reproches; pero estaba rabioso y como Leo insistía en lamentarse por lo ocurrido, al cabo de un rato, explotó en cólera:

 

      --¡Está bien Augusto, ya callémonos! Tú sabes que lo más difícil es bregar con gente. Yo le dije a todos, que un pleito fue lo que causó el naufragio de la yola aquella y que se me jodieran todos aquellos infelices y ni siquiera así evitan las desgracias.

 

     La situación en la embarcación volvía a la normalidad. Pero a pesar de que se evitó la trifulca, todavía quedaba la posibilidad de un enfrentamiento, pues La Fiera inició una actitud distinta a la que había traído. Antes, había estado tranquilo y risueño; ahora hablaba de todas las cosas que venían a su mente. Cuando se calmó y decidió sentarse, apuntó con voz enfática:

 

     --A mí me importa poco que nos jodamos todos. Yo no mandé a nadie a que se metiera en esa vaina. Todo el que se monta en una yola es porque está dispuesto a joderse.  Es mejor que nadie se meta conmigo... cuanto esta vaina se acabe de joder, yo voy a coger este tanque y me voy a salvar. Y a cualquiera --dijo, en tono aun más firme--, a cualquiera que trate de acercarse a mí lo voy a recibir a puñaladas limpias. ¡Ya lo saben!

 

     En ese momento, una de las mujeres que en el transcurso del viaje se había desmayado como diez veces, con voz débil y lastimada, dijo a Leo:

 

     --Augusto, por favor, diga a ese hombre que haga silencio. Que si no quiere sacar agua que no saque, pero que se calle.

 

     La Fiera al oír a la mujer haciendo esta súplica, realimento su enojo.  Gritó a la suplicante:

 

     --¡Cállate tú, coño! Ustedes no querían comprar comida y ropa barata. ¡Cojan ahora!

 

     Leo entonces intervino.  Le explicó con buenas razones porqué debía callarse. La Fiera se tranquilizó un poco y estuvo en silencio por más de media hora. Pero después, ya en tono alegre, habló a Germán que, atacado por fiebre y dolores de cabeza, lucía enteramente desolado. Con aire impertinente y con risa burlona, La Fiera dijo al exsíndico:

 

     --¡Coño síndico! ¿Quién lo diría? ¿Quién lo imaginaría que ibas a verte en éstas? ¿Quién pudiera creer que eres el mismo hombre de finas reuniones, banquetes, buenos vinos,  playas y hoteles? ¡Tu aquí después de toda la buena vida que te diste cuando eras síndico!

 

     Algunos no tuvimos más remedio que reírnos; en cambio, otros también quisieron continuar haciendo chistes a costa del pobre exsíndico. Pero él tenía un rostro severo, como de roca. No hizo caso a los impertinentes y se quedó como si el asunto no fuera con él.